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30/7/11

Regalos por mi cumple

La semana pasada fue mi cumpleaños, y por motivos de salud, aún no he agradecido los regalos que recibí por aquí.

El mismo 22 de julio por correo me llegó un paquete con uno de los regalos más originales que me han hecho nunca, y que guardaré como oro en paño, pues sé a ciencia cierta que en todo el mundo tan solo hay dos ejemplares, y uno lo tengo yo. Se trata ni más ni menos que de uno de los relatos de la genial Iris Martinaya, encuadernado para la ocasión. Lleva su correspondiente dedicatoria de puño y letra de la autora, que me guardo para mí.

¡¡Muchas gracias Iris, me llegaste muy hondo con este detallazo!!

Y el otro regalo no podía ser de nadie más que de Bonnie, quien desde su Rincón también se acordó de este día tan señalado para mí, con una de sus preciosas imágenes.

¡¡Gracias también por tus palabras, y por todo lo que has hecho por mí!!

Y la gran Citu, desde su lindo Ecuador, también se ha acordado de mí, con esta felicitación tan hermosa.


¡¡Muchas gracias Citu!!

21/7/11

Concurso Inocencia


En Páginas en blanco se está llevando a cabo estos días un concurso muy sencillo en el que es muy fácil participar. Y el premio no es ni más ni menos que un ejemplar de "UNA CHICA INOCENTE", la ópera prima de la gran escritora, y amiga, Iris Martinaya.
Yo no me lo pensaría dos veces e iría corriendo a apuntarme, porque de verdad, merece la pena pasar por ahí, echarle un vistazo al blog, que tiene cosas interesantes; y por supuesto participar en el concurso.

19/7/11

Gracias Mari!!

Pues eso Mari, las gracias te las tenemos que dar nosotras a ti, por este blog, Sangre y hielo, lleno de historias preciosas, y de imágenes tan fascinantes como esta que, con tu permiso, me he traido a la Papelera.


Ahora somos 200, pero como ves vamos en aumento, pues un trabajo bien hecho y constante da sus frutos siempre, y siempre es agradable entrar en un sitio bien cuidado y al dia como el tuyo.

¡¡¡Enhorabuena por esos 200 amigos de Sangre y hielo!!!

18/7/11

Concurso: Tu mundo fantástico



Astrid, desde su genial blog Destellos de Luna, ha organizado el que es su primer concurso. Se trata de darle a la imaginación y participar con un relato. Y esta vez será un reconocido jurado el que otorgue los premios a los mejores.
Pásate por allí y mira las bases del consurso. ¡¡¡Merece la pena!!!

16/7/11

LUBRICA NOX*

Miré, airado, tus ojos, cual mira agua un sediento,
mordí tus labios como muerde un reptil la flor;
posé mi boca inquieta, cmo un pájaro hambriento,
en tus desnudas formas ya trémulas de amor.

Cruel fue mi caricia como un remordimiento;
y un placer amargo, con mezcla de dolor,
se deshacía en ansias de muerte y de tormento,
de frenesí morboso de angustia y de furor.

Faunesa, tus espasmos fueron una agonía.
¡Qué hermosa estabas ebria de deseo, y qué mía
fue tu carne de mármol luminoso y sensual!

Después, sobre mi pecho, tranquila te dormiste
como una dulce niña, graciosamente triste
que sueña ¡sobre el tibio regazo maternal!

-Luis G. Urbina-

(*Noche de lujuria)

11/7/11

La hija de Juan Simón

Con este triste y sobrecogedor relato participé en el concurso de Alas para volar, de Iris Martinaya.
Aquí os lo dejo hoy para poder disfrutarlo nuevamente:




LA HIJA DE JUAN SIMÓN:



Cuando acabé mi condena
Cuando acabé mi condena,
Me vi muy solo y perdío.


En una endeble maleta de cartón de diminutas dimensiones llevaba todo lo que tenía por equipaje. Una muda limpia, él mismo se había asegurado de que estuviera limpia el día que lo dejarían en libertad. El reloj de su abuelo, parado hacía ya tantos años algunas horas después de que lo detuvieran, y que guardado con el resto de sus pertenencias, nadie había dado cuerda ni puesto en hora desde entonces. Un encendedor de mecha, ya inútil. Una navaja albaceteña. Y unas pocas monedas.
Con las monedas había comprado el billete en el mismo autocar, que le dejaría en el pueblo.


