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24/7/15

Mi Musa. Capítulo 8º:


Capítulo 8º:




AVISO: Este capítulo contiene ciertas escenas de carácter sexual (tampoco es nada para escandalizarse), pero prefiero avisar por si a alguien le molesta este tipo de lecturas y no se lleve la sorpresa. Así que advertido queda. Gracias.





El agua tibia caía por su cuerpo desde hacía más de diez minutos, intentando limpiar así de su piel y su mente la experiencia en la comisaría. Y a pesar de que su cabeza era una olla a presión con todo lo vivido en el calabozo, había un recuerdo, una imagen que no se le iba: ella. Su acusadora al principio, salvadora al final, Elsa Maceiras.
Desde que empezó a escribir novela rosa la imagen de una mujer se fue formando en su mente y a través de las protagonistas de sus novelas fue tomando forma y carácter. Y ese largo día, su ideal de mujer se hizo carne. Carne que le perturbaba aún más que sus propios sueños con ella, pues ahora ella tenía un nombre real, era una mujer real, Elsa.

Elsa.

Elsa.

Elsa.

Su nombre se repetía en su mente sin cesar. Sus labios lo susurraban como si del mantra más hermoso y armonioso se tratara, apaciguando su alma al saber que era real, y la tenía tan cerca.

Elsa.

Elsa.



Creía oír hasta al agua que corría por su cuerpo susurrar canturreando ese hermoso nombre, y absorto en el juego de sonidos acuáticos, se estremeció al sentir una mano tibia, suave, posarse titubeante sobre su espalda. Al principio se sobresaltó, pero el mismo agua le tranquilizó, y comprendió que ella estaba a su lado, como siempre había estado. En su mente desde hacía años, y ahora a sus espaldas, regalándole caricias que le ponía el bello corporal de punta. Él permaneció quieto, con las manos apoyadas en la pared como si fuese un detenido por la policía al que están cacheando; disfrutando de cada caricia, de cada sensación que ese roce le producía en su cuerpo y en su alma. Pronto fueron dos manos las que le acariciaban debajo del agua, deslizándose por su cuerpo, dibujando cada uno de sus músculos de forma sensual. Esas manos dieron paso a unos brazos que lo fueron abarcando, y poco a poco fue sintiendo una prominente erección. Ya lo acariciaban por los bien formados pectorales, machacados en el gimnasio los pocos ratos que tenía para desconectar de la escritura. Su abdomen fue también agasajado, pasando los delicados dedos por cada una de las onzas de su perfecta tableta de chocolate, arañándolo sensualmente en última instancia con unas largas uñas. Fue cuando sintió en su trasero el roce de un vientre femenino, y más arriba los dos prominentes pechos presionando su espalda. Lo tenía totalmente a su merced, excitado al máximo y con unas ganas locas de hacerla sentir todo lo que estaba sintiendo él. La pasión y el deseo anidaron en su pecho, y en un arrebato de querer tocarla, cogerla entre sus brazos, comerle la boca y sentirla suya, hacerla suya, como él se había sentido momentos antes; se giró.

Estaba solo en la ducha. Completamente solo, mojado, y con una potente y dolorosa erección. Todo había sido obra de su imaginación. Su calenturienta e infinita imaginación. Se cabreó consigo mismo, lanzó un puñetazo de rabia con el puño izquierdo golpeando la pared. La rabia pasó en décimas de segundos a ser dolor, y al cogerse el puño con la otra mano descubrió sangre en sus magullados nudillos, sangre que ya teñía el agua que corría por su cuerpo. Cerró el grifo y salió de la ducha. Con una toalla a la altura de sus caderas cubrió su desnudez, y se llevó otra hasta el pequeño refrigerador de la habitación, donde encontró hielo. Lo envolvió con la toalla y se lo puso en la mano herida, y sintiéndose derrotado y traicionado otra vez por su imaginación, se sentó al borde de la cama.

¿Cómo mierda iba ella a colarse en mi habitación y meterse en la ducha conmigo? Masculló. Le dolía más su orgullo de hombre que la mano. Pensando en eso estaba cuando sonó el teléfono de la habitación, y alargando el brazo descolgó:

–¿Señor Arrallán? –la voz monótona del personal del hotel sonó al otro lado – El señor Bienvengut me ha pedido que le comunique que tiene usted una cena en el reservado del restaurante del hotel, con la señora Maceiras.
–¿Co... con la señora Maceiras? –Germán suspiró, pesaroso. No era una buena idea cenar con ella, y menos después de lo que acababa de experimentar en el baño.
–Así es, a las ocho en punto.
–Pues dígale al señor Bienvengut que me va a tener que perdonar, pero no puedo asistir a esa cita –le soltó de carrerilla al empleado–. Mi apretada agenda me lo impide.
–Disculpe, señor, pe...
–¡Discúlpeme usted a mí! –cortó tajante a su interlocutor, casi gritando–. Dígale a Bienvengut que vaya él, que yo no tengo nada que hacer con la señora Maceiras.

