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30/10/15

La noche de Todos los Santos hay fiesta en mi casa



LA NOCHE DE TODOS LOS SANTOS HAY FIESTA EN MI CASA






Así es. Y yo no he invitado nunca a nadie.
Todo empezó hace ya unas cuantas décadas. Recuerdo aquella noche, unas semanas antes del último día de octubre como si fuera ayer. Al atardecer ya estaba apostada sobre mi chimenea aquella enorme ave nocturna, más negra que la noche misma. Y cuando las tinieblas del ocaso engulleron por completo todos los restos del día, cayendo sobre el pueblo la más absoluta oscuridad, empezó a ulular lenta, rítmicamente, lo suficiente como para no dejarme pegar ojo en toda la noche. La casa cruje con cada paso que das por sus suelos, pero en el silencio de la noche cruje mucho más. Así que lo que faltaba para acompañar esos crujidos, era el maldito pájaro ahí fuera.

Así pasó una noche tras otra hasta que a la cuarta, apareció el primero apoyado en la barandilla de las escaleras que suben a mi portal. A priori no noté nada raro en aquella figura humana la primera vez que la observé desde el ventanal del salón. Por la mañana había desparecido y no volví a acordarme de él hasta que volví a casa ya oscuro. Había sido un día muy largo, y aquella silueta recortada bajo la tenue luz de la farola me hizo dudar si entrar en casa o pasar de largo y avisar a alguien. Pero conforme me iba acercando se me hacía cada vez más familiar, hasta tal punto que al pasar por su lado, subiendo no obstante los escalones deprisa y de dos en dos, lo reconocí.

17/8/15

Mi Musa, capítulo 10:


Capítulo 10:



Germán estaba a las ocho en punto en la mesa del restaurante que tenía reservada para cenar con Elsa. Aún se preguntaba cómo había accedido a ir mientras, nervioso, se ajustaba una y otra vez el nudo de la corbata. Tendría que haber venido de informal, se repetía mientras corría el nudo hacia arriba y hacia abajo, sin dar con el punto exacto donde la llevara con comodidad. No le gustaban las corbatas. Quince minutos después se plantó ante él una despampanante morena, presentándose como la secretaria de Elsa. Con gran pesar le comunicó que la señora Maceiras no podía acudir a la cita, pero que estaría dispuesta a quedar otro día. Ya lo arreglaremos Joan y yo un día que a los dos os venga bien, le comunicó para despedirse de él, y con un alegre "nos vemos", se largó entre las demás mesas. Germán pudo ver en la entrada al salón a Joan esperándola, y posando su mano en el trasero de la morena, se marcharon.


Estaba indignado, después del día que había pasado gracias a ella, ahora le daba un plantón de última hora. Tiró del nudo de la corbata bruscamente hasta deshacerlo, y con desaire se levantó, abandonando el restaurante ante la atónita mirada del camarero. Unos metros más allá encontró la barra del bar del hotel, y sin importarle ya nada, se encaramó a uno de los taburetes dispuesto a acabar con todas las existencias de whisky él solo. Con el primero, doble on the rocks entre los dedos, no lo pensó y acabó con él de un trago. Ar pedir el segundo notó una mano sobre su hombro. Pospuso la borrachera por unos segundos, los justos para girarse a ver quién lo había interrumpido, y se encontró a Avelino, el chófer de Elsa, que tan amablemente lo había traído horas antes al hotel. Su semblante era amenazador, y lejos de soltarle el hombro una vez captada su atención, su mano le apretaba hasta tal punto de empezar a hacerle daño.

3/8/15

Mi Musa. Capítulo 9º:




Capítulo 9º:






No tenía que haber aceptado esta invitación, se repetía Elsa delante del espejo, intentando en vano disimular su ojo morado con toneladas de maquillaje. No se quedaba bien de ninguna de las maneras, y cuanto más se miraba, más se arrepentía por haberse dejado embaucar por Jon y Sara, y aceptar esa cena.
Germán tiene muchas ganas de conocerte y saber cómo estás, sobre todo después de haber conocido a tu ex en los calabozos.