Ella se murió de pena,
Y yo que la causa he sío
Sé que murió siendo buena.
Ella se murió de pena,
Y yo que la causa he sío
Sé que murió siendo buena.


Nadie le esperaba en ningún lado, y menos allí. Pero se veía en la necesidad de ir. Era lo único que su corazón le había pedido desde que lo encerraron. Tenía allí una cuenta pendiente, que debía saldar para bien o para mal. Sabía a lo que se enfrentaría, pero le daba ya igual. Todo le daba igual desde que recibió aquella escueta carta de su primo. Desde entonces aquella simple hoja de cuadros arrancada de un tirón de una libreta, que su primo había tenido a bien mandarle para darle tan trágica noticia, le había marcado el alma y el corazón, embargándolo de pena y de soledad. Y ahora le quemaba la piel en el pecho, donde la llevaba guardada, doblada, en el bolsillo de la camisa.

El autocar lentamente le iba acercando a aquella época donde la conoció. A escondidas empezaron a verse detrás de la tapia del cementerio, donde se enamoraron. Fueron los mejores días de su vida, hasta que su padre, el enterrador del pueblo, los descubrió.
Juan Simón era un hombre recto, serio, poco amigo de la fiesta, y ante todo un padre receloso, pues había enviudado siendo su hija una criatura, y desde entonces lo había sido todo para ella. No le hizo ninguna gracia que su hija andara a la hora de la siesta con el sobrino desoficiado del lechero. Pero el muchacho no era mala persona, y a regañadientes, consintió que se vieran, eso sí, siempre en presencia de él o de su hermana.

El traqueteo del desvencijado vehículo, bajando ya la empinada cuesta sin asfaltar que lo dejaría en la puerta de la iglesia del pueblo, lo sacó de su letargo. Perdido, como otras tantas veces, en aquellos recuerdos de un tiempo pasado donde fue feliz. Esa era su vida desde que aquella carta llegó a sus manos. La evasión a aquellos tiempos. Así dejó de buscarse líos en la cárcel. Así dejó las malas compañías. Así se hizo el hombre de bien que se creía. Ahora, que era demasiado tarde para ella.
Fue el único pasajero en bajarse allí. Cerró la puerta del autocar, y éste siguió su ruta por el camino de tierra hacia el próximo pueblo. Nadie había por los alrededores. El sol del mediodía caía a plomo. Era el mes de la siega, y todos andarían en esos menesteres. Se quedó allí clavado, delante de la puerta de la iglesia, desde donde una solitaria imagen de la patrona del pueblo lo observaba desde su privilegiado puesto. El seco viento que soplaba, arrullado por el canto de las chicharras, le golpeó, furioso. Era la primera bofetada que sabía que recibiría. Y todas serían merecidas, y recibidas con humildad y dolor. La humildad del culpable, y el dolor de la pérdida.


Agarró con desgana el cordel que hacía las veces de asa de la maleta, y se dirigió lentamente, hacia la única calle del pueblo. El resto de las casas estaban dispuestas sin ningún orden aparente, alrededor de dicha calle y por detrás de la iglesia; todas orientadas hacia el sur. El cementerio quedaba detrás de una pequeña loma, al otro lado de la iglesia. Y en lo alto de la loma, la casa del enterrador.
Al principio no quiso mirarla, pero deteniendo su paso, lo hizo. No era ni la sombra de la casa que él recordaba. Una casa humilde pero bien cuidada, enjalbegada año tras año. Vestida siempre por un enorme parral en la puerta, dando una agradable sombra. Flanqueado a la izquierda por el jazminero, que con su perfume ambientaba las alegres tardes de plática que recordaba. Y a la derecha la madreselva, su favorita, con sus flores moradas, con las que a ella le encantaba adornar su largo pelo. Más allá tenía un hermoso jardín donde ella plantaba todo lo que caía en sus manos, y cuidaba con esmero. Recordaba las rosas de varios colores, los alelíes, los claveles, los lirios, los dientes de león, las caléndulas, y muchas otras flores que le iba mostrando. Pero él tan solo tenía ojos para la flor más bonita del jardín, ella.
 Todo aquello había desparecido, dando paso a una casa de aspecto triste y ruinosa, sin ninguna planta alrededor, y con el blanquear de sus paredes ya olvidado. Le dolió ver toda esa desolación. Y con ese dolor reflejado en sus ojos, apartó la mirada, y retomó su paso hacia la calle principal.

