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25/12/11

BUSCANDO UN SUEÑO:9º.- El accidente

Con esta entrada programada, os dejo un nuevo capítulo de Buscando un Sueño.
Y hoy estreno una portada nueva que ha sido un fantástico regalito y detallazo que Iris se ha marcado conmigo. Esta va a ser la cuarta portada de este fan fic, pues Bonnie llegó a hacerle tres cuando la publicamos en su rinconcito. Todas son realmente bonitas, pero ahora quiero lucir esta de Iris.
¡Gracias a las dos! Yo simplemente estoy incapacitada para esto de las imágenes por ordenador (lo mío es la fotografía pura, y los dibus, jejeje)

Por si no lo he dicho, ¡¡FELICES FIESTAS!!... y tenedme un poquito de paciencia con el Santa Claus danzante de la derecha. La musiquita se puede silenciar dándole al STOP. Y al Papa Nöel lo quitaré en unos días.







SEGUNDA PARTE


  Capítulo 9º: EL ACCIDENTE


>>CARLISLE

   Era una delicia sentir la brisa marina en la cara. Pero lo era aun más ver cómo acariciaba su brillante piel, jugueteaba con su cabello,  cómo esparcía a mi alrededor su perfume seductor, tan sutil en mitad del océano. Estar a más de quinientas millas del punto más civilizado en mitad del océano Atlántico, en compañía de mi esposa, y sin más preocupación que ver de qué lado sopla el viento para ver su cabello ondularse con él, es el paraíso. Esme y yo estábamos en su isla de vacaciones. Aquel día habíamos cogido el yate con idea de perdernos en la inmensidad del océano, sin rumbo fijo, y disfrutar de esa apabullante soledad, del sol, de la brisa marina, y de la pesca. Tan emocionante era, e incluso más, dar caza a un tiburón en alta mar como a un oso en un bosque. Mis hijos no lo veían así, pero cazar al depredador marino más peligroso de la tierra era uno de mis entretenimientos favoritos cuando estábamos en isla Esme. Pero claro, la carne será siempre carne y el pescado, pescado. Estábamos tomando el sol a popa cuando una explosión en el cielo llamó nuestra atención.
A pesar de que estábamos a varias millas la oímos y vimos desde nuestra posición.

- ¿Qué ha sido eso?
- Ha sido un avión, segundos antes he oído como si fallaran los motores.
- Yo también, ¿y ha explotado en el aire?
- Eso parece. Esme debo acercarme, tal vez haya supervivientes.
- Voy contigo.
- ¿Seguro? Habrá sangre en el agua.
- Podré soportarlo. Quiero ayudarte en lo que pueda.

   Saltamos al agua y nos dirigimos hacia los humeantes restos del avión siniestrado. El espectáculo era dantesco. No me hacía gracia que Esme viera todo esto, pero su ayuda era vital en caso de supervivientes. En un radio de aproximadamente dos millas estaba toda la superficie del agua llena de cascotes flotantes del avión. Restos de los asientos. Restos de tablas y cajones de madera. Restos de trozos de goma, aislantes y plásticos. De igual forma el fondo marino estaría también sembrado de los restos no flotantes. Por lo visto no era un vuelo comercial, eso reduciría el número de víctimas. Antes de ver los cuerpos flotando en el agua pudimos oler su sangre mezclada con el agua salada. Estaba preocupado por Esme, pero al observarla en varias ocasiones me di cuenta que su prioridad en ese momento no era el olor y la consecuente sed, sino el encontrar algún indicio de vida en esos destrozados cuerpos. Me sentí orgulloso de mi esposa. Era un vuelo militar, soldados estadounidenses. Mi corazón se consternó ante aquella veintena de jóvenes soldados que flotaban inertes a merced del mar. Su sangre no tardaría en atraer a algún Gran Blanco en busca de comida. Oí una débil respiración, sabía perfectamente que no era Esme. Me dirigí ansioso hacia el cuerpo del muchacho que flotaba boca arriba, ¡estaba vivo! Vivo, inconsciente, y con una fea herida en el pecho. Hubiera llamado a Esme para que me ayudara, pero esa enorme herida abierta, y brotando su sangre a chorro, la tentación para ella habría sido demasiado. No pude hacer nada por él, en cuestión de segundos la vida abandonó aquel cuerpo destrozado. Esme me había estado observando en la distancia. Nuestros ojos se cruzaron, no le hizo falta decirme nada, nos conocíamos tanto, tan compenetrados siempre que en ocasiones así sobraban las palabras. Los minutos pasaban, del mar salían a flote más cuerpos, otros se los engulliría para siempre. La impotencia por no poder hacer nada por todos estos chicos me golpeaba el pecho. ¿Qué podía hacer? Ni tan siquiera poner los cuerpos juntos para que los familiares pudieran recuperar los restos. No podíamos dejar evidencia alguna de nuestro paso por aquí. Lo único que podía hacer era sumergirme hasta el fondo e intentar localizar alguna de las cajas negras del aparato y ponerla al alcance de los humanos, por lo menos podrían averiguar el por qué de esta catástrofe. En esas cavilaciones estaba cuando de ellas me sacó Esme:

