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3/8/15

Mi Musa. Capítulo 9º:




Capítulo 9º:






No tenía que haber aceptado esta invitación, se repetía Elsa delante del espejo, intentando en vano disimular su ojo morado con toneladas de maquillaje. No se quedaba bien de ninguna de las maneras, y cuanto más se miraba, más se arrepentía por haberse dejado embaucar por Jon y Sara, y aceptar esa cena.
Germán tiene muchas ganas de conocerte y saber cómo estás, sobre todo después de haber conocido a tu ex en los calabozos.


Se repetía las frases de la conversación, esta vez mientras se perfilaba los labios con un color que no llamara mucho la atención, no quería aparecer ante su novelista favorito, y sobre todo después de lo que le había pasado por su culpa, de cualquier forma. Quería ir perfecta, aunque con el ojo así, y siendo de noche que no lo podría disimular con las gafas de sol lo tenía bastante difícil. Terminó de vestirse en la habitación, y al ponerse los tacones vio sobre la mesita de noche el libro de Germán que llevaba por la mañana en las manos, “Pasiones de Guerra”. Esa novela le había encantado, se había sentido tan identificada con el protagonista, David Sunfish, por verse tan indefenso y vulnerable. Pero ella no era por heridas físicas producto de una guerra, sino por todo el dolor y sufrimiento que su ex-marido le había hecho a lo largo de los años. El estado psicológico del soldado al llegar al hospital la describía al 200%, y más allá de que sólo era una novela, le asombraba cómo el autor había descrito su estado de una forma tan íntima y veraz. Ese era el único motivo por el cual quería conocer a Germán, quería comprobar si realmente era como ella se lo había imaginado; y también quería pedirle disculpas personalmente. Se dirigió una vez más, la última ya antes de salir hacia el restaurante, al tocador para echarse unas gotitas de su perfume, y al mirarse al espejo la mujer que vio hizo que se le viniera el mundo abajo una vez más. No vio más que una muñeca rota. Así se sentía. Un vestido caro, un maquillaje bonito y un peinado elegante,... en una cara partida, un corazón devastado y un cuerpo en ruinas.



¿Cómo me voy a presentar ante Germán así? Él, que estará acostumbrado a rodearse de mujeres hermosas, divertidas e inteligentes en su justa medida. Nada tengo que hacer en esa cena. Mírate, Elsa, un ojo hinchado, amargada y sin ganas de reirle ya las gracias a nadie. Bajó la mirada hasta el joyero, y en silencio guardó los pendientes que llevaba puestos en su interior. Acababa de cancelar la cena.

Oyó abrirse la puerta de la suite, al fondo de la estancia, y antes de que Sara llegara hasta ella, alcanzó la cama y con zapatos y todo se metió entre las sábanas. Se cubrió hasta la cabeza y se hizo la dormida. Sara, que se había dado cuenta de toda la operación, se acercó a la cama y se sentó a su lado.
 
-Elsa, vas a llegar tarde a la cena como no te des prisa, así que sal de la cama y termina de acicalarte.

-Llama que no voy a ir –una tímida y entrecortada voz salió de debajo del edredón.

-¡Sí que vas a ir! Te mueres por conocer a Germán Arrallán desde que empezaste a leer sus novelas, y ahora que tienes una oportunidad no la vas a desperdiciar.


-¡No voy a ir! –la voz era ahora fuerte y decidida–. Después de lo de esta mañana ese hombre no querrá ni verme. Le he arruinado su carrera y hasta su vida.

-Tienes la oportunidad de explicarle que no fue culpa tuya, te disculpas, y quedas como una señora. Además, has mandado a tu mejor abogado para defender su causa, y a tu chófer a recogerlo.

-A Avelino lo mandaste tú.

-No lo íbamos a dejar en manos de la manada de periodistas que desde el minuto uno están siguiendo la noticia.

-Has hecho bien, Sara, pero yo esta noche no voy a cenar con nadie.

-¡Sí que vas a ir! –gritó Sara, perdiendo ya la paciencia.

-¡No me encuentro bien! –dejó bien claro, gritando más, Elsa.
Sara se levantó y agarrando el cobertor, tiró de él, dejando a una Elsa en posición fetal, con uno de sus mejores vestidos y sus tacones rojos. Miró con cara de miedo a su asistenta, y esta comprendió al instante que su jefa y mejor amiga no iría a esa cena. Aun no estaba preparada para pasar una velada despreocupada con un hombre al que apenas conocía. Y mirando la expresión de sus ojos, dudaba de que algún día lo estuviera. Maldijo en su interior, una vez más, a Ricardo, y cubriendo aquel cuerpo tembloroso nuevamente con el edredón, la dejó tranquila.

-Ahora llamo a Joan y la anulo. 

-Gracias, Sara.


