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12/3/12

BUSCANDO UN SUEÑO:29º.- Tiempo



Capítulo 29º: TIEMPO



EDWARD


Si eso era lo que ella quería, sería lo que tendría. No hay criatura más paciente sobre la faz de la tierra que un vampiro; pues a fin de cuentas lo que más nos sobra es precisamente eso: tiempo.
Y el tiempo se fue pasando lentamente, una hora detrás de otra. Y nada. Ella no dio señales de vida. Me limité a dejar pasar ese tiempo, convirtiéndome en la piedra dura y fría que podía llegar a ser, ajeno al resto del mundo, indolente, imperturbable. Aunque realmente no era así. La roca inquebrantable tan solo era por fuera. Por dentro me moría a cada minuto, a cada segundo que pasaba lejos de ella, sin saber ni cómo estaba. Dejé que ese tiempo pasara, impasible en mi habitación, tal vez pendiente de Alice, por si tenía alguna visión de ella.
Un solo día había pasado, veinticuatro largas y angustiosas horas, que para mí parecieron veinticuatro siglos. Y como no podía aguantar por más tiempo su ausencia y su silencio, empecé a llamarla al móvil, y siempre lo tenía apagado. Dos días después, con las fiestas de navidades encima, decidí buscar a Angela y preguntarle por ella. No sabía qué le habría dicho exactamente, pero desde luego no perdía nada por acercarme a ella en la universidad y preguntarle por Bella. Era el último día de clases antes de las vacaciones, Angela y Ben terminaban de almorzar en la cafetería de la biblioteca. Mia no estaba por allí. Desde aquel día me había declarado la guerra, y por mucho que intentara razonar con ella no lograría ni tan siquiera que me escuchara. Pero con Angela y Ben sabía que tenía una vaga oportunidad de hablar civilizadamente con ellos e intentar averiguar algo de Bella.


-¡Hola! ¿Qué tal?, ¿puedo hablar un momento con vosotros? - se giraron, mirándome escépticos, recelosos conmigo.
-Claro, siéntate y hablemos - fue Ben el primero en reaccionar, y mientras a su memoria venían los recuerdos de las duras palabras que Mia les había dicho sobre mí, me invitó a sentarme con ellos. Ben no la creía, la conocía y sabía que era muy propensa a la exageración. Y él quería darme la oportunidad de explicarme. Angela pensaba de igual modo.
-Gracias. - Se las di de corazón, ansioso por saber de Bella. - Sé que Bella se fue de la ciudad, y no me vais a decir dónde está, pero por lo menos decidme cómo está.
-Está bien, no te preocupes. - Ben sonó bastante seguro  de sí mismo.
-La dejaste hecha un lío Edward. - Angela fue al grano. - Mia nos dijo que le habías hecho mucho daño, pero yo no pude creerla. Os he visto muchas veces juntos desde que apareciste en su vida de nuevo, y no te creo capaz de ello.
-Jamás podría hacerle daño conscientemente - me sinceré con ella, creía en mí, y eso me daba una oportunidad de poder saber dónde estaba - Todo lo que pasó ese día se escapó de mi control, y no pensé que ella iba a sufrir tanto.
-Lo sé, antes de irse hablamos y me lo contó todo. - En su mente se formaban los recuerdos de una charla que mantuvieron a escondidas de Mia antes de hacer las maletas. Bella le había contado todo lo que pasó aquel día; pero con gran maestría le había omitido mi confesión sobre mi nueva naturaleza. En los recuerdos de Angela sobre aquella conversación no aparecían por ningún lado palabras como vampiros o lobos. Con gran alivio vi cómo Angela, al final de todas las preguntas, respuestas y meditaciones en voz alta, le preguntaba si me quería, y Bella sin dudar le contestaba que sí.
-Entonces, vosotros no me vais a juzgar como Mia. - Necesitaba ese voto de confianza.
-Mia tiende a exagerarlo todo. Y no sé lo que le habrás hecho a su novio, pero desde luego que ninguno de los dos te puede ver. - Ben recordaba las duras palabras de Mia y Jacob sobre mí.
-No me importa lo que ellos piensen de mí, solo me importa Bella. Decís que está bien, eso es lo único que me importa.
-Pues creíamos que pasabas de ella. - Angela me sorprendió con esa afirmación. La miré pidiendo una explicación. - Has tardado dos días en venir a buscarla.
-Ella me pidió que me alejara, que le diera tiempo, y eso he hecho. Pero ya no puedo más, - los miré con desesperación en los ojos, reflejando una muda súplica. - La he estado llamando al móvil, pero lo tiene siempre apagado.
-Mia le dio un móvil nuevo, y la hizo deshacerse del viejo para que no pudieras localizarla. Normalmente no suele ser así, pero su novio se ha tomado muchas molestias para mantener a Bella lo más alejada de ti.
-Jacob.
-Sí. ¿Qué le has hecho a ese tipo? Parece odiarte. - Ben preguntaba con  curiosidad, no le gustaba demasiado Jacob.
-Personalmente no le he hecho nada. Son más bien,... rencillas familiares del pasado.
-Ya. De todas formas, ese Jacob no me cae bien.
-A mí tampoco. - No me fue nada difícil confesarles eso.
-Bueno, lo que importa ahora es que al fin has aparecido preguntando por ella. - Angela captó toda mi atención, mientras rebuscaba en una de sus carpetas. En su mente se había dibujado la imagen de un sobre blanco con mi nombre en uno de sus laterales. - Bella, antes de irse, me dio este sobre - de entre sus papeles sacó el sobre blanco de sus recuerdos con mi nombre escrito con la letra de Bella - es una nota que te escribió. Me pidió que te la diera en cuanto te viera, así que aquí la tienes. - Lo tendió y me faltó tiempo para cogerlo. Las ganas de abrirlo a tirones y leerlo allí mismo me mataban, pero preferí hacerlo en la intimidad. Ellos esperaban esa reacción por mi parte.
-Gracias. No olvidaré vuestro apoyo y comprensión. Y ahora, si me disculpáis, voy a buscar un lugar tranquilo para poder leerla. - Me levanté con el sobre fuertemente cogido, y con la ilusión de leer sus palabras, me fui directo al coche. Allí la podría leer tranquilamente.