- ¡Carlisle! ¡Ven! ¡Aquí hay otro vivo!

   A unos quinientos metros de mí estaba Esme con el cuerpo de uno de los muchachos. Tenía medio cuerpo fuera del agua apoyado en un trozo de algo semejante al plástico. Algún tipo de aislante del avión que flotaba milagrosamente con el muchacho encima. Esme apenas si lo sujetaba, me extrañó esa actitud suya, tan solo lo sujetaba de un brazo, y le acariciaba el pelo, como si estuviera consolándolo. Al acercarme comprendí su comportamiento. El muchacho estaba vivo, sí, pero tenía el cuello roto, un fuerte golpe en la cabeza del que manaba su sangre, y unos cuantos cortes y golpes a lo largo de su cuerpo. Seguía viviendo por acción de su corazón, y un sobreesfuerzo de sus pulmones. En su estado no le quedaban más de unos minutos de vida. Tal vez en un hospital se podría haber alargado su vida por unos meses, pero con el cuello así nadie le salvaría de una muerte cerebral, habría quedado en estado vegetativo para el resto de su corta existencia. Sencillamente era un milagro que sus pulmones siguieran trabajosamente reclamando aire para respirar, y su corazón siguiera bombeando sangre.

- ¡Carlisle ayúdalo! Aún respira.
- Amor, no va a sobrevivir, tiene el cuello roto.
- ¿No puedes hacer nada?
- Lo siento. Mira en qué situación está. Es cuestión de minutos que su corazón deje de latir. No hay solución alguna para él, y menos en mitad del océano. Lo siento mucho Esme, no tendrías que haber venido aquí y ver esto.

   Ella lo miraba con un más que evidente amor maternal, conocía bien esa mirada, su mano acariciando su pelo castaño, sujetando su brazo. Yo ya estaba a su lado examinando al muchacho, no era gran cosa lo que podía hacer por él, estaba inconsciente y no quería causarle más daño. Ella alternaba su mirada materno-compasiva hacia el chico con la suplicante a mí. La voz se le quebraba al salir de su boca.

- Si no tendrá más de veinte años, apenas si está empezando a ser un hombre, no puedes dejarlo morir así, está luchando con todas sus fuerzas para sobrevivir.
- Esme de verdad, no puedo hacer nada por él. Mira su cuello, la base del cráneo está hundida, las vértebras estarán rotas, y el cráneo descolocado. Y mira el golpe en su cabeza.
- ¡Carlisle! Y, ¿no podrías…?
- ¿Qué?
- Su corazón aún late fuerte, ¡muérdelo! ¡Conviértelo!
- ¿Qué lo convierta?
- Que siga vivo es un milagro según me has contado de su estado, es un luchador nato, aferrándose a la vida así. Carlisle, otro hijo más que sé que no nos defraudará. Por favor.
  
