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2/6/15

Mi Musa. Capítulo 3º:

Sinopsis: Germán Arrallán es un afamado novelista obsesionado
 con la protagonista de sus novelas, tanto, que hasta tiene alucinaciones con ella.
hasta que un día, en un desafortunado encuentro
da con ella en carne y hueso.










Capítulo 3º:

“Pasiones de guerra” había sido, tal como predijo Joan, un rotundo éxito en las pasadas navidades. La primera edición se agotó en librerías y centros comerciales en apenas dos semanas, y rápidamente tuvieron que ponerse manos a la obra para sacar la segunda edición. Había que aprovechar el tirón. Todo ello animado con múltiples apariciones del autor en grandes superficies y librerías firmando ejemplares de su 11ª novela romántica.
Pasadas ya las fechas navideñas la cosa se calmó un poco, pero Germán seguía de acá para allá por todo el país. Y no quería pensar cuando en unos meses diera el salto al otro lado del charco, pues Joan ya estaba negociando con una editorial sudamericana el lanzamiento en conjunto de sus tres primeras novelas románticas simultáneamente en siete países de latinoamérica.
Si ya aquí en España era una locura, pues ni tranquilo podía salir a la calle a comprar el pan, no quería ni imaginar si llegaba a triunfar en Latinoamérica. Y la cosa no paraba de crecer, ya estaban preparadas para salir de cara a San Valentín las dos primeras novelas traducidas al inglés. Joan había encontrado un filón y quería explotarlo. Mientras el romanticismo sensiblero se vendiera, ahí estaría Germán sacándole el máximo provecho. Ya tendría tiempo de experimentar en otros campos, como la novela policíaca o de intriga, que desde siempre le ha llamado la atención.

Pero lo que le sucedió aquel día no se le iba de la cabeza. Terminó la novela de Ingrid y David sin ningún contratiempo más, y a pesar de que desde entonces ella estaba casi a diario en sus sueños, ninguno volvió a ser tan real como aquel. Si es que fue un sueño, porque ya lo dudaba. Las sensaciones de aquella experiencia, tan vívidas, fueron más reales que muchas de sus relaciones de verdad con todas las mujeres que se habían querido meter en su cama. Las últimas atraídas por la fama, pero, ¿A quién le amarga un dulce? Y más desde que pilló in fraganti a su prometida con su antiguo editor, y destrozado la sacó de su vida para siempre. Desde entonces no ha querido comprometerse con ninguna otra mujer.

Casi todas las noches, metido ya en la cama, así fuera en el cortijo allá en sus tierras andaluzas, su apartamento en Madrid o en cualquier cama de cualquier hotel de cualquier ciudad donde estuviera promocionando su libro; tenía la extraña sensación que ella le arrullaba pegada a su piel, enamorándolo cada vez más mientras lo dejaba dulcemente en los brazos de Morfeo. Era ella la que le había llevado a la fama, la que le inspiraba, la que le hacía escribir palabra a palabra todas y cada una de sus novelas. Ella, la que le rondaba en estos momentos por la cabeza, aun estando de vacaciones, gestándose ya en su calenturienta cabeza el embrión de su próxima creación. Joan le había pedido esta vez una historia contemporánea, cuya protagonista fuera una simple ama de casa con una vida anodina, junto a un marido indiferente, y unos hijos adolescentes que pasaran de todo.
Y helo aquí, sentado en un banco del paseo marítimo de una ciudad mediterránea, abrigado hasta las cejas, inspirándose con la brisa salada del mar, el grito histérico de las gaviotas, y el arrullo de unas enfurecidas olas, que insistentemente luchaban por derrumbar el malecón y recuperar su territorio.
Era una soleada mañana a primeros de febrero, había helado de madrugada y el viento venía que cortaba. Sentado en el banco veía la gente pasar de aquí para allá, unos con prisas, otros dando un paseo. Abuelos, parejas de enamorados cogidos de la mano, niños armando escándalo, deportistas siguiendo su ritmo, mascotas paseadas por sus somnolientos dueños; de todo lo que se pueda encontrar un soleado y frío domingo de febrero en un paseo marítimo. Y él, camuflado con su recio abrigo, su boina de visera y sus gafas de sol, pues no quería que lo reconocieran. Ya le había pasado en alguna ocasión. Alguna ama de casa o estudiante lo había reconocido, y aunque su fama era de poco tiempo y poco público, el tener que lidiar solo contra un grupo no muy grande de mujeres histriónicas, lo había dejado agotado, con la ropa medio rota, y algunos moretones y arañazos de regalo. Hasta algún que otro bocado y tirones del pelo le habían dado.

