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17/8/15

Mi Musa, capítulo 10:


Capítulo 10:



Germán estaba a las ocho en punto en la mesa del restaurante que tenía reservada para cenar con Elsa. Aún se preguntaba cómo había accedido a ir mientras, nervioso, se ajustaba una y otra vez el nudo de la corbata. Tendría que haber venido de informal, se repetía mientras corría el nudo hacia arriba y hacia abajo, sin dar con el punto exacto donde la llevara con comodidad. No le gustaban las corbatas. Quince minutos después se plantó ante él una despampanante morena, presentándose como la secretaria de Elsa. Con gran pesar le comunicó que la señora Maceiras no podía acudir a la cita, pero que estaría dispuesta a quedar otro día. Ya lo arreglaremos Joan y yo un día que a los dos os venga bien, le comunicó para despedirse de él, y con un alegre "nos vemos", se largó entre las demás mesas. Germán pudo ver en la entrada al salón a Joan esperándola, y posando su mano en el trasero de la morena, se marcharon.


Estaba indignado, después del día que había pasado gracias a ella, ahora le daba un plantón de última hora. Tiró del nudo de la corbata bruscamente hasta deshacerlo, y con desaire se levantó, abandonando el restaurante ante la atónita mirada del camarero. Unos metros más allá encontró la barra del bar del hotel, y sin importarle ya nada, se encaramó a uno de los taburetes dispuesto a acabar con todas las existencias de whisky él solo. Con el primero, doble on the rocks entre los dedos, no lo pensó y acabó con él de un trago. Ar pedir el segundo notó una mano sobre su hombro. Pospuso la borrachera por unos segundos, los justos para girarse a ver quién lo había interrumpido, y se encontró a Avelino, el chófer de Elsa, que tan amablemente lo había traído horas antes al hotel. Su semblante era amenazador, y lejos de soltarle el hombro una vez captada su atención, su mano le apretaba hasta tal punto de empezar a hacerle daño.

-Creo, señor Germán, que le debe una disculpa, y en público, a la señora Maceiras.
-Pues yo creo, Avelino -replicó Germán, intentando en vano soltarse del agarre del chófer-, que es ella la que me la debe a mí. Pero visto lo visto, con que me deje en paz me conformo.
-No me ha entendido -bramó Avelino, endureciendo sus palabras a la vez que apretaba más fuerte el hombro del escritor-, o no me quiere entender. Los bulos que ha hecho correr en la tele de la señora Maceiras han de ser desmentidos, ¡YA! Tiene 24 horas horas para ello, sino emprenderemos acciones legales contra usted.
-¡No sé de qué me me estás hablando! -gritó Germán, forcejeando en vano para soltarse-, y ¡suéltame ya, gorila! En vez de ir intimidando a la gente que no la conocemos de nada, bien podías haberla defendido de su marido.

Avelino lo soltó en el acto ante tal comentario. Había sido un golpe bajo, pero había funcionado. Germán aprovechó y se levantó raudo. El chófer le sacaba una cabeza y le doblaba el peso, pero Germán no se iba a amedrentar por eso. Él iba al gimnasio a menudo y tenía nociones de defensa personal, Joan había insistido en ello para cuando algún grupo de mujeres lo acorralaran e intentasen de todo con él.

-Él no ha sido -la voz de la morena sonó detrás de Avelino. Este se apartó y apareció del brazo de Joan-. Déjalo tranquilo Ave, y gracias por defender a la señora. Los bulos han sido cosa del programa de la tele, para variar. Tomaremos medidas contra ellos.

Avelino se disculpó escuetamente ante Germán, y discretamente desapareció. Joan le explicó cómo había ido creciendo como una bola de nieve las conjeturas e hipótesis de por qué una multimillonaria anónima querría sacarle partido al escritor de moda, y a todos se les fue de las manos.

-Mañana vamos a emprender una campaña conjunta para aclararlo todo y dejar a cada uno en su sitio. No te preocupes por nada, Víctor, el abogado, está ya estudiando el caso. Quédate tranquilo, y disculpa a Elsa, aún no está preparada para quedar con un hombre a solas. Su ex le ha hecho la vida imposible desde hace muchos años -Joan le explicaba mientras él le escuchaba en silencio-. Esta es Sara, su secretaria, la he invitado a cenar -le guiñó un ojo sin que ella se diera cuenta-, y más adelante te la presentaremos. Elsa es una fan empedernida de tus novelas. Nosotros nos vamos, ya nos vemos.

Germán, aun en silencio, se sentó de nuevo en el mismo taburete, y apartando el whisky ya aguado, tomó la decisión de no emborracharse, una vez más, por una mujer.

1 comentario:

Acompáñame Podemos-juntos dijo...

Hay lecturas por las que vale la pena tener ojeras al día siguiente, la tuya es una de ellas.

Te invitamos de paso a participar en nuestro reto de Halloween, a ver si logramos que las palabras crezcan dentro de alguien como nunca imaginamos.

Un besazo.