Aquel gracias se le clavó en el alma. Le daba las gracias por dejarla sola con sus demonios, en vez de hacerla reaccionar y empujarla por la puerta a vivir la vida. Demostrarle que a pesar de todo esta era hermosa, y había que exprimirla al 100%. Salió taciturna de la suite en busca de Joan, dispuesta a anular aquella cena que sabía que su amiga temía tanto como deseaba, si no, no se habría arreglado tanto. Hacía ya mucho tiempo, demasiado, que no se ponía sus tacones rojos. Ni se maquillaba más allá de dar un poco de carmín a sus labios. Elsa no estaba preparada aún, pero intentaría por todos los medios que Germán le concediera una nueva cita más adelante. Ella sabría cómo hacer que su representante se la diera.


Una mano temblorosa salió de entre las sábanas y cogió un libro de encima de la mesita de noche. En la contraportada iba una foto del autor del libro. Había mirado tantas veces esa foto, que se indignó consigo misma por no reconocerlo en el malecón esa mañana. Él sólo se había acercado a ella para preguntarle si estaba bien. Recuerda que se asustó y tropezando consigo misma cayó al suelo. Ahí se precipitó todo, y cuando quiso darse cuenta estaba en comisaría con una funcionaria de asuntos sociales. Le explicó varias veces lo que había sucedido, que no se conocían de nada, y que de nada tenía que acusarlo. Hasta que por fin llegó Víctor, uno de sus abogados, y este aclaró la situación de la señora y empresaria Elsa Maceiras, con el individuo que una vez fue su esposo y que era el autor confeso de sus heridas.


Elsa se quedó mirando los ojos de Germán Arrallán. Unas pupilas negras sin dobleces ni nubes alrededor la contemplaban desde la foto. Era la misma mirada con la que se cruzó debajo de las gafas de sol. Sabía que esos mismos ojos la habían estado observando en el paseo marítimo con lujuria, pero ahora que sabía que era él, eso la reconfortaba. La deseaba, lo sabía. Pero lo que no quería reconocer, aún, es que ella también lo deseaba a él. Abrazó el libro, y entornando los ojos se dejó llevar por Morfeo a su mundo de sueños.

Eran más de las diez de la noche cuando se despertó. De un salto salió de la cama, y al verse con su mejor vestido, decidió salir a lucirlo un poco en el bar del hotel. Le apetecía una copa, y sabía que no le negarían un simple sándwich si lo pedía. En los hoteles caros siempre están dispuestos a complacer al más pintoresco de sus huéspedes, mientras tenga pasta. Al ver que Sara no estaba en la suite, la llamó al móvil, y después de saltarle tres veces seguidas el contestador automático con su mensaje de voz personalizado incluido, llamó al número Avelino. Este estaba directamente apagado o fuera de cobertura. Se armó de valor y decidió ir sola al bar. No podía pasarle nada. El bar estaba en la planta principal a continuación del restaurante. Ricardo estaba detenido. Y él estaría durmiendo en su habitación, o lo mismo estaría escribiendo su nueva novela. Aquello la hizo arrepentirse de haber rechazado la invitación a cenar con él, pero ya estaba hecho. Se adecentó un poco el vestido y el cabello, y con un bolsito de mano muy mono abandonó la habitación dispuesta a dejar que el ascensor la dejara a la planta baja.


Bajó del ascensor, dispuesta a cruzar el hall de recepción, y justo al acercarse al mostrador las dos recepcionistas se callaron en cuanto la vieron. Tenían una pequeña pantalla de plasma delante con apenas voz, pero entre los cuchicheos de los contertulios que, hablando a gritos, se insultaban unos a otros con la misma facilidad que se alagaban; le pareció oír su nombre y el de Germán. Se paró en seco delante de la pantalla, y les prestó atención, la suficiente como para enterarse de que la noticia del día en el país era el numerito que una loca suicida le había montado al afamado novelista Germán Arrallán. Unos decían que buscaba notoriedad entre la jet set del país, ya que por muchos millones que tuviera siempre había pasado desapercibida. Otros especulaban que lo que quería era pegar un braguetazo con el escritor. Y una tercera conjetura afirmaba que el braguetazo ya lo había pegado, y como el novelista no quería saber nada de ella, le había montado el espectáculo en el malecón en venganza. Elsa se puso de todos los colores. Estaba claro que Germán Arrallán no era el tipo de hombre que ella creía. Él sí que andaba buscando notoriedad. Nada mejor que un lío como el de esa mañana para dar el salto definitivo a la popularidad, y todo a su costa. Indignada dio media vuelta para volver lo antes posible a su suite, cuando lo vio al fondo del bar, apoyado en la barra. Resopló como si fuese un caballo furioso, y se dirigió con paso decidido hacia él.


1 comentario:

J.P. Alexander dijo...

Genial te mando un beso y te me cuidas