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28/9/18

"Ahora me llaman TULA"... rescate de perrita en unas duras condiciones, ahora busca un hogar.

Hace unos meses, en mi pueblo, Mazarrón (Murcia, España), una serie de personas, la mayoría no se conocían, se juntaron por una noble causa, los animales. Y de esa desenfadada reunión germinó APROAMA, Asociación de Protección Animal de Mazarrón.

Hoy tienen varios perros y gatos amparados en sus instalaciones, cedidas de manera altruista y desinteresada por uno de sus miembros. Hay varios peluditos también en casas de acogida. Y el pueblo en general se ha ido involucrando con las actividades de esta asociación. Vecinos anónimos y establecimientos, empresas locales aportan su granito de arena en pro de esos animales abandonados a su suerte.

Y yo también he aportado el mío. Uno de esos granitos es este relato que me salió del corazón cuando me contaron el triste y emotivo rescate de Tula. Y hoy quiero compartirlo aquí.


Por cierto, Tula sigue en adopción, sigue creciendo esperando esa familia que le dé un sitio en su hogar. Esta etapa de cachorra tan fundamental para que en el futuro sea una gran compañía, la está pasando sin esa familia que la eduque y la enseñe, que la perrita se haga a ellos, y sepa ser un miembro más en el hogar. Una pena. Si te interesa escribe a APROAMA: 

aproama18@gmail.com





Aquí os dejo el relato:



AHORA ME LLAMAN TULA



Mamá, tengo hambre.
¿Por qué no nos vamos?
Mamá,...
Sé que estás ahí y tengo hambre, y sed. Mucha sed. Hace mucho calor, quiero volver a casa, a la sombra de las paredes que tan fresquitas están junto a mis hermanos. Vayámonos, ¿vale?
¡Mamá!


Olisquea con afán el saco, impreso con la leyenda de PATATAS DE CONSUMO que envuelve a su madre. El olor del cuerpo en descomposición se mezcla con el de patatas podridas, restos de cuando al saco se le dió su uso correcto. Y a pesar de ser un olor nauseabundo, no es suficiente para que el pequeño cachorro se aleje. Dentro está ese desangelado ser que le dio la vida hace unas pocas semanas. Una víctima más de su propia naturaleza, y de la del ser humano en sus facetas más oscuras y rastreras.


Mamá, el sol está cada vez más alto y no aguanto más. ¡Es desesperante! Por favor, regresemos a casa. Te necesito, yo sola no sé volver. No sé ni dónde estamos. No sé por qué nuestro padre humano nos ha traído aquí, sin agua ni mis hermanos.

Mamá, no lo aguanto más, mi hocico está seco, necesito agua. Y tú, ¿por qué no te mueves, mamá?


Empuja el saco mortuorio con ese hocico cada vez más reseco, la lengua colgando, en busca de signos de vida de su madre, pero no obtiene respuesta alguna. Todo está quieto a su alrededor. Las chicharras se oyen en los alrededores con su sempiterno canto, ajenas a la tragedia. El desalmado que las ha abandonado ha intentado esconder el saco entre unos matorrales para que no se vea mucho. Ha dejado al cachorro de malas maneras ahí, ni tan siquiera una sombra decente para resguardarse del sol, de la ola de calor que estamos sufriendo (parece que se ha esperado a que pasase un mes de julio fresquito, atípico), y con los primeros calores fuertes ha aprovechado para hacer más deleznable su fechoría, un asesinato consumado, y otro en tentativa.
El cuerpecillo del cachorro tiembla. Entre esos mismos matorrales de espinos tirita más de miedo que de otra cosa. Su lengua no aguanta más calor, y su tripa ruge en su interior. Pero eso no es comparable con los bichitos que se la están comiendo poco a poco desde fuera.
¿Qué mal habrá podido hacer en esta tierra de castañuelas, jamón serrano y paella, una raza de perro para ser castigada de esta manera?
Tal vez sea la envidia, por su facilidad de saber hacerle la competencia al viento. Por su grado de curiosidad, o por su nobleza. Por su esbeltez, o simplemente por esa mirada transparente de niños que nunca han roto un plato en su vida. No lo sé.
Lo que sí sé es que abandonada a su suerte la han dejado. Y no saben que el viento para este pobre animalillo ahora sopla de otra dirección. Es lo que tienen los galgos, los hijos del viento.


Mamá, oigo pasos. Tengo miedo.


Empuja desesperada el cuerpo de su madre. Aun no es consciente de que no volverá a verla. Ni a sus hermanos, ni a esa persona que los explota, los maltrata, los abandona, los mata.
Al ver sombras acercarse intenta hacerse pequeña entre la maleza, pasar desapercibida. Pero eso no va a suceder, esas sombras han venido a por ella, y se la van a ganar con unas simples palabras amables en apenas unos minutos.
Aun quedan personas de las buenas, no solo de las que tratan de paliar los abusos a estos seres; sino las que son incapaces de mirar para otro lado. Tan importantes las unas como las otras, pues las que miran, sienten y actúan son los ojos de las que recogen, ayudan, salvan.

A Tula se la ganaron, no por la voluntad de las personas que la recogieron, sino por su inocencia. Mientras la recogen en brazos y la sacan de ese infierno al rojo vivo, mira por encima del hombro de su rescatadora, y con las promesas de una vida mejor se despide de su madre.

¡Mamá!
¡Ven! ¡Levántate y síguenos!
¡Mira! ¡Me llevan en brazos!
¡Mamá! No te quedes ahí y ven conmigo. Me han prometido ríos de agua fresca, una cama blandita que, ¡no es el suelo! Y sus manos no hacen daño al contacto. Son suaves y da mucho gustito.
Y me van a llamar Tula, ¡me encanta!
¡Mamá!
Mamá,...