A lo lejos lo vieron desde el único surtidor del pueblo, el cartero y su hijo que se afanaban en  inflar las desgastadas ruedas de la bicicleta de éste. Al pasar a su lado, el hombre escupió a sus pies, mientras le oía decir algo así como “desvergonzado”. Él tan solo bajó la cabeza, dándole la razón, y siguió su camino.
Desde la barbería lo vieron el barbero y los tres vecinos que allí andaban de tertulia. La puerta y las ventanas estaban abiertas de par en par por el calor, y la tertulia cesó al verlo deambulando como una sombra por la calle. A sus oídos llegaron palabras en el mismo tono que las del cartero, tales como “desgraciado” y “delincuente”. Con un leve asentimiento de cabeza, volvió a darles la razón.
Una mujer que limpiaba afanosamente las rejas de las ventanas de su casa mientras tarareaba una coplilla, dejó su tarea al verlo. Ella fue más valiente que los hombres con los que se había cruzado, y le gritó fuera de sí “¿A qué vienes ahora, asesino? ¿A reírte de su dolor?” No contenta con eso, cogió el cubo con agua, ya sucia, que tenía a su lado y se lo vació, mojándole los pantalones. Él ni tan siquiera desvió sus pasos para evitarlo. Todo lo que le hicieran o dijeran sería poco, por todo lo que había hecho.

Encaminó sus pasos hacia la última casa de la calle, la casa de la hermana del enterrador, donde esperaba encontrarlo. Las puertas estaban abiertas como era costumbre en los meses de verano, y en el interior vio a la ama. Ésta salió echa una fiera en cuanto lo vio. “¡¿A qué has vuelto, canalla?!” La violencia de las palabras de la mujer le echaron para atrás, y justo cuando salía a la calle enarbolando el cepillo de barrer, una voz ronca, familiar, la detuvo. “¡Déjalo! Ya me encargo yo”.
La mujer se hizo a un lado, y del interior de la casa salió Juan Simón.


La enterraron por la tarde
A la hija de Juan Simón,
Y era Simón en el pueblo
Y era Simón en el pueblo,
El único enterraor.


Igual que su casa, el hombre no era ni la sombra del que fue. Encorvado, la mirada perdida, subrayada por sendas ojeras lívidas. La barba de varios días, el cabello, ahora gris y en mechones disparejos. Y su cuerpo, la mitad que antaño.
No pudo mirarlo de frente, y avergonzado, pensó que tal vez había cometido un gran error al volver al pueblo. Vio cómo el enterrador se le acercaba con pasos cansados y, sin pararse siquiera a su lado, le dijo “Sígueme” con una voz átona.

Ambos cruzaron el pueblo, siguiendo la calle principal. Ambos fueron seguidos con las miradas de los vecinos que momentos antes habían recibido indignados al intruso. Pero ahora los sentimientos de todos, de la mujer que limpiaba las rejas de la ventana, del barbero y amigos, y del cartero y su hijo con la bicicleta tirada en el suelo; eran otros. Pues vieron cómo la desolación y la pena seguían muy de cerca a aquellos dos hombres que habían perdido la razón de sus existencias.


El mismo a su propia hija
Al cementerio llevó,
Y él mismo cavó la fosa,
Y él mismo cavó la fosa
Murmurando una oración.


Al llegar a la puerta de la iglesia tomaron el camino del cementerio, rodeando la loma donde estaba la casa de Juan Simón. El mismo recorrido que aquel día, sin llegarle la camisa al cuerpo, tuvo que hacer Juan Simón solo, con su hija de cuerpo presente. Lo recordaba como si hubiese sido el día anterior. Y su corazón se encogía con cada paso que daba acercándolo al camposanto.
Las viejas rejas oxidadas de la puerta del cementerio les dieron la bienvenida a ambos. Al primero como cada día, ya fuera por trabajo o por la costumbre de ir a visitar a su hija. Al segundo, recordándole que la muchacha de mirada límpida y llena de vida y amor que lo enamoró detrás de su tapia, ahora reposaba en su interior. Desde los cipreses centenarios que presidían el lugar santo, los gorriones jugueteaban ajenos, como siempre, a las tragedias humanas que aquel lugar pudiera albergar. Mas su alegre gorgoteo no llegó a aquellos dos hombres que se adentraban, en silencio, en aquel mundo de cruces de granito, flores resecas, sueños rotos y fotos de hombres y mujeres ya mudos.

