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18/5/15

Mi Musa. Capítulo 1º:

Como lo prometido es deuda, aquí os dejo sin más espera un trocito de Mi Musa.
 Iré subiéndola poco a poco, conforme pueda ir escribiendo.
Espero os guste.



Sinopsis: Germán Arrallán es un afamado novelista obsesionado
 con la protagonista de sus novelas, tanto, que hasta tiene alucinaciones con ella.
Hasta que un día, en un desafortunado encuentro
da con ella en carne y hueso.


 Capítulo 1:

Mientras le daba la última calada al cigarrillo, sentado ya en su sitio delante del teclado y con el documento aun inmaculado; Germán intentaba pergeñar el hilo narrativo de la historia. El personaje principal lo tenía, era ella, su musa. Ella siempre acudía a su mente en cuanto quería escribir algo. Y siempre era ella, la pusiera en la época que la pusiera, en las circunstancias que la pusiera y con el nombre que fuera. Daba igual, era ella siempre. El personaje masculino sí que variaba en cada historia, aunque se lo imaginara en su cabeza siempre con su cara, perdiendo el culo por ella en todas las situaciones posibles.

Y ahora Joan, su editor, le había hecho un nuevo encargo ambientado en la Segunda Guerra Mundial. Un romance entre un soldado herido en el desembarco de Normandía, y la enfermera que lo cuidaba, un típico de la novela y cine románticos. Pero a Joan le apetecía verlo desde su perspectiva, pues el estilo romántico, profundo, con ese toque sensual que a las amas de casa encanta, y todo aderezado con un toque andaluz; era lo ideal para sacar de cara a las navidades una nueva obra del genial Germán Arrallán, un apasionado escritor capaz de plasmar esa pasión en cada escrito. Todo un maestro en unir pasión y escritos en unas cuantas hojas mecanografiadas.

Al aplastar la colilla en el cenicero que tenía en la mesita auxiliar, le vino la deseada inspiración, siempre de manos de su musa particular:
El soldado,… David Sunfish, un apuesto muchacho joven de algún recóndito estado de Norteamérica, había sido herido en diversas partes del cuerpo y la cara con la metralla de una granada de mano, y había perdido temporalmente la visión,… ¡Sí! Le gustaba esa trama. Y entonces aparecería ella, con una voz más que sensual, con cierto matiz lujurioso dependiendo de las palabras que fuera pronunciando, y sobre todo haría destacar un fuerte lazo de unión con el soldado creado por ella al recordarle a alguien de su pasado. Le iba gustando la historia. A él le volvería loco esa voz, lo primero que percibiría de ella hasta que no recuperara la vista. Porque al ser su enfermera ese lazo de unión se iría estrechando a pasos agigantados, sin tapujos. E iría creando el romance a partir de esos lazos, matizando en todas las situaciones posibles esa creciente relación entre ambos.

Conforme la historia iba avanzando se la iba imaginando a ella, esta vez se llamaría… Agnes,… no, sonaba a mojigata, demasiado casta, y Germán buscaba una mujer que a través de su voz despertara fuego en el soldado.
Ingrid.
Buscaba para sus personajes nombres fáciles de recordar, a poder ser de dos o tres sílabas, llamativos y con personalidad propia. De siempre le ha gustado ese nombre, y no lo había utilizado nunca. Sí, Ingrid Lash, la enfermera Lash, un nombre más que sugerente, sobre todo para un muchacho asustado que nunca había ido más allá de su pueblo natal, herido, sin el sentido de la visión, y con un corazón en el pecho disponible para la primera damisela que hiciera méritos de ganárselo. Ella sería una misteriosa chica del extrarradio de Dublín, osada, siempre dispuesta para echar una mano, y todo aderezado por esa filosofía de vida de los irlandeses que tanto gusta.

Ahora ya sí podía cerrar los ojos e imaginarse en la cama de un hospital, con los ojos vendados, privado de la vista; y con ella, con Ingrid a su lado dándole todos los cuidados pertinentes para una pronta recuperación. No sabía cómo lo hacía, pero en cada historia que se sumergía con ella, las sensaciones eran tan vívidas al cerrar los ojos e imaginarla, que en muchas ocasiones se creía capaz de alargar la mano y tocarla.
Y ésta no era una excepción. Al cerrar los ojos delante de la pantalla donde letra a letra iba hilvanando la historia, se sentía tumbado en la cama de un hospital militar con la cara vendada, todo el cuerpo magullado, y ella a su lado cuidándole. Percibía su olor a desinfectante revuelto en una sugerente fragancia de rosas y jazmín, y un minúsculo toque de vainilla, el favorito de Germán, que ella siempre llevaba. Sentía sus manos, suaves y calientes, recorrer con urgencia y delicadeza su cuerpo mientras lo aseaba, con cuidado de no hacerle daño en las heridas que cubrían su cuerpo. Y su voz, segura de sí misma, autoritaria, sensual, provocativa, y sobre todo maternal; indicándole todo lo que le iba haciendo para no pillarlo desprevenido y no asustarlo ni dañarlo. Así yo también hubiese querido ir a la guerra y caer herido, pensaba el escritor, deleitándose con esas imágenes, aún inéditas, de su imaginación.

Rápidamente abría los ojos y empezaba a aporrear con urgencia las teclas del pc, siguiendo los dictados de su corazón al sentirse en manos de ella, su musa, esta vez con un sensual uniforme de enfermera del ejército británico en la Segunda Guerra Mundial, y atendiendo al nombre de Ingrid.

Conforme pasaban las horas y el sol se dirigía inevitablemente al ocaso, escena que notaba desde su posición al ver las sombras moverse, y paulatinamente alargarse, la historia entre David e Ingrid iba tomando cuerpo, creciendo fuertemente, fraguándose entre las agonías de una cruenta guerra y la promesa de un futuro juntos, tal y como le gustaba a sus miles de lectoras, un final feliz comiendo perdices.

La historia había calado profundamente en él. Era de esas que se escribían solas, como si sus manos fueran poseídas por una fuerza invisible que no las dejaran parar de escribir tecla a tecla; mientras ellos iban descubriendo su amor, y la pasión que los embargaba en cada encuentro fortuito que tenían, primero en el hospital, y más adelante fuera de él. Con el despacho ya a oscuras, iluminado tan solo por la pantalla del pc, el cansancio y el sueño fueron adueñándose de su cuerpo. Empezó a dar cabezadas, la historia ya no fluía a la velocidad de antes, y sus manos se iban quedando quietas encima de las teclas. Los ojos se le cerraban, pero siempre con una nítida imagen presente: ella, Ingrid Lash, con su impoluto uniforme blanco, los labios sensuales, apretados, el ceño fruncido, y la alegría apenas contenida en sus ojos, mientras miraba a David. Ni se dió cuenta de cómo llegó al sofá del despacho, ni cuándo lo venció el sueño. Lo que sí notó es que unas suaves manos de uñas largas lo despertaron de su letargo. Con sorpresa se encontró con algo atado a la cabeza que le impedía ver, y cuando fue a quitarse eso que le tapaba los ojos, una sensual voz de mujer se lo impidió.

1 comentario:

J.P. Alexander dijo...

Me gusto te mando un abrazo