Al alejarme pude ver en sus mentes que estaban contentos de que al fin hubiera aparecido. Angela tenía una vaga idea de lo que ponía en la nota, y eso me dio renovadas esperanzas. Y también pude apreciar que el hecho de que hubiese respetado la voluntad de Bella y hubiese permanecido alejado de ellos, decía mucho a mi favor. Ella creía en mí, en nosotros como pareja. Conocía muy bien lo que es estar enamorado incondicionalmente de una persona, y darlo todo por ella. Y si surgen problemas saber salvarlos juntos, y seguir adelante. Ella tenía a Ben a su lado, y sabía perfectamente lo que era el amor. Y sabía que yo así lo haría por Bella, tal como Bella lo haría por mí. Andando todo lo que mis fingidas posibilidades humanas me permitían hacia el coche, pensé en un futuro no muy lejano donde Bella y yo pudiéramos ser una pareja normal como ellos. Al apretar el sobre con sus palabras escritas para mí, supe que estábamos más cerca de ese futuro, y esa sensación me llenó de esperanzas e ilusiones. Y todo se resumía en ese sobre, en esas palabras que en unos minutos leería. En un suspiro me metí en el volvo y sin poder ocultar por más tiempo la ansiedad, abrí el sobre y saqué de su interior un folio doblado escrito por una cara. Me recordó la carta que meses antes había descubierto en Isla Esme y que tan cruelmente Tanya me había arrebatado y destruido. Pero esta vez no iba a ser así.
Su inconfundible caligrafía me dio la bienvenida alegrándome el corazón, y con afán leí sus letras.


Querido Edward:
Son muchas las sensaciones opuestas que tengo ahora mismo en el pecho, pero sabrás que la más importante es sobre lo que me has dicho que eres ahora. No sé realmente qué significa todo eso, y en qué puede afectar a nuestra relación. Quiero ser sincera contigo, y por eso he de confesarte que tengo miedo. No de ti, el Edward que conozco que sé que está ahí, al cual tanto he llorado cuando lo perdí por la sencilla razón de que lo amo. Pero sí temo a esa nueva parte de ti, y más habiéndome confesado que eres lo que eres.
Hace dos años tuve que salir huyendo de Chicago por tu ausencia. Y hoy lo hago de Seattle por tu presencia. Necesito tiempo y espacio para pensar en todo esto, es lo único que te pido. A pesar de que Mia me ha prohibido que te diga dónde estoy, no tengo motivos para esconderme de ti, ¿verdad? Vamos a estar en Denver con mi padre, y allí pasaremos las navidades. Te pido que respetes mi decisión, y si realmente me quieres, sabrás esperarme.
Tan solo me queda desearte que pases una feliz navidad con tu nueva familia.
En enero volveré para retomar los estudios, y ya hablaremos con las ideas más claras.
Te quiero, no lo olvides.