2-agosto-2018.-
Lu Morales.


30/10/15

La noche de Todos los Santos hay fiesta en mi casa



LA NOCHE DE TODOS LOS SANTOS HAY FIESTA EN MI CASA






Así es. Y yo no he invitado nunca a nadie.
Todo empezó hace ya unas cuantas décadas. Recuerdo aquella noche, unas semanas antes del último día de octubre como si fuera ayer. Al atardecer ya estaba apostada sobre mi chimenea aquella enorme ave nocturna, más negra que la noche misma. Y cuando las tinieblas del ocaso engulleron por completo todos los restos del día, cayendo sobre el pueblo la más absoluta oscuridad, empezó a ulular lenta, rítmicamente, lo suficiente como para no dejarme pegar ojo en toda la noche. La casa cruje con cada paso que das por sus suelos, pero en el silencio de la noche cruje mucho más. Así que lo que faltaba para acompañar esos crujidos, era el maldito pájaro ahí fuera.

Así pasó una noche tras otra hasta que a la cuarta, apareció el primero apoyado en la barandilla de las escaleras que suben a mi portal. A priori no noté nada raro en aquella figura humana la primera vez que la observé desde el ventanal del salón. Por la mañana había desparecido y no volví a acordarme de él hasta que volví a casa ya oscuro. Había sido un día muy largo, y aquella silueta recortada bajo la tenue luz de la farola me hizo dudar si entrar en casa o pasar de largo y avisar a alguien. Pero conforme me iba acercando se me hacía cada vez más familiar, hasta tal punto que al pasar por su lado, subiendo no obstante los escalones deprisa y de dos en dos, lo reconocí.

17/8/15

Mi Musa, capítulo 10:


Capítulo 10:



Germán estaba a las ocho en punto en la mesa del restaurante que tenía reservada para cenar con Elsa. Aún se preguntaba cómo había accedido a ir mientras, nervioso, se ajustaba una y otra vez el nudo de la corbata. Tendría que haber venido de informal, se repetía mientras corría el nudo hacia arriba y hacia abajo, sin dar con el punto exacto donde la llevara con comodidad. No le gustaban las corbatas. Quince minutos después se plantó ante él una despampanante morena, presentándose como la secretaria de Elsa. Con gran pesar le comunicó que la señora Maceiras no podía acudir a la cita, pero que estaría dispuesta a quedar otro día. Ya lo arreglaremos Joan y yo un día que a los dos os venga bien, le comunicó para despedirse de él, y con un alegre "nos vemos", se largó entre las demás mesas. Germán pudo ver en la entrada al salón a Joan esperándola, y posando su mano en el trasero de la morena, se marcharon.


Estaba indignado, después del día que había pasado gracias a ella, ahora le daba un plantón de última hora. Tiró del nudo de la corbata bruscamente hasta deshacerlo, y con desaire se levantó, abandonando el restaurante ante la atónita mirada del camarero. Unos metros más allá encontró la barra del bar del hotel, y sin importarle ya nada, se encaramó a uno de los taburetes dispuesto a acabar con todas las existencias de whisky él solo. Con el primero, doble on the rocks entre los dedos, no lo pensó y acabó con él de un trago. Ar pedir el segundo notó una mano sobre su hombro. Pospuso la borrachera por unos segundos, los justos para girarse a ver quién lo había interrumpido, y se encontró a Avelino, el chófer de Elsa, que tan amablemente lo había traído horas antes al hotel. Su semblante era amenazador, y lejos de soltarle el hombro una vez captada su atención, su mano le apretaba hasta tal punto de empezar a hacerle daño.

3/8/15

Mi Musa. Capítulo 9º:




Capítulo 9º:






No tenía que haber aceptado esta invitación, se repetía Elsa delante del espejo, intentando en vano disimular su ojo morado con toneladas de maquillaje. No se quedaba bien de ninguna de las maneras, y cuanto más se miraba, más se arrepentía por haberse dejado embaucar por Jon y Sara, y aceptar esa cena.
Germán tiene muchas ganas de conocerte y saber cómo estás, sobre todo después de haber conocido a tu ex en los calabozos.


Se repetía las frases de la conversación, esta vez mientras se perfilaba los labios con un color que no llamara mucho la atención, no quería aparecer ante su novelista favorito, y sobre todo después de lo que le había pasado por su culpa, de cualquier forma. Quería ir perfecta, aunque con el ojo así, y siendo de noche que no lo podría disimular con las gafas de sol lo tenía bastante difícil. Terminó de vestirse en la habitación, y al ponerse los tacones vio sobre la mesita de noche el libro de Germán que llevaba por la mañana en las manos, “Pasiones de Guerra”. Esa novela le había encantado, se había sentido tan identificada con el protagonista, David Sunfish, por verse tan indefenso y vulnerable. Pero ella no era por heridas físicas producto de una guerra, sino por todo el dolor y sufrimiento que su ex-marido le había hecho a lo largo de los años. El estado psicológico del soldado al llegar al hospital la describía al 200%, y más allá de que sólo era una novela, le asombraba cómo el autor había descrito su estado de una forma tan íntima y veraz. Ese era el único motivo por el cual quería conocer a Germán, quería comprobar si realmente era como ella se lo había imaginado; y también quería pedirle disculpas personalmente. Se dirigió una vez más, la última ya antes de salir hacia el restaurante, al tocador para echarse unas gotitas de su perfume, y al mirarse al espejo la mujer que vio hizo que se le viniera el mundo abajo una vez más. No vio más que una muñeca rota. Así se sentía. Un vestido caro, un maquillaje bonito y un peinado elegante,... en una cara partida, un corazón devastado y un cuerpo en ruinas.