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12/7/15

Mi Musa. Capítulo 7º:



Capítulo 7º:


Desde las escaleras oyó cómo bajaban varias personas. Un par de policías acompañados de un tipo con traje de marca, moreno, alto y bien parecido. El amigo Richard en cuanto lo vio dio un salto de su sitio y se dirigió risueño hacia la puerta, dando grandes voces.

–¡Hombre, Víctor! Ya era hora de que esa loca entrara en razón y te mandara a sacarme de este agujero.
–Señor Blanco, apártese de la puerta por favor –enseguida le recriminó uno de los policías.
–¡Y una mierda! ¡Éste es mi abogado y viene a sacarme de esta pocilga llena de cerdos! –bramó, agarrado a los barrotes como si de un gran simio se tratara.
–Ricardo –intervino el abogado, llamándolo por su nombre en español–, he de recordarle una vez más que mi bufete rompió hace tiempo toda relación con usted, y que yo tan solo me debo a la señora Maceiras.
–Pero Víctor, ¿acaso no te ha mandado ella a sacarme de aquí después de echarme anoche a la policía encima? –su voz sonó, por primera vez, insegura.
–El letrado Del Castillo está aquí como representante legal del señor Arrallán –fue la policía que antes le había echado la bronca la que intervino, apareciendo detrás de los tres hombres–. Ha venido por orden expresa de la señora Maceiras a aclarar el malentendido de esta mañana en el paseo, y a interponer las denuncias pertinentes contra usted.
–¿Pero qué me estáis contando? –la furia de Richard, o mejor dicho Ricardo, era ya palpable en el ambiente.
–¡Apártese de la puerta señor Blanco o nos veremos en la necesidad de usar la fuerza contra usted! –le gritó uno de los policías, echando mano a su porra.
–O sea,… –Richard entonces miró a Germán, con los ojos desorbitados, rozando la locura– ¿Tú eres el hijoputa que se ha estado tirando a mi mujer?


Sus manos soltaron en un movimiento imposible de seguir con la vista los barrotes, y decididamente fueron hacia su cuello. El escritor se quedó en un segundo sin sangre en las venas, y no pudo reaccionar. Resignado cerró los ojos esperando que éstas llegaran a su cuello y lo dejaran sin aire. Pero los segundos pasaban y ese mortal apretón jamás llegó. En su lugar sintió cómo lo zarandeaban, y al abrir los ojos vio la mano de uno de los moteros en su hombro, mientras le indicaba que saliera de allí. Los otros cuatro moteros estaban felizmente encima de Ricardo, golpeándole a gusto. Era lo que se merecía.

Al oír la puerta de barrotes cerrarse detrás de él respiró tranquilo, y más calmado lo recibió fuera la mano del letrado, presentándose. De fondo se oía a Ricardo profiriendo gritos y amenazas contra él y los moteros, pero los policías le dijeron que no le hiciera caso, iba a pasar una buena temporada a la sombra, no solo por maltratar a su ex, sino por otros turbios asuntos.

–Señor Arrallán, soy Víctor del Castillo y mi clienta, la señora Maceiras me ha pedido que le saque de aquí y aclare el malentendido de esta mañana –le decía el abogado mientras subían las escaleras.
–Ddd..., de acuerdo, sí,..., e..., eso está bien –fue lo primero que logró decir después de todo lo pasado.
–No se preocupe por nada, todo está ya resuelto y aclarado. Ha dado la casualidad de que su representante, Joan Bienvengut, se ha puesto en contacto con mi bufete esta mañana para sacarle de este lío, así que hemos unido las dos causas y todo está solucionado.

Llegaron al recibidor de la comisaría, y allí tres policías femeninas le estaban esperando, encabezadas por la de la bronca de esa mañana.

–Señor Arrallán, le debo una disculpa –la agente de policía estaba totalmente ruborizada, con una pose de disculpa y uno de sus libros entre sus manos.
–No tiene por qué disculparse –su mente empezó a reaccionar, y su parte comercial salió a flote, sacándolo del estupor en el que estaba–. En un caso de maltrato a una mujer, es natural reaccionar así. Si me deja su libro –lo señaló– se lo dedicaré con mucho gusto, y todo olvidado.