   Desde la última incorporación neonata a la familia, en la década de los 30, no había mordido a nadie más. Y no tenía pensamientos de condenar a nadie más a esta vida sin vida. Pero ante el hecho de ser Esme la que tan desesperadamente me lo estaba pidiendo, no me lo replanteé, y el tiempo jugaba a su favor. Ella tenía sus motivos, y esos serían los míos también. Ladeé su cabeza procurando no hacer más daño en su cuello y lo mordí. Más de setenta años habían pasado desde la última vez que la sangre humana corrió por mi garganta. Era tentador dejarse llevar por las sensaciones que despertaba en mi cuerpo. Por muy fuertes que fueran mis convicciones, mi naturaleza tiraba de mí. Pero si en más de trescientos años no me había dejado llevar jamás por ella, no iba a ser ésta la primera vez. Abrí los ojos, deposité en su torrente sanguíneo toda la ponzoña que me fue posible, y retiré mis fauces de la herida.
   Su cuerpo empezó a reaccionar, tenía poco tiempo si quería recuperar alguna de las cajas negras. Se lo expliqué a Esme, ella me animó a que lo hiciera. La dejé al cuidado del que sería nuestro quinto hijo, la advertí de que no lo soltara, si caía al agua moriría ahogado, hasta que no terminara el proceso de transformación necesitaba oxígeno para vivir,  para quemarlo y completar la transformación.

   Me sumergí hacia el fondo en dirección al sureste, ese era el rumbo del avión. A una media milla lo vi posado en el fondo, al menos parte del aparato. Me acerqué y vi la parte delantera del avión, ¿dónde estaba lo que faltaba y la cola? Recordé la explosión en el aire. Analizando los datos que tenía llegué a la conclusión de que había explotado en pleno vuelo, llevando el mayor daño la parte trasera del avión. La parte delantera se había precipitado al agua, y ahora descansaba ante mis ojos. Al acercarme para entrar me di cuenta que estaba apoyado en equilibrio sobre una sima marina, a varios kilómetros de la superficie del mar. Sentía la presión, era una ligera molestia, pero nada más. Los humanos jamás podrían llegar hasta aquí en busca de los restos del avión. Entré y me dirigí a lo que quedaba de la cabina. Dentro había más cuerpos, los habría sacado y arrastrado a la superficie, pero notaba que las corrientes marinas movían el avión amenazando con arrojarlo a la sima, y no quería estar dentro cuando eso sucediera. Con la caja negra en mi poder retrocedí rastreando el fondo marino, todo estaba sembrado de cascotes metálicos, restos del avión. A mi derecha apareció un borrón gris, era una de las alas junto con restos del fuselaje del aparato. Cerca estaría la cola, y dada la inclinación del terreno calculé que estaría en algún plano más elevado. En dirección al oeste la encontré, al lado de un promontorio. Si subía los restos de la cola al promontorio y dejaba entre los hierros retorcidos la caja negra era más que probable que la encontraran. No fue nada fácil debido a la orografía del terreno y al volumen de los restos, pero lo logré, era cuestión de maña, no de fuerza. Deposité entre los restos la caja negra y subí a la superficie. Localicé enseguida a Esme y al nuevo miembro de mi familia, y me reuní con ellos.
   La mirada de preocupación de Esme fue reveladora, no necesitó decirme nada. El muchacho no estaba reaccionando a la ponzoña como era de esperar. Se movía convulsamente, pero nada más. Tomé su pulso, era normal en esas circunstancias. Su corazón latía frenéticamente debido a la ponzoña. Seguía en un estado de inconsciencia.

