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2/7/15

Mi Musa. Capítulo 6º:


¿Quién es ella?
¿Qué trama?
¿Qué quiere de Germán?
¿De dónde ha salido?

Y Germán, ¿qué opina de todo lo que le está pasando desde que se cruzó en su camino? Desde luego nuestro prota no tiene suerte.

Vamos a conocerla a ella un poquito más.
¿Será ella realmente su musa?



Capítulo 6º:


Después de la noche que había pasado, no ya por el dolor de los golpes que aquel malnacido le había vuelto a propinar, sino porque su cabeza era una olla a presión a punto de estallar, necesitaba salir con urgencia a la calle y respirar aire fresco. Despejar su mente e intentar, una vez más, recomponerse por dentro. Pegar los pocos trocitos que quedaban de ella, y seguir hacia delante su camino. Decidió coger un taxi y salir por el malecón de la ciudad a dar un paseo. Sabía a ciencia cierta que él estaba en los calabozos de la comisaría, era necio hasta para reconocer sus errores, y la policía local lo detuvo casi de inmediato en cuanto Sara interpuso, una vez más, varias denuncias en su nombre contra él.

Romper orden de alejamiento.
Acoso y amenazas.
Maltrato psicológico y físico.


Estaba ya harta de todo. Del trabajo, de su familia y de él. Fuera a donde fuera, él tenía que aparecer enseguida, acosarla e increparla. Había cruzado el país con su asistenta personal (su confidente y mejor amiga) dejando las omnipresentes lluvias del norte atrás, buscando el sol andaluz para que sanaran sus heridas y olvidara todo el daño que le había causado. Se había alojado en la suite de lujo de un céntrico hotel, modesto, de los que los famosos y pudientes jamás utilizarían; pero todo había sido inútil. A los pocos días llamó a la puerta de la suite, y sin ser invitado entró de un empujón. El muy hijo de puta lo tenía todo estudiado, pues eligió la hora en la que Sara había salido a cenar, dejándola a ella sola, a su merced. Y por mucho que intentara razonar con él, al final acabó golpeándola de nuevo. El divorcio, las miles de denuncias, el alejarse de él y jurarle que ya no lo quería no había hecho más que incrementar su odio hacia ella. Ya no la perseguía para recuperarla por mucho que la quisiera, simplemente alegaba que era suya, y que ningún otro hombre tenía derecho alguno sobre ella. Por mucho que un juez o hasta el mismísimo Dios bajara y dijera que ya no estaban casados, ella seguía siendo suya.

Suya.


Esa palabra se había convertido prácticamente en su sentencia de muerte. Su vida era una continua huida. Y ya empezaba a cansarse de tanto correr.
Mirando el mar sus pupilas humedecidas, sobre todo la del ojo lastimado la noche anterior, se perdían en el intenso azul del agua. La brisa marina le refrescaba la piel, era un alivio para ella, ese fresco la hacía sentirse viva. A pesar del infierno que era su vida, esas pequeñas cosas que a todos nos hacen sentirnos vivos era lo único que la ayudaban en su particular averno. Era como esas novelas románticas tan idílicas que le había dado por leer. Se identificaba tanto con las protagonistas, que no podía dejar de pensar y soñar con que algún día ella encontraría la felicidad que cada una de esas mujeres inventadas encontraba al final de la novela, después de haberlas pasado canutas. Sabía perfectamente que no eran más que historias inventadas por un novelista, pero, ¿qué de malo tenía poder soñar con esa felicidad? Ella también tenía derecho a ello, por mucho que Ricardo, el cabronazo de su ex-marido, pensara que no.

El aire frío que le daba la vida arreciaba por momentos, a pesar de que el sol lucía, lo normal en una mañana cualquiera de febrero por esas latitudes. Había salido sin abrigo, tan solo una bufanda y gorrito a juego, lo suficiente para abrigar su garganta y tapar sus heridas. No quería llamar la atención. Y una de esas novelas en sus manos, no es que pensara leer en su paseo, aparte de que esa en concreto, “Pasiones de guerra”, la había leído ya un par de veces; la había cogido casi por inercia. Le gustaba llevar algo entre las manos, y un libro era perfecto. Uno de los barcos pesqueros regresaba en esos momentos hacia el muelle, al final del malecón, y Elsa se quedó mirando las gaviotas que sobrevolaban detrás de la embarcación, buscando algún pez que llevarse al pico. Por unos instantes quiso ser uno de esos animalillos alados, y poder volar libremente sobre el inmenso océano azul, sin más límites que el propio firmamento. Volar mar adentro lejos de todo lo humano, y perderse en la línea del infinito que a lo lejos separa a ambos gigantes azules, entre el cielo y el mar.