Bella.


Releí esa carta, pues era más una carta que una nota, varias veces; y una fuerte tristeza se hizo dueño de mí. Me confirmaba que me tenía miedo. Si hubiese podido llorar en esos momentos había llorado desconsoladamente hasta secar mi cuerpo de lágrimas. Pero la ausencia de esas lágrimas no me libraba del dolor. Dolor al saberme el artífice, una vez más, de su huida, de su dolor, y también de su miedo. Maldije mil veces mi inmortalidad, pues esa era la principal causa de su miedo, el hecho de ser un vampiro. Tendría que haber muerto en aquel accidente, y haber dejado el pasado enterrado. Ella a estas alturas ya lo había superado. Buscó salidas a su dolor lejos de mi ausencia, y las había encontrado. Estaba poco a poco rehaciendo su vida cuando yo con mi maldita condición de no muerto tuve que irrumpir otra vez en su vida, reflotar todos sus recuerdos, y hacerla sentir nuevamente por mí. Tendría que haberme mantenido alejado de ella y dejarla rehacer su vida tal como estaba intentando hacer cuando la vi por primera vez en el aeropuerto de Denver. Si la hubiese dejado en paz, si no me hubiese empeñado en saber quién era y saber de mis sentimientos por ella; ahora no hubiese tenido que huir otra vez, y no me tendría miedo. Maldije mil veces más mi naturaleza, y a mí mismo por lo que era, un vampiro. Un cruel monstruo sin alma y por tanto sin remordimientos de conciencia, que para alimentarse mataría personas impunemente para tomar su sangre. Cierto era que el ser un Cullen era una garantía de que no me alimentaba de sangre humana, pero la amenaza era real. Ese era el motivo por el cual Bella me tenía miedo. Esa era la amarga verdad.

Con la sensación de que me faltaba el aire salí del volvo, cerrando la puerta tan fuerte que se incrustó en la carrocería. Justo lo que me faltaba. Había caído la noche sin darme cuenta, ¿cuánto tiempo había estado allí metido lamentándome por todo lo que la había hecho sufrir? El aparcamiento estaba vacío, tan solo había varios coches aparcados en las inmediaciones de las diferentes facultades que lo rodeaban. El cielo estaba encapotado por una densa capa de oscuras nubes, sin dar opción alguna de ver las estrellas. Sin tener que preocuparme por que me viera nadie, salí corriendo de allí buscando el cobijo y la soledad del bosque que se extendía varios cientos de metros más allá de la universidad. El bosque era mi elemento, y correr mi bálsamo.

Mientras bordeaba el lago, buscando un lugar donde poder parar a pensar tranquilamente, mi mente no paraba de darle vueltas a todo, cada vez más consciente de lo que era, del miedo que hacía sentir a Bella, y del peligro que podía correr a mi lado. No tenía mas que retroceder días atrás en el tiempo y recordar el incidente con Tanya. Recordé también la noche que sin querer le dañé la mano. Estando a mi lado tarde o temprano, al más mínimo descuido mío podría dañarla sin querer. ¿Era eso lo que realmente quería para ella? Llegué al extremo norte del lago, y en una playa de guijarros donde el agua del lago estaba bastante tranquila, me asomé a contemplar el reflejo de mí mismo sobre la superficie. Lo que vi no era a aquel muchacho ilusionado por su novia y por la vida en general de los recuerdos de Maggy, que era a fin de cuentas lo único que recordaba de mi pasado. Vi más bien una figura aparentemente humana, pero su apariencia, su piel demasiado pálida, sus ojos y gestos a veces tan impersonales, me dieron a entender lo que realmente era: un monstruo. Y el quedarme quieto, estático sin mover ni un solo músculo durante más de dos horas me lo vino a confirmar.
No, Bella no se merecía esto.