Juan Simón sorteó todos los nichos y cruces conociendo de sobra el camino que le llevaba a uno del fondo, protegido por la sombra de uno de los cipreses, pegado a la tapia. Cuando, deshecho en mil pedazos, tuvo que decidir dónde cavar la fosa de su propia hija, recordó su amor por las flores, y en aquel rinconcito florecían en primavera amapolas y margaritas. Y la tapia se cubría de madreselvas de flores moradas, como las que un día, de niña, le hizo plantar en la puerta de casa. Llegó delante de la sepultura de su hija, y como cada vez que se ponía ante ella, murmuró una aprendida oración. La misma que murmuró aquella tarde una y otra vez, cavando la que sería la última morada de su hija.


Y como en una mano llevaba la pala
Y en el hombro el azadón,
Sus amigos le preguntan
Y todos le preguntaban
De dónde vienes Juan Simón.


Los dos hombres se quedaron mirando aquella sencilla lápida, y la modesta cruz que la coronaba. “Aquí la tienes” fue lo único que le dijo Juan Simón, con la voz tan reseca como su alma, cuando lo llevó delante de la sepultura. Pasaron unos minutos en donde los dos hombres, en silencio y tan solo con la compañía del dolor, repasaron una y otra vez el nombre, letra a letra, como si realmente no fuese cierto que fuera ella, la que ocupara  esa sepultura. Le sobresaltó la mano del enterrador en su hombro, áspera, sin fuerzas en aquel apretón que le dio, sin saber cómo interpretarlo realmente. Su voz acompañó el gesto, “Aquí enterré mi corazón”.


Soy enterraor y vengo,
Soy enterraor y vengo,
Soy enterraor y vengo
De enterrar mi corazón.


 Y como si se lo hubiese tragado la tierra, Juan Simón desapareció. O eso le pareció a él, porque ya en el mundo tan solo existían él y esa sepultura. No había nada más orbitando alrededor del sol. Los ojos se le anegaron de lágrimas, reticentes a salir. Todas aquellas que a lo largo de los últimos años no había dejado escapar, que le estaban ahogando el alma y el corazón.
Cayó de rodillas a los pies de la lápida, negando con la cabeza una y otra vez, sin terminar de creerse que todo era cierto. Y allí permaneció horas enteras, mientras el sol caminaba lentamente hacia su ocaso. Las chicharras dejaron de cantar y el ambiente paulatinamente se fue refrescando. Y con todo ya hecho allí, aun negando con la cabeza se fue poniendo en pie pausadamente. “Aquí está enterrado también mi corazón” fue lo único que dijo.
Con las primeras brumas del anochecer, abandonó sin prisas el cementerio.








6/7/11

¿Tú qué opinas?

¿Qué piensas acerca de las relaciones interraciales? 
¿Estás a favor o en contra? 
¿O te quedas tan sorprendid@ como el gatito del video?
¿ Le habrán levantado la novia acaso?
¿Deberían darle una oportrunidad de ser felices a los amantes del video?

AVISO: Todo lo publicado en esta etiqueta (cosas de e-mails) son eso, cosillas que recibo por el correo electrónico. No soy su autora. Y aunque lo publico bajo mi censura, criterio y buen gusto, no me reponsabilizo del contenido.


5/7/11

Reconocimiento "Relatos colados"

Hoy, con mucho orgullo luzco desde una renovada Papelera, este reconocimiento que me otorgan Nenina y Ariusk por haber participado en su concurso internacional.

Ha sido toda una experiencia haber sido parte de un concurso tan original y fresco.
Dedse aquí felicito a las ganadoras. Y agradezco quienes votaron por mi relato, aun sin saber que era yo. Ahí estaba la gracia del concurso.

¡¡Gracias por todo!!

1/7/11

Mi primer One Shot: El Castillo

Hoy os dejo con el primer relato corto (o one shot, como se le llama ahora) que hice desde que ando por estos mundos blogueros.