- ¿Está bien?
- Sí amor, no te preocupes.
- ¿Pero por qué no grita ni patalea ni lucha contra el fuego que lo está consumiendo por dentro?
- Realmente no lo sé. Tal vez las lesiones en su cuello no lo dejen reaccionar de forma natural. Pero de lo que sí estoy seguro es que el proceso de transformación sigue su curso con normalidad. No te preocupes, cuando la ponzoña sane su cuello estará bien.
- Lo veo tan quieto.
- Reaccionará, ya lo verás. Y cuando eso pase me gustaría estar en la isla. Debemos irnos de aquí, pronto vendrá alguien al rescate, no deben vernos. Vamos al yate y regresemos a la isla.

    Cargué al muchacho en mi pecho y nadando boca arriba nos fuimos de allí en dirección al yate. Lo pusimos sobre la cubierta y salimos de allí rumbo a isla Esme. Al llegar lo dejamos en una de las habitaciones, en la cama. Le quitamos los restos de su uniforme hecho jirones, y le pusimos un pantalón y una camisa míos. Vi su placa de identidad colgada al cuello, se la quité. Entre sus ropas Esme encontró una bolsita con una carta dentro. Leí la placa buscando su nombre, ponía E. A. Masen, las iniciales y el apellido, necesitaba su nombre de pila. Decidí entonces buscarlo en la carta. Abrí la bolsita, un embriagador olor a perfume femenino se esparció por la habitación, supuse que era una carta de su novia. Al llevarla en la bolsa no se había estropeado, estaba intacta. Abrí el sobre y saqué la carta, también había una foto, pero no quise sacarla. Desplegué la carta y tal cual me imaginaba, con leer el saludo de la misma ya había obtenido la información que quería: “Querido Edward”, se llamaba Edward. Volví a dejar la carta tal cual estaba metida en su bolsa y la guardé junto con la placa en uno de los cajones de mi escritorio. Si alguna vez Edward en el futuro quisiera averiguar quién era, tendría que darle esta carta y su placa de identidad del ejército. Hasta ese momento permanecerían aquí a buen recaudo.

   La noche se nos hizo muy larga, no hubo cambios en él.
A primera hora de la mañana me sonó el móvil, imaginaba quién podía ser, estaba tardando demasiado en llamar:

- ¡Hola Alice! ¿Qué hay de nuevo?
- ¡Hola Carlisle! Eso me lo tendrás que contar tú a mí, las novedades que hay en la familia.
- Vamos hija, a otro perro con ese hueso.
- No te preocupes, todo va a salir bien, tranquiliza a Esme, lo está pasando mal por,… ¿Cómo se llama?
- ¿No lo sabes aún? Me decepcionas, estás perdiendo facultades.
- ¡Qué gracioso! Pues no lo sé, pero sé que me lo vas a decir ahora mismo.
- Se llama Edward.
- Edward,… ¡mmmmmm! Me gusta el nombre de mi nuevo hermanito.
- ¿Entonces dices que todo va a ir  bien?
- Así lo he visto. Y creo que en su futuro inmediato se va a adaptar a las maravillas a nuestra filosofía de vida. Pero hay algo que no termina de encajar a la hora de ver su futuro con nitidez.
- ¿Y qué es?
- No lo sé.
- ¿Nos traerá problemas?
- No lo sé Carlisle.
- Vale, no pasa nada Alice. Ya nos ocuparemos de eso cuando sepamos lo que es. ¿Tus hermanos saben algo?
- Aún no se lo he comentado a nadie, ¿Se lo digo?
- Haz lo que creas conveniente. En cuanto Edward tenga un poco de control de sí mismo volveremos a casa. Estoy pensando en cambiar de aires por una temporada.
- Vale. ¿Necesitas ayuda? Si quieres Jasper y yo podemos ir.
- Gracias pero no creo que haga falta.
- ¿Seguro? Ya sabes que la especialidad de Jasper son los neófitos.
- Lo tengo en cuenta, pero ten en cuenta tú que yo he tratado a tres, y a la vista están los resultados.
- OK. Entonces si no veo cambios, pasado mañana llamaré para ver cómo sigue mi nuevo hermano.
- De acuerdo Alice. Hasta entonces.