Germán se quedó absorto mirando a lo lejos un barquito pesquero que lentamente se acercaba al puerto, cuando una figura humana se coló en su campo visual, apoyándose en la barandilla del paseo. ¡Genial!, gritó para sus adentros, no había más sitio a lo largo de todo el kilométrico paseo que delante de él para ponerse a mirar las olas del mar. Resopló, molesto, y pensando seriamente en cambiarse a otro banco donde nadie le pudiera tapar las vistas, se fijó en esa figura humana.
Había algo en ella, pues era una mujer, que desde la primera vez que posó sus ojos en su cuerpo, le llamó enormemente la atención, como si la conociera de toda la vida. Y eso que ni siquiera le había visto la cara, aún. Era una mujer esbelta y alta. Lo primero que llamó su atención era la ausencia de su abrigo, iba en vaqueros con un escueto jersey de lana, bufanda y gorra también de lana a juego. Algunos mechones de su cabello se habían escapado de su gorra, y bailaban al son del viento, reluciendo con el sol, que le sacaba los destellos bermellones más hermosos que Germán jamás había visto. Desde luego que era una despampanante pelirroja. Sus ojos, bajo la seguridad de las gafas de sol, se posaron poderosamente en su trasero, era perfecto para perderse en fantasías de todo tipo con su dueña. Tal vez su lujuriosa mirada la hizo sentirse incómoda, pues al cabo de unos minutos giró la cabeza hacia él. También llevaba unas enormes gafas de sol tapando sus ojos, pero su boca sí que se le veía. El destello del carmín de su pintalabios llamó entonces su atención, eran unos labios sensuales, provocadores y desde luego con una pinta de deliciosos, los que le provocaron una fugaz reacción allá entre sus piernas. Si su trasero había estado caldeando el ambiente, la visión de sus labios lo habían acelerado de forma imprevista. Menos mal que el abrigo le tapaba, pues era un tres cuartos más bien holgadito. Fue entonces cuando reparó en su rostro, en lo poco que tenía a la vista entre la gorra y la bufanda, su pelo y las gafas. ¿Es,... es ella, mi musa? No podía ser, ella era un producto de su imaginación. Recordó el incidente al empezar “Pasiones de guerra”, pero aquello tan solo fue una mala jugada de su imaginación. Y no, la imponente pelirroja que tenía delante no era ella. No podía ser.

Respiró varias veces profundamente, intentando recuperar el aliento que le faltaba. Ella, tras estudiarlo durante unos segundos, los suficientes para ponerlo lívido y apartar bruscamente la vista; había vuelto a girar la cabeza hacia el mar, ignorando su presencia. Fue entonces cuando reparó que en sus manos tan sólo llevaba un libro, y hubiese jurado que dicho libro era un ejemplar, precisamente, de “Pasiones de guerra”. A punto estuvo de saltar a su lado y presentarse, y ofrecerse para hacerle en ese ejemplar una dedicatoria firmada por el mismísimo autor, Germán Arrallán. Pero antes de que pudiera reaccionar, ella volvió a mirarlo, y un amago de sonrisa se perfiló en sus labios, ¿Le estaba sonriendo? En esos momentos su bufanda se soltó, dejando una interesante parte de su rostro y cuello al descubierto. Era ella, sin duda alguna esa mujer era la que le había inspirado en todas sus novelas. La que en ese libro que tenía entre sus manos se llamaba Ingrid Lash, o Jane Stewart en su anterior best seller, “Nómadas de la pasión”. Era ella, y ahora se le había presentado delante a plena luz del día, en un paseo marítimo a los ojos de todo el mundo; con la única intención de volverlo loco. Ella volvió a girar la cara al mar, y sin darle más importancia abrió su libro, apoyándolo en la barandilla.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Q recuerdos me trajo de aquellos tiempos q ahora parecen taaan lejanos. No te voy a firmar el coment a ver si sabes quien soy Rosita ��

Lu Morales dijo...

Rosita, jajaja! pues ni idea, aparte de lo despiste que soy, le añadimos unos cuantos años ya, y más perdía que una cabra en un garaje.
De todas formas gracias por seguir conmigo, y permanece a la espera, esta historia la estoy reescribiendo poco a poco y se está poniendo muuuuuy interesante.
Besitos!!