Quien sea asiduo al Rincon de Bonnie lo reconocerá al momento, pues fue con el que participé en el primer concurso del Rincón; y que después  dio origen a la segunda historia (o fic) que he escrito con los personajes de la saga Crepúsculo: Desafiando al Destino. Esta historia la puedes leer completa en el Rincón de Bonnie pinchando AQUI, o si lo prefieres la puedes descargar AQUI en formato PDF. Esto se lo debo a mi Bonnie, que se tomó la molestia de hacerlo así para su mejor lectura.

Aquí os dejo con El castillo, el primer capítulo de Desafiando al Destino:

Aviso: este relato contiene escenas sexuales explícitas.

¿Por qué Italia?
Esa pregunta es fácil de responder a una estudiante de último curso de bellas artes. ¿Hay algo en Italia que no tenga arte y/o historia?
Y desde luego que si pudiera coger a la ingenua de Angela del cuello, apretaría sin remordimiento alguno. Ella fue la que, en plena borrachera de vinos italianos se le ocurrió la maravillosa idea de coger el coche que habíamos alquilado y buscar Volterra para hacer una visita a su castillo medieval.
Estábamos en la cuna del imperio romano, que artísticamente calcaron a los griegos, los padres de la cultura clásica, y a la tía solo se le ocurrió ir a un perdido rincón de Italia a ver un estúpido castillo medieval. Inglaterra, Francia, España tienen castillos medievales mil veces más interesantes que Italia, ¿por qué carajos tuvo que elegir precisamente uno de Italia? ¿Y por qué tuvo que ser precisamente el de Volterra?
Irrumpimos a las diez de la mañana en mitad del pueblo, dejando el coche mal aparcado a las puertas de una cafetería que enseguida abordamos. Las borracheras de vino son muy malas, muy pesadas de digerir, y yo era la que más había bebido. Angela tampoco se quedaba muy atrás, así que entre las dos embaucamos a la pobre Jessica, y fue ella la que condujo toda la noche hasta Volterra.
Y aquí  estábamos las tres, con unos caretos de pena, delante de unos cafés bien cargados, a ver si nos despejábamos un poco y con calma buscábamos el puñetero castillo. 
El camarero nos dio explicaciones de cómo lo encontraríamos. Volterra no era muy grande, y era fácil dar con él. Por detrás de la cafetería tomamos una empinada callejuela de piedra que se retorcía haciendo eses, con esquinas muy pronunciadas, tramos de altos escalones y cuestas imposibles de subir si no te agarrabas a las barandillas puestas para ese fin.
Desembocamos en lo que sería la plaza principal. Era muy amplia, con una graciosa fuentecilla en el centro. A nuestra derecha teníamos el ayuntamiento, con la torre del reloj, tal  y como nos había dicho el camarero. Y supuestamente en frente, a nuestra izquierda se encontraba una de las entradas al castillo. Nos dirigimos hacia allí con intenciones de visitarlo, pero al acercarnos nos llevamos una desilusión, habíamos hecho el viaje en vano. El castillo estaba cerrado por reformas, y hasta dentro de unos seis meses no se abriría al público. La decepción se dibujó en el rostro de Angela, ella era la que tenía un especial interés en visitarlo. La puerta, de madera maciza al estilo de la época, estaba cerrada y un cartel colgado en ella en italiano y en inglés era el que anunciaba su cierre por reformas.
Nos quedamos sentadas en el portal de la puerta, hablando del castillo. Según Angela en una de sus salas había un retablo pintado por el mismísimo Leonardo da Vinci, que era una joya del renacimiento. Dicho retablo no figuraba en ninguna de las guías turísticas ni listados de la obra pictórica de da Vinci por orden expresa de los dueños del castillo. Cuenta una leyenda que da Vinci no murió en Francia en 1519, como dice la historia oficial; sino que murió en este castillo tres años después, y que en ese tiempo pintó ese retablo. Angela era una erudita de la obra de da Vinci, y nos confesó que el único interés por viajar a Italia era precisamente poder visitar el castillo y comprobar si realmente era un da Vinci auténtico.