Colgó furioso. Esa mujer había estado a punto de arruinar su carrera y hasta su vida, y encima lo estaba volviendo loco. Lo que menos necesitaba en ese momento era un acercamiento a ella, hablar, contarse sus cosas, mirarla cara a cara,... y enamorarse. Porque sabía que eso le pasaría, que terminaría de enamorarse de ella. No quería más líos por ese día, y prefería asaltar el mueble-bar de la habitación, raptar la botella de JB, y pasar la noche amorrado a ella, hasta caer borracho en la alfombra, y esperar que el servicio de limpieza del hotel lo recogiera por la mañana. Ese era su plan perfecto para la noche.

Apenas habían pasado unos minutos, que aprovechó para ponerse el albornoz del hotel, cuando llamaron a su puerta. No quiso contestar y permaneció en silencio. Segundos después volvieron a llamar insistentemente. Al tercer intento se oyó desde el otro lado de la puerta a su representante llamándolo a gritos, amenazando con no irse de allí hasta que no le abriera. Conociendo a Bienvengut como lo conocía sabía que decía la verdad, así que derrotado, le abrió.

–¿Qué pasa, Joan? –le dijo nada más abrir.
–¡Eso me gustaría a mí saber! –le gritó Bienvengut, casi arrollándolo al entrar en la habitación–. Elsa quiere conocerte y disculparse en persona por lo de esta mañana, y tú la rechazas de mala manera. ¿Qué problema tienes, tío?
–¡Pues eso mismo! –Germán se puso a gritar también, habiendo cerrado previamente la puerta. Respiró y bajó el tono–. Esa mujer ha estado a un pelo de arruinarme la vida con sus paranoias, y no me apetece verle la cara. Ha aclarado todo y se ha demostrado mi inocencia, que ni siquiera la conozco, pues estamos en paz.
–¡Tú eres tonto! ¿No has visto la repercusión mediática que está teniendo todo este malentendido? –Joan cogió el mando de la tele y la puso en el número cinco. No hacía falta oírla, con ver los subtítulos que tenían los ocho tertulianos que todas las tardes le daban un repaso a los pseudofamosos, quedaba claro que Germán había sido víctima de un malentendido–. Ahí no paran de hablar de ti, y hasta dicen que le salvaste la vida a Elsa, pues con tu intervención evitaste que ella llevara a cabo su plan.
–¿Qué plan? –se había perdido en mitad de la conversación.
–Ella estaba echa polvo, de hecho lo sigue estando, y en la tele barajan la posibilidad de que quisiera suicidarse saltando al vacío.
–¿Eso es cierto?
–¿Y qué más da? A ti te han puesto como héroe nacional, ahora sí que te van a conocer hasta en la China.
–Y, ¿ella qué opina?
–Ni idea. Yo he hablado esta tarde con ella y me ha pedido encarecidamente una oportunidad para disculparse contigo, y a los dos nos ha parecido bien que quedéis para cenar. ¿Por qué no vas y se lo preguntas en persona? Te va a caer muy bien, es una mujer muy madura, encantadora, y con un par de...
–¡Que no, Joan! –lo cortó antes de que siguiera por ese camino, capaz era de empalmarse otra vez–. Estoy cansado y no tengo ganas de verle la cara. Lo mismo me acusa de haber inventado lo del suicidio yo.
–¡No seas gilipollas! Dime que te da miedo quedar con una mujer así. Pero deberías pensártelo, Germán. Ella quiere conocerte, seguro que ha leído tus novelas.
–Me lo pensaré, pero no prometo nada –accedió al final, pensando en el libro que llevaba en las manos aquella mañana en el paseo marítimo.
–A las ocho en el reservado! ¡Y no llegues tarde, que a una dama así no se la hace esperar! –Joan salió triunfante de la habitación.
–¡Que no he dicho aún si voy a ir!

–¡Sí, ya!

1 comentario:

J.P. Alexander dijo...

Uy me gusto mucho el capítulo erótico y romántico