Las otras dos enseguida sacaron los suyos, y más con paciencia que con gusto se los dedicó. Tan solo tenía ganas de salir de allí y llegar al hotel. Al terminar con ellas, el abogado lo llamó.

–Germán, ¿me permites la confianza? –asintió con la cabeza, y el abogado sonrió–. Llámame entonces Víctor. Por favor acércate y firma estos papeles, son puro trámite para salir sin cargos de aquí.
–Es lo que más deseo, poder volver a mi hotel y darme un buen baño.
–En menos de un cuarto de hora estarás allí. ¿Ves aquel señor calvo con bigote? –miró en la dirección que Víctor le señalaba, al otro lado del pasillo–, es Avelino, tiene órdenes expresas de la señora Maceiras de sacarte de aquí discretamente y llevarte a donde desees. Es de confianza.
–Gracias Víctor, me has servido de gran ayuda.
–No tienes que agradecer nada, Elsa se quedó muy preocupada cuando vio en el lío que te había metido, y me llamó en cuanto los de asuntos sociales la dejaron tranquila. Ella ya tiene todas las denuncias puestas contra su ex marido, el impresentable individuo que has conocido ahí abajo.
–Richard White –le confirmó, Víctor se echó a reír.
–Su nombre es Ricardo Blanco, pero el muy cretino desde hace tiempo lo dice en inglés, dice que le da más categoría, como si eso se ganara con el nombre.
–Es todo un misógino, a los tipos así no los deberían dejar salir a la calle.
–Además de verdad. Esta noche pasada ha estado acosando a Elsa, y ha terminado golpeándola otra vez.
–Ella es la mujer del paseo marítimo, ¿No? –preguntó Germán, sabiendo ya la respuesta.
–Sí.
–Ya vi su cara. El desgraciado ese no tiene perdón de Dios.
–Ya está todo en manos de los tribunales, por desgracia no es la primera vez.
–Ojalá se pudra en la cárcel –no pudo evitar que esa frase, todo un deseo, saliera más de su corazón que de su boca.
–Yo voy a hacer todo lo que esté en mi mano para que así sea –sentenció Víctor mirando su reloj de pulsera–. Bueno, Germán –tendió su mano–, encantado de conocerte, aunque hayan sido en estas circunstancias.
–El placer ha sido mío –la estrechó afablemente, y al hacerlo se encontró una tarjeta de visita esperándole.
–Para cualquier cosa que necesites si estás por la zona, ya sabes dónde tienes un amigo, y un abogado. Estoy harto de ver tu cara por toda mi casa, mi mujer es fiel lectora de tus novelas –el escritor sonrió ante tal comentario, y el letrado se despidió con una estudiada sonrisa, posando su mano libre en el hombro de Germán, justo antes de soltarle la diestra.
–Gracias –le dijo sinceramente mientras asentía. Le había caído bien Víctor, se notaba que era todo un profesional, y además buena persona.

Cruzó el pasillo hasta llegar donde le esperaba Avelino, y con un escueto “Sígame señor”, lo siguió a través de unas oficinas guiados por un policía, y de allí a otro pasillo que desembocó al garaje de la comisaría. Allí le abrió la puerta de un mercedes gris con los cristales de atrás tintados, invitándolo a entrar. Subió y se acomodó en aquellos asientos de cuero negro. Avelino se instaló delante del volante, y salieron a la calle, donde ya varias decenas de periodistas la colapsaban, esperando la salida del personaje del día. Agradeció aquello, no se encontraba con ánimos de luchar contra toda aquella marabunta de periodistas para desmentir las acusaciones que habían caído sobre su persona. Avelino lo sacó de sus pensamientos.

–Señor Arrallán.
–Sí, Avelino.
–El señor Bienvengut me ha dado órdenes de llevarlo a otro hotel a las afueras de la ciudad, donde le está esperando. Los accesos del suyo están también tomados por los periodistas.
–De acuerdo, al señor Bienvengut es mejor no hacerle la contra.


Avelino sonrió mientras conducía a través de la ciudad hacia uno de los hoteles más lujosos de la zona, situado en un paradisíaco y exclusivo paraje.

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