Con el castillo cerrado su sueño se evaporó. Estuvimos allí sentadas un buen rato, descansando a la sombra, admirando la plaza, hasta que Jessica de un salto se levantó a la vez que se acordaba del coche mal aparcado en la puerta de la cafetería. Las tres salimos de allí casi corriendo, pero un chirrido que nos puso los pelos de punta se oyó a nuestras espaldas. Nos giramos a la vez, y vimos una de las hojas de la puerta del castillo medio abierta. De detrás de ella salió una figura humana envuelta en una capa oscura, larga hasta los pies, que llamó nuestra atención. 
- ¡Eh chicas! Os hemos oído – mientras hablaba detrás de él aparecieron otras dos figuras envueltas en capas como la del primero – y si queréis os podemos enseñar el retablo de Leonardo.
- ¿En serio? Eso sería genial, ¡os lo agradeceríamos muchísimo! – Angela habló sin pensar, como era su costumbre. A mí los tipos esos no me inspiraban mucha confianza, y al darle un tirón de la mano se lo hice saber.
- No os preocupéis, trabajamos en el castillo, estas capas son parte de nuestra indumentaria. La parte de las caballerizas y las mazmorras del castillo están abiertas al público, y por eso vamos de esta guisa – habló uno de los otros tipos.  
Eso tenía sentido, y como me era imposible negarle nada a Angela, accedimos a aceptar la invitación. Jessica se quedó murmurando algo del coche, pero al entrar y admirar cómo uno de ellos se quitaba la capa y aparecía ante ella un gigantón de piel nívea, músculos bien desarrollados, y una pícara sonrisa debajo de unas gafas de sol de marca, se olvidó del coche por completo, susurrándonos al oído – el grandote me lo pido – se dirigió a él preguntándole si podría acompañarla a los aseos.
Mientras se perdían por uno de los corredores, los otros dos se quitaron las capas. A decir por sus apariencias parecían hermanos, sus pieles pálidas, su belleza sin parangón, sus voces hermosas, y sus gafas de sol. Angela y yo nos quedamos admirándolos, y uno de ellos, el más bajito, con cara de niño de no haber roto un plato en su vida, se dirigió a Angela:
- Tu eres la que quieres ver el retablo de da Vinci, ¿verdad? Sígueme, a nadie deja indiferente ese retablo. Yo soy un estudioso de su obra y te puedo hablar largo y tendido del maestro Leonardo – hablaba del pintor como si lo conociera, eso agradó a Angela, y sin dudarlo se adentró por otro de los corredores a su lado.
Fui a seguirla, pero el tipo que quedaba a mi lado me agarró del brazo, dando un tirón, aproximándome a él.  
- Espera, tienes cara de no gustarte mucho da Vinci. Si quieres te puedo enseñar algo más… interesante. 
Su cuerpo se pegó al mío, y su voz mezclada con su aroma me desarmaron por completo en menos de dos segundos. Me invadieron los sentidos, turbándome, esa mezcla de olores, ese cuerpo tenso al lado del mío, y su voz, tan masculina, tan serena. El tipo estaba para comérselo enterito. Su pelo castaño, peinado despreocupadamente, resaltaba sus facciones de dios heleno, su cuerpo, fibrado, con cada cosa en su sitio, y esa sonrisa medio torcida que seguro sabía explotar tan bien con el género femenino. ¿Cuántas habrían caído en sus brazos por su devastador efecto? Llegado a estas alturas, no iba a ser la excepción, así que sencillamente me dejé guiar por él. A nadie le amarga un dulce.
Ni me di cuenta cuando entramos en una pequeña habitación, de piedra como todo el castillo, adornada con unos sobrios tapices, una minúscula ventana, y un amplio y cómodo sofá de cuero negro en uno de los laterales.
- Ven – me decía mientras se sentaba en el sofá y me arrastraba con él – no tengas miedo – empezó a susurrarme al oído. Su aliento, frío, perfumaba la piel de mi cuello, llegando a mi nariz, haciendo que mis ya bajas defensas cayeran más.
