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25/3/12

BUSCANDO UN SUEÑO:32º.- Perdiéndolo, ¿otra vez?

(Esta entrada de hoy va con especial cariño para el pueblo chileno)








Capítulo 32º: Perdiéndolo, ¿otra vez?



BELLA

Noté que algo iba mal al ver su reacción al separarse de mí tan bruscamente. Le echó la culpa a mi sangre, y en cierto modo lo entendía. Era un vampiro y se alimentaba de ella, y verla en mi ropa debería ser una provocación para él. Pero él nunca tomaría la mía, eso lo tenía claro. Lo que me dio realmente mala espina fue al girarse. La expresión de su rostro había cambiado como del día la noche. Sus ojos, ahora oscurecidos por una sombra dura, casi inhumana, me estudiaban en la distancia.

- Bella –me llamó. Con sus ojos ya me lo había dicho todo. Pero quiso hacer la herida más grande, y también me lo dijo con sus palabras, con una voz que no era la suya–, no podemos seguir con esto, es una auténtica locura. Yo soy un vampiro y tú una simple mortal –me quedé clavada al suelo, como si fuera un árbol de gruesas raíces. Y mientras mi corazón se iba rompiendo, otra vez con cada una de las palabras que iba escupiéndome a la cara, su boca seguía lanzándome esas flechas mortales–. Ahora pertenecemos a mundos distintos. No quiero seguir contigo. Es lo mejor. He de irme. Adiós.


Giró sobre sí mismo, y sin ni siquiera mirar atrás, desapareció como un rayo de mi vista. Mi cuerpo cayó al suelo de rodillas, mientras de mi garganta salían desgarradores gritos llamándolo desesperadamente. Mis ojos, anegados de lágrimas amargas de dolor que caían sin fin por mis mejillas, se nublaron. ¿Cómo iba a sobrevivir a perderlo otra vez? ¿Acaso un corazón puede sufrir la misma pérdida dos veces? No sé exactamente qué pasó, tan solo sentí que alguien a mi lado intentaba consolarme por todos los medios. Pero mi dolor ya no tenía consuelo alguno. No, si no era él el que me lo diera. Sentí cómo me recogían en peso del suelo, como si fuera una muñeca de plástico rota, y un cuerpo que desprendía un calor demasiado agradable, demasiado acogedor, envolvía el mío. Me dejé llevar por esas sensaciones de calor, y harta ya de tanto sufrimiento, de tanto dolor, llanto y desesperación, acunada en esos brazos caí en un intranquilo sopor.


La oscuridad me envolvía, no podía ver nada a mí alrededor. El aire soplaba fuerte, despeinando mis cabellos, tirándomelos a la cara con rabia. Estaba tal como mi madre me había traído al mundo, en mitad de la nada. Una nada de agua caliente, casi abrasadora que me llegaba hasta la cintura. El contraste entre las temperaturas del agua, caliente de cintura para abajo; y del aire, frío de cintura para arriba; me ponía la piel de gallina. Instintivamente tapé con mis brazos mis pechos, sintiendo cerca de mí una tenebrosa presencia, que en un principio me puso nerviosa. Se me iba acercando lentamente, hasta que un gélido aliento rozó mi cuello. En el acto reconocí su aroma, siempre tan masculino y diferenciado, y me relajé por momentos. Su aliento se fue materializando con la forma de su cuerpo lentamente, pegándolo con urgencia, posesivamente al mío por detrás. Su frío me envolvió. Un frío que me hizo estremecer como nunca antes, que lejos de ser desagradable, me reconfortó. Me sentía como en casa mientras sus brazos me iban envolviendo, apartando suavemente los míos de mi torso, y dejando mis pechos expuestos a sus grandes y diestras manos. Su boca se instaló en mi cuello, debajo de mi oreja, dejando un dulce camino de besos mientras con sus labios se dirigía a mi garganta. En mi baja espalda se clavaba ya su incipiente excitación. Y dejando los besos a un lado, me hizo una pregunta, extasiándome con su aliento.
- ¿Me tienes miedo?
- No –le respondí sin ninguna duda. En sus brazos sabía que nada malo podía pasarme.
- ¿Estás segura? –volvía a preguntarme, aferrando vehementemente mis pechos con sus manos, pegando más mi cuerpo al suyo, acercando sus labios a mi garganta, ahora lamiendo mi piel con su fría y aterciopelada lengua.
- ¡Sí! –le grité, aferrando sus manos con las mías, en un inútil intento de evitar que se alejara de mí–. Edward, por favor, no me dejes –le rogaba, notando como su cuerpo se iba despegando del mío, desvaneciéndose– ¡Edward por favor no! ¡Edward! ¡EDWARD!