Se repetía las frases de la conversación, esta vez mientras se perfilaba los labios con un color que no llamara mucho la atención, no quería aparecer ante su novelista favorito, y sobre todo después de lo que le había pasado por su culpa, de cualquier forma. Quería ir perfecta, aunque con el ojo así, y siendo de noche que no lo podría disimular con las gafas de sol lo tenía bastante difícil. Terminó de vestirse en la habitación, y al ponerse los tacones vio sobre la mesita de noche el libro de Germán que llevaba por la mañana en las manos, “Pasiones de Guerra”. Esa novela le había encantado, se había sentido tan identificada con el protagonista, David Sunfish, por verse tan indefenso y vulnerable. Pero ella no era por heridas físicas producto de una guerra, sino por todo el dolor y sufrimiento que su ex-marido le había hecho a lo largo de los años. El estado psicológico del soldado al llegar al hospital la describía al 200%, y más allá de que sólo era una novela, le asombraba cómo el autor había descrito su estado de una forma tan íntima y veraz. Ese era el único motivo por el cual quería conocer a Germán, quería comprobar si realmente era como ella se lo había imaginado; y también quería pedirle disculpas personalmente. Se dirigió una vez más, la última ya antes de salir hacia el restaurante, al tocador para echarse unas gotitas de su perfume, y al mirarse al espejo la mujer que vio hizo que se le viniera el mundo abajo una vez más. No vio más que una muñeca rota. Así se sentía. Un vestido caro, un maquillaje bonito y un peinado elegante,... en una cara partida, un corazón devastado y un cuerpo en ruinas.

24/7/15

Mi Musa. Capítulo 8º:


Capítulo 8º:




AVISO: Este capítulo contiene ciertas escenas de carácter sexual (tampoco es nada para escandalizarse), pero prefiero avisar por si a alguien le molesta este tipo de lecturas y no se lleve la sorpresa. Así que advertido queda. Gracias.





El agua tibia caía por su cuerpo desde hacía más de diez minutos, intentando limpiar así de su piel y su mente la experiencia en la comisaría. Y a pesar de que su cabeza era una olla a presión con todo lo vivido en el calabozo, había un recuerdo, una imagen que no se le iba: ella. Su acusadora al principio, salvadora al final, Elsa Maceiras.
Desde que empezó a escribir novela rosa la imagen de una mujer se fue formando en su mente y a través de las protagonistas de sus novelas fue tomando forma y carácter. Y ese largo día, su ideal de mujer se hizo carne. Carne que le perturbaba aún más que sus propios sueños con ella, pues ahora ella tenía un nombre real, era una mujer real, Elsa.

Elsa.

Elsa.

Elsa.

Su nombre se repetía en su mente sin cesar. Sus labios lo susurraban como si del mantra más hermoso y armonioso se tratara, apaciguando su alma al saber que era real, y la tenía tan cerca.

Elsa.

Elsa.

12/7/15

Mi Musa. Capítulo 7º:



Capítulo 7º:


Desde las escaleras oyó cómo bajaban varias personas. Un par de policías acompañados de un tipo con traje de marca, moreno, alto y bien parecido. El amigo Richard en cuanto lo vio dio un salto de su sitio y se dirigió risueño hacia la puerta, dando grandes voces.

–¡Hombre, Víctor! Ya era hora de que esa loca entrara en razón y te mandara a sacarme de este agujero.
–Señor Blanco, apártese de la puerta por favor –enseguida le recriminó uno de los policías.
–¡Y una mierda! ¡Éste es mi abogado y viene a sacarme de esta pocilga llena de cerdos! –bramó, agarrado a los barrotes como si de un gran simio se tratara.
–Ricardo –intervino el abogado, llamándolo por su nombre en español–, he de recordarle una vez más que mi bufete rompió hace tiempo toda relación con usted, y que yo tan solo me debo a la señora Maceiras.
–Pero Víctor, ¿acaso no te ha mandado ella a sacarme de aquí después de echarme anoche a la policía encima? –su voz sonó, por primera vez, insegura.
–El letrado Del Castillo está aquí como representante legal del señor Arrallán –fue la policía que antes le había echado la bronca la que intervino, apareciendo detrás de los tres hombres–. Ha venido por orden expresa de la señora Maceiras a aclarar el malentendido de esta mañana en el paseo, y a interponer las denuncias pertinentes contra usted.
–¿Pero qué me estáis contando? –la furia de Richard, o mejor dicho Ricardo, era ya palpable en el ambiente.
–¡Apártese de la puerta señor Blanco o nos veremos en la necesidad de usar la fuerza contra usted! –le gritó uno de los policías, echando mano a su porra.
–O sea,… –Richard entonces miró a Germán, con los ojos desorbitados, rozando la locura– ¿Tú eres el hijoputa que se ha estado tirando a mi mujer?