La decisión ya estaba tomada. La dejaría, brindándole así la oportunidad de rehacer su vida, y pasarla al lado de alguien que no pudiera lastimarla como yo. Cerré los ojos y mi muerto corazón se encogió aún más, volviéndose si cabe más duro, más muerto. Pero era lo que debía hacer, por su bien.
Desanduve mis pasos y regresé a la universidad en busca de mi coche. Debería haber desaparecido totalmente cuando ella regresara después de las fiestas de navidad. Dejaría pasar el tiempo, ese que ella me pedía en su carta, y en unas décadas todo estaría solucionado. Aún faltaban unas cuantas horas para que amaneciera cuando llegué al aparcamiento. Caía una fina lluvia que arreció por momentos. Al acercarme se colaron en mi mente los pensamientos de Alice y Jasper. Estaban esperándome, empapados al igual que yo, el agua chorreaba por sus ropas y sus cabellos, pero sus rostros permanecían impasibles, como si tal torrente de agua no les estuviera cayendo encima. La imagen que tenía de ellos era igual a la mía que antes me devolvió el lago: el de dos maniquíes con la ropa mojada, pero en absoluto humanos, la misma que la mía. Alice ya sabía las consecuencias de la decisión que acababa de tomar. Mientras me acercaba a paso humano y sin prisa ninguna, ella me ofreció dos visiones. En una de ellas se veía a Bella en el transcurrir de los años, sola, sin llegar a ser capaz de rehacer su vida con alguien porque mis recuerdos no la abandonaban. En la otra visión era yo el protagonista, que atormentado también por su recuerdo, enloquecía convirtiéndome en un monstruo desalmado, un sanguinario asesino. Unos vampiros con mucho poder ponían fin a mi existencia de una forma horripilante. Ambas visiones me sobrecogieron al ir acercándome a Alice.

-Ya he tomado esa decisión. No podéis hacerme cambiar de opinión.
-Edward, - fue Jasper el que me habló, impregnando las palabras con la misma calma con la que quería impregnarme a mí para hacerme recapacitar, - ¿por qué te empeñas en equivocarte una y otra vez con Bella?
-¡Es por su propio bien! - Le grité, desairado.
-Si no es a tu lado, ella no va a ser feliz - puntualizó Alice, buscando mis ojos. No los encontró, no quería que ninguno de los dos me miraran a los ojos y vieran ya el terrible dolor que me causaba mi decisión.
-Estamos hablando en un plazo demasiado largo como para que tú puedas ver algo a ciencia cierta. Ella logrará rehacer su vida tarde o temprano, solo es necesario que la deje intentarlo.
-¿Y por qué no le preguntas a ella lo que quiere?
-No hace falta preguntarle. Me tiene miedo. Eso es suficiente para que me aleje de ella.
-Ese miedo es pasajero. - Jasper volvió a hablar, conocía sobradamente los sentimientos y sensaciones que ella pudiera tener. - De sobra sabes que es el típico miedo irracional a lo desconocido, una mera reacción humana; pero ella lo está superando porque te quiere. ¿no le vas a dar esa oportunidad?
-No. - les contesté a ambos de forma tajante. La conversación estaba llegando a su fin. - Es su vida la que se expone al peligro que soy yo. No exponiéndola, no hay peligro. No voy a cambiar de idea. Y ahora, por favor, dejadme en paz. Tengo cosas que hacer.

Rodeé el coche y entré en él por la puerta del acompañante, pues si intentaba abrir la mía, me quedaría con ella en la mano. Alice me gritaba desde su cabeza que eso era una locura, un suicidio tanto para ella como para mí. Pero no le hice caso alguno. Arranqué el motor  y salí volando de allí. Tenía intenciones de pasar la navidad en Denver, verla por última vez aunque fuera en la distancia, y desde allí desaparecer para siempre de su vida.