Una de sus manos se coló debajo de mi camiseta. Su frío tacto me sobresaltó, no me había dado cuenta hasta ese momento de ese pequeño detalle, toda su piel era fría como el hielo. Pero lo mejor de todo no era eso, sino las sensaciones de calor que me invadían con cada roce de sus heladas manos. Y él parecía disfrutar con eso. 
- Tienes las manos heladas – atiné a decirle
- ¿Solo las manos? – fue lo que obtuve por respuesta, y acto seguido su lengua se deslizó por mi cuello, tan fría e incluso más que sus manos. Y quemaba, cada centímetro de mi cuello que lamía con ella me quemaba, como si pequeñas descargas eléctricas recorrieran mi cuerpo.
- tú  en cambio eres tan cálida, tan acogedora,… ¿cómo te llamas? – su boca ahora se paseaba por la base de mi cuello, mientras su mano, dentro de mi camiseta se había adueñado de uno de mis pechos.
- Bella, ¿y tú?
- Edward – se alejó de mí unos centímetros para decirme su nombre, mientras quitaba de su rostro sus gafas de sol que aún llevaba puestas. Sus ojos me sobresaltaron – no has de temer nada a mi lado, déjate llevar – su voz, serena, gutural, varonil y cargada de deseo, un negro deseo que se había instalado en sus pupilas, actuó como el sedante que necesitaba, y me dejé llevar. A fin de cuentas, ese deseo que se veía en sus ojos era también fiel reflejo de mi propio deseo. – te noto algo tensa Bella, relájate y disfrutemos, eres tan hermosa…
Su mano era la dueña y señora debajo de mi camiseta, acariciando todo lo que se ponía a su paso. Con un giro imposible me cogió y me sentó a horcajadas en su regazo y deslizó mi camiseta por encima de mi cabeza, liberándome de ella, la tiró al suelo. Se deshizo de su camisa, que acabó también por los suelos. Su torso desnudo, espléndido, musculoso, rivalizaba en palidez con el mío. No pude dejar de caer en la tentación de acariciarlo, mientras una de sus manos se perdía por debajo de mi falda, buscando mi intimidad. 
- Hueles tan bien, tan terriblemente deliciosa, que dudo poder controlarme – me decía mientras enterraba su rostro entre mis pechos, aspirando profundamente el olor de mi piel.
- Pues no te controles Edward, déjate llevar tu también – le decía mientras con mis manos en su nuca lo aproximaba más a mis pechos. Las sensaciones que sus labios y su lengua, tan fríos, despertaban en mí eran tremendas.
- Eso no sería bueno para ti, nada bueno, no obstante… 
Se levantó  del sofá conmigo en volandas, y fuimos a parar al suelo, él encima de mí. Fue entonces cuando noté un enorme bulto entre sus pantalones que se clavaba insistentemente en mi abdomen.  
- Mira cómo me pones, cómo me tienes de desesperado -  susurraba en mi oído, que nuevamente era agasajado por su lengua, el lóbulo, el cuello, la clavícula, la garganta, la mandíbula, y finalmente atacó con sus labios los míos. No eran besos, eran bocados de placer, auténtica lujuria desatada entre nuestras bocas, buscando el goce de nuestras lenguas hasta chocar nuestros dientes, con desesperación, con urgencia. La misma urgencia que hizo volar mi falda y sus pantalones, mi tanga y su slip.
- Solo conozco un remedio para eso – fue lo único que logré decirle, una vez que vi nuestra desnudez, su cuerpo maravilloso, glorioso encima del mío, que ya lo reclamaba, listo para esa danza tan antigua como el mundo.
Conforme iba bajando, su musculatura se iba amoldando a la mía a la perfección, parecía que estábamos hechos el uno para el otro. Y de nuevo las sensaciones que iba despertando en mí el frío tacto de su piel solo hacían una cosa, desearlo cada vez más tenerlo entre mis piernas, en mí. Como no lo hiciera ya, sin más tardanza, iba a enloquecer. Y lo hizo, lentamente, centímetro a centímetro se fue haciendo dueño y señor de todo mi ser. Los gruñidos que soltaba desde su pecho, tan sensuales no hacían otra cosa que querer sentirlo más adentro, más intenso, más salvaje, más mío,…