A media mañana noté que la posición de su cabeza había cambiado, en vez de verse descolocada, como si colgara, tenía una postura más normal. A partir de ahí su comportamiento fue más normal dentro de la situación. La normalidad era un ser consumiéndose por un fuego interior, gritando de dolor, pidiendo desesperadamente una muerte rápida, sin importar cómo, porque uno no se llega a imaginar una muerte dolorosa con ese fuego quemándote todos los rincones de tu cuerpo. Pasó el día así. Esme, a pesar del sufrimiento del muchacho estaba ya más tranquila, por lo menos veía una reacción normal a la ponzoña. La reacción que tuvieron Rosalie y Emmet cuando les tocó pasarlo. Pasó estos días pegada a la cama, intentado consolarlo, animarlo, ayudarlo; tratándolo como si su propia madre fuera, el instinto maternal de mi esposa estaba fuera de toda duda, sufriendo cada grito de dolor como si fuese propio. Antes del amanecer del tercer día Alice nos volvió a llamar para avisarnos que en pocas horas el cambio habría concluido. Estábamos preparados para afrontar esa situación. La sed cegadora de su garganta, la primación de sus instintos salvajes por encima de  cualquier razonamiento o sentimiento, su brutal fuerza. Sabíamos a lo que nos enfrentábamos, era difícil, pero no imposible, cuestión de paciencia.
   Despuntando el alba cayó en un estado de inconsciencia en el que permaneció varias horas. Eso me preocupó, era la primera vez que lo veía en una transformación. Supuse que sería causa del sufrimiento y del agotamiento. Tal vez tendría algo que ver el estado en que se encontraba cuando lo mordí, el cuello roto, y traumatismo craneoencefálico. No dije nada para no preocupar a Esme. De todas formas si algo fuera mal Alice ya me lo habría dicho. Su corazón aceleró aún más su frenético ritmo. Estábamos los dos a su lado llamándolo por su nombre, intentando que reaccionara. Sin previo aviso abrió los ojos y volvió de su inconsciencia, como el que despierta de un sueño. Intentamos tranquilizarlo, estaba realmente agitado, fuera de sí. Y en el último latido de su corazón, el más fuerte, todo su sufrimiento terminó.

- Tranquilo Edward, ya está. Ya se ha pasado el dolor. Ya está.
- ¿Pero qué…? ¿Quiénes sois? ¿Dónde estoy?
- Ella es Esme, mi esposa. Yo soy Carlisle. Estás a salvo Edward, a salvo.
- ¿Esme? ¿Carlisle?... ¿Dónde está  ella?

2 comentarios:

Bonnie dijo...

Antes que nada debo decirte...¡¡¡FELIZ NAVIDAD!!!, jejejeje.
Espero que todo este bien, ojala y esa conexión decente llegue pronto a tus manos para que por fin nos podamos poner al día.
La portada es... INCREÍBLE; me encanta LuZ; dale un besazo a IRIS de mi parte por esa gran obra.
Y el capi....jo mi niña, otra vez, a pesar de haberlo leido con esta ya la cuarta vez, aun se me caen las lágrimas entre frase y frase, ese despertar de Edward, preguntando solo por ella, desorientado, sin saber lo que pasó, sin saber en que se ha convertido es...
EXCEPCIONAL , como todo lo que tu haces.

Un besazo corazón, desde qui ya te deseo feliz salida y entrada de año y te doy un consejo?...NO TE ATRAGANTES CON LAS UVAS, jejejeje, a mi siempre me pasa.

UN BESAZO ENORME MI LUZ.



Bonnie

Iris Martinaya dijo...

Este capítulo no lo había leído, después de la caída de Bella, ya sabes que me dio cosita y... Pero me ha gustado mucho saber como fue para Edward, y también para Esme y Carlile, jeje, verás que me vienen los vulturis, jeje.

Gracias a Bonnie, no es nada del otro mundo, pero si hecha con todo mi cariño. Otro beso para ti.


Besos