Conseguir un billete de avión para Denver en plena vísperas de navidad no fue nada fácil, pero hay pocas cosas que el dinero no pueda conseguir en este mundo. Logré embarcar en un vuelo en primera clase que salía a primera hora del día 25 y en unas horas estaría a pocos metros de ella.
Dar con la casa de su padre me resultó más fácil de lo que imaginé, tan fácil como buscar en la guía telefónica las direcciones de todos los Swan de la ciudad, y acercarme a la espera de captar su efluvio. En uno de los barrios tranquilos, cerca de Cheesman Park lo capté. La alegría duró poco, pues casi al instante percibí un desagradable olor, demasiado familiar e impertinente, el olor del chucho. Mia y Jacob estaban con ella, y eso solo significaba una cosa para mí: problemas.
A unos quinientos metros de la casa había un parque con unos árboles lo suficientemente altos y frondosos para ocultarme y poder observar sin ser visto, y con un poco de suerte mi olor pasaría desapercibido para el chucho. Allí me oculté todo el día de navidad, sin lograr verla tan solo. Pero sabía que estaba allí, los pensamientos de Mia, Jacob, y el padre de Bella, me llegaban nítidamente. Celebraban la navidad llenos de alegría, el padre de Bella estaba lleno de dicha con tan inesperada visita; pues significaba para él que en vez de pasar las fiestas solo, las pasaría en compañía de su hija, y sus dos buenos amigos. Hubiera dado mil años de mi inmortalidad por saber de los pensamientos de Bella. Pero éstos estaban vedados para mí. Tuve que conformarme con verla a través de los pensamientos de los otros. Se la veía feliz, pero con cierto deje melancólico en su mirada. En un determinado momento de la noche, su padre se acercó, evitando las miradas indiscretas del resto de acompañantes, y le preguntó qué le pasaba. Él también había notado esa melancolía en su hija. La sencilla respuesta que le dio, casi hizo que perdiera el equilibrio: “No es nada papá, simplemente echo de menos a cierta persona. Este viaje lo hemos hecho tan precipitadamente que no tuve tiempo de despedirme de él como es debido”. Su padre, parco en palabras, intentó animarla con un “Bueno, en unos días volverás a verlo, si es digno de ti, te estará esperando”. Enseguida irrumpió Jacob con unas cervezas para ellos, el muy maldito había escuchado de sobra la conversación y no estaba dispuesto a permitir que siguieran hablando de mí.
La rabia que sentía con el pulgoso no logró eclipsar los sentimientos que invadían mi corazón al oírla decir que me echaba de menos. Pero más fuerte aun fue el dolor, sabiendo la decisión que días antes había tomado. Y era una decisión firme. Ese dolor no me dejó ya concentrarme, y decidí alejarme de allí, adentrándome en Cheesman Park. Buscaría algo de cena, y al día siguiente intentaría verla por última vez, en la distancia, para despedirme de ella. Mientras rastreaba la zona buscando aunque solo fuera un simple roedor al que hincarle el diente, un olor bien distinto al del chucho, pero demasiado familiar se cruzó en mi camino. Paré en seco, quedando estático mientras aquellos rastros, pues eran dos, entraban por mis fosas nasales, intentando averiguar si los conocía. Pero el rastro era totalmente desconocido para mí. Eran dos de mi especie, y no hacía más que unas horas que habían pasado por aquí. Me tensé al pensar en lo que esos dos podrían hacerle a Bella si se llegara a cruzar en su camino. Pero no tenía nada que temer. A fin de cuentas ella estaba en su casa, lejos de aquí, y con un licántropo como guardaespaldas. Nada podía pasarle. El rastro se dirigía al sur, y la casa de Bella quedaba al noroeste. Dejé de rastrearlos cuando los primeros albores del día empezaron a despuntar, y decidí volver al árbol en donde horas antes vigilaba la casa.
Al volver pude apreciar que ya estaban despiertos. El padre de Bella no estaba, y ellos tres estaban desayunando. Tenían planes para ese día, e iban a empezar haciendo un poco de ejercicio. Solo Bella sabía dónde iban a ir, y guardaba el secreto celosamente para darles a Mia y a Jacob una sorpresa por la belleza del lugar escogido. Mi corazón dio un vuelco cuando al salir a la calle, ella les dijo alegremente que iban a correr un rato por Cheesman Park.

1 comentario:

aras dijo...

hay esos dos mira que botarle el celular si seran ,bueno edwuard se ba arrrepentir de dejarla pero estan terco,muero por el sig. capitulo besos