 ..........




Tener a esta mujer debajo de mí, con todo lo que había despertado en mi muerto corazón en tan solo media hora, era lo más parecido a la gloria que iba a tener en mi existencia.
De momento tan solo iba a disfrutarla carnalmente, como al resto de humanas que se interponían en mi camino, y si sobrevivía al encuentro, ya vería lo que hacía con ella.


Fue algo arrebatador, maravilloso, y a pesar del olor de su efluvio, tan exquisito, tan tremendamente delicioso, logré descargar mis deseos de comérmela contra el sofá. Y después de amarnos salvajemente, ella, tan inocente, se quedó traspuesta entre mis brazos, durmiendo plácidamente en mi pecho, sin importarle la temperatura de mi cuerpo. Era maravilloso notar la calidez de su cuerpo sobre el mío. Sentía como con cada inspiración y exhalación de sus pulmones, a mi muerto cuerpo volvía algo de la vida desparecida de él hace ya tantos años. Con el latido de su corazón el mío intentaba marcar el mismo paso, volver a latir por ella, por todo lo que estaba despertando en mí esta completa desconocida, condenada a muerte por haber yacido conmigo. No obstante, aquí estaba, entre mis brazos, durmiendo plácidamente, después de haber tenido los mejores orgasmos de su existencia (modestia aparte).
Al caer la tarde despertó, su estómago rugía como un león, me hizo gracia, ella se avergonzó, un tono sonrosado acudió a sus mejillas. Con gusto le acerqué su ropa, nos vestimos los dos y la invité a salir de allí, no sin antes cerciorarme de que no nos veía nadie.
La odisea empezaba ahora, tendría que sacarla del castillo sin que nadie nos viera. Y lo peor, tendría que inventarme algo acerca de sus amigas, no podía revelarle qué había sido de ellas al caer en las garras de Felix y Alec. No esperó mucho para preguntarme por ellas.


- ¿Y Angela y Jessica?
- Luego te cuento, ahora debes subir a mi coche, he de alejarte de aquí, corres un serio peligro.
- No me pienso ir de aquí sin ellas.


La obligué a subir al coche y nos fuimos de allí. Una vez fuera de Volterra le hablé.


- Bella, ¿no te has dado cuenta de mi naturaleza? No soy humano.
- ¿Qué?
- Y mis amigos tampoco.
- Pero, ¿qué me estás contando?
- Pronto lo sabrás. Solo te pido que confíes en mí. Desde hoy eres la dueña de mi existencia, pero eso implica ciertos sacrificios, ¿estás dispuesta a asumirlos?
- ¿Qué?  – fue en ese momento cuando caí en la cuenta que tal vez ella no sintiera por mí lo que yo por ella. El ingenuo había sido yo, tenía tantas ganas de encontrar mi alma gemela, que me había dejado llevar por ese anhelo, y no había pensado en sus sentimientos. Paré el coche en seco, y le hable directamente.
- Te amo, y estoy dispuesto a ofrecerte un amor sincero, fiel, para toda la eternidad.


Nos quedamos mirándonos durante varios minutos, y al final ella abrió la puerta del coche y se bajó. Caminó uno metros hasta perderse detrás de unos árboles. La seguí, y al verme detrás de ella se giró y buscó mis ojos, agarró con vehemencia mis manos y las aproximó a su pecho.


- Hasta ayer no sabía por qué latía mi corazón. Hoy ya lo sé. No creo en los flechazos, ni en el amor a primera vista, pero si resulta que tú sientes por mí lo mismo que yo por ti, y que todo ha surgido en cuestión de horas; creo que es suficiente como para intentarlo, yo también te amo edward- rodeó con mis brazos su cuerpo y se abrazó al mío, apoyando su cabeza en mi pecho. Tras unos segundos levantó la cabeza con la sorpresa dibujada en sus ojos - ¿tu corazón no late?
- No, es parte de mi naturaleza – volvió a apoyar la cabeza sobre mi pecho.
- No me importa.


Volvió  a levantar su cabeza, y buscó mis labios con los suyos. ¿Tan fácil era encontrar ese amor que durante siglos tanto me había esquivado? Me perdí en sus besos, y allí mismo, en mitad del campo a las afueras de Volterra nos amamos.


Después subimos al coche y desaparecimos de allí con intenciones de no volver jamás.
Llamé  con mi móvil a Aro para despedirme, a fin de cuentas era algo que él ya sabía, mi forma de vivir a base de sangre animal no era bien vista entre ellos. Todos pensaron que huí con remordimientos de haber tomado la vida de aquella muchacha, tal como habían hecho Felix y Alec con sus amigas.
Y así  empezamos nuestra historia juntos, en otro continente, basada en ese gran amor que nos profesamos el uno al otro, por toda la eternidad.