Fue una de esas miradas que sientes a tus espaldas, incómoda y hasta grosera, lo que la sacó de sus pensamientos con las gaviotas y sus vuelos erráticos detrás del barquito. A sus espaldas había un tipo sentado en uno de los bancos, desnudándola con la mirada. Llevaba una gorrilla y gafas de sol, y un abrigo bien abotonado; el atuendo standard para los que tienen algo que ocultar. Le pareció de lo más ordinario que te podía pasar por la calle, el típico baboso que no tiene otra cosa que hacer con su vida. El tío se dio cuenta que lo había pillado, y desvió –al fin– la cabeza hacia el suelo mientras se ponía blanco. Si la hubiese pillado en otras circunstancias se habría acercado a él y le habría cantado las cuarenta, pero tal como estaba de ánimos, y viendo que ya pasaba de ella, volvió la cabeza hacia el mar buscando el pesquero. Sus pensamientos no volvieron a volar junto con las gaviotas. El fulano, de una manera tan baja y ruin le hizo recordar que, pese a todo seguía siendo una mujer deseable por cualquier hombre, no solo por sus posesiones, sino simplemente por ser una mujer. Tenía que empezar a quererse a sí misma otra vez, y esto le hizo darse cuenta que seguía siendo una mujer, y ¡qué mujer!
Volvió a mirarlo, esta vez con gesto divertido, a ver si lo pillaba con los ojos en su culo otra vez, y al comprobar que efectivamente seguía observándola, se le escapó una media sonrisa que hizo que el colega saltara de su asiento, pillado in situ. Una ráfaga de viento le soltó la bufanda y eso la puso nerviosa. No quería de ninguna de las maneras que nadie viera las marcas de su maldito ex en su cuerpo. Rápidamente se giró hacia el mar, mientras volvía a enrollar la bufanda sobre su cuello. Seguía nerviosa, y para intentar tranquilizarse no se le ocurrió otra cosa que abrir la novela, apoyándolo sobre la barandilla. Ni siquiera lo miró, cerrándolo lentamente, la poderosa atracción que el mar tenía sobre ella captó de nuevo toda su atención, ese era todo el ansiolítico que necesitaba. El barco ya había llegado al muelle con el enjambre de gaviotas detrás. Suspiró. Todo el peso del mundo, de su mundo, volvió a caérsele encima, e intentando retener la esencia azul del mar en su interior, buscando la paz que eso le transmitía, cerró los ojos. No pudo evitar que las lágrimas rodaran por sus mejillas, pensando que eso la ayudaría a liberar su mal; y en ese momento sintió su presencia. No fue miedo, el miedo lo conoció meses después de su boda por cortesía de su marido. Tampoco fue incómodo, ni desagradable a pesar de saber perfectamente que era él, su mirón particular. Abrió los ojos lentamente y girando la cabeza, aun a través de las gafas de sol que ambos llevaban, sus miradas se encontraron. Aquel desconocido, pese a todo, llegó a transmitirle mucha confianza, y fuerza. Eso la asustó y bruscamente giró la cabeza hacia el libro. ¿Por qué un desconocido acosador la hacía sentir eso? La situación se agrabó cuando dió un paso hacia ella.

–Pe... perdona, ¿estás bien? –la voz temblona, insegura del tipo fue suficiente carta de presentación. Intentó evitarlo con todas sus fuerzas, pero el viejo pánico que la embargaba cuando un hombre se acercaba a ella estando con Ricardo, le hizo retroceder en el tiempo anulándola como persona.
–¡Aléjese de mí! –le gritó, negando con la cabeza. Ya no era ella, por unos segundos volvió a ser aquella sombra muerta bajo la dictadura de su marido, los suficientes para darse cuenta que nada había cambiado.
–Yo… yo… so… solo quería ayudarte.

Al ver cómo se acercaba a ella el pánico volvió a morderle las entrañas, y sin saber cómo cayó al suelo. No sabría decir si por miedo o ya pensándolo en frío por rabia, empezó a llorar y gritar. En eso la había convertido aquel que le juró ante Dios amarla y protegerla, en una muñeca de trapo, de ojos de botón y sonrisa torcida incapaz de salir sola a dar un paseo.
Los hechos se precipitaron de tal manera que cuando se vino a dar cuenta, a él se lo llevaban esposado. Con la cabeza al descubierto no parecía gran cosa, y hasta tenía cara de buena persona. Su rostro le era familiar. Casi por inercia miró la fotografía del autor del libro que aún conservaba a su lado, y los comentarios de las personas que tenía alrededor comenzaron a cobrar sentido.

¡Aquel tipo era Germán Arrallán, el novelista!

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