Abrí los ojos de golpe,  y me encontré tumbada en mi cama. Mia estaba a mi lado, tratando de serenarme tras lo que ella suponía que era una pesadilla. Pero no lo era. Era la realidad. Yo lo quería a mi lado, sin ningún tipo de barreras, y él por el contrario se había alejado de mí definitivamente. No podía permitírselo. No podía perderlo otra vez, mi corazón no sería capaz de resistir todo ese dolor otra vez. Mia intentaba reconfortarme, consolándome de que él había tomado la mejor decisión para mí. Eso era. Él, sencillamente me había dejado para no exponerme al peligro que creía ser para mí. No era porque ya no me quisiera. Ni porque no estuviera bien conmigo. Y mientras Mia me repetía una y otra vez que tenía que sobreponerme de esto, y que él se había comportado como un vampiro responsable alejándose de mí, que lo hacía por mi propio bien; yo ya estaba pensando en volver a Seattle, buscarlo y recuperarlo.
Eso era lo que tenía que hacer. No lo iba a volver a perder tan fácilmente. No lo iba a consentir, aunque tuviera que buscarlo debajo de las piedras, volvería a su lado. Pues él, fuera lo que fuera, era ya lo único que le daba sentido a mi vida. Salté de la cama, y bajo la atenta mirada de una estupefacta Mia, empecé a meter mi poca ropa en la maleta. Volvía por la vía urgente a Seattle. Esa misma noche, y despidiéndome precipitadamente de mi padre, volábamos los tres hacia casa. Yo iba con la determinación de desplazarme hasta su casa en Forks, y dar con él a cualquier coste. Mia y Jacob iban a mi lado en el avión, enfadados conmigo.


- Bella estás cometiendo un grave error que te puede costar la vida.
- Mia no me des la brasa tú también. Ellos –señalé a Jacob con la vista–, se han pasado los últimos meses diciéndome lo mismo. Edward jamás dejaría que me pasase algo malo.
- No lo entiendes, ¿verdad? –Jacob intervino al fin en la conversación– No son humanos como nosotros. Son vampiros, ¿aún no te has enterado? VAM-PI-ROS, los seres más despreciables de la faz de la Tierra. Te engatusan con sus palabras y sus cuerpos danone, y en cuanto pueden te muerden para beberse tu sangre– Me hizo enfadar con ese comentario.
- ¡Edward no es así! ¡Ni su familia tampoco! Ellos me salvaron de aquella rubia que quiso matarme.
- ¿Eso te dijeron?... Pandilla de mentirosos –masculló entre dientes, notablemente airado.
- Eso fue lo que yo vi aquel día. Fue Alice quien la detuvo en el último momento, parando el golpe e interponiéndose entre ella y yo.
- ¿Y no te dijeron quienes la habían matado?
- Tan solo me dijeron que le habían dado su merecido.
- Y tan merecido –sonrió presumiendo, imagino que recordando aquellos momentos–. Todos los vampiros deberían tener el mismo final, más pronto que tarde.
- Edward no –puntualicé–. ¿Y así le agradeces que ayer te salvara la vida? – solo obtuve por respuesta su silencio, con el cómplice del de Mia.
- Bella, debes entender que, aunque sea un Cullen, no es seguro para ningún humano estar en compañía de un vampiro –sentenció después de un incómodo silencio por su parte.
- ¡Ni que fueras mi padre para decirme lo que tengo o no que hacer!
- ¿Lo llamamos y le preguntamos a ver qué le parece? –sacó rápidamente el móvil de su bolsillo, totalmente serio.
- Es mi vida y voy con quien quiero –le atajé, dejándole bien claro que no iba a ceder ni un ápice.
- Está bien –Mia intervino, queriendo evitar el tono que iba adquiriendo la conversación, cada vez más fuerte– ¿Por dónde vas a empezar a buscarlo? –la miré recelosa, y enseguida entendió mi mirada–. Quiero ayudarte, aunque no me creas.
- Quiero ir esta misma mañana a su casa.
- ¿En Forks? –preguntó Jacob, ya calmado.
- Sí.
- Muy bien. Ahora mismo llamaré a Angela para que nos acerque al aeropuerto en mi coche, e iremos los tres hasta Forks.
- Pero a partir de ahí has de continuar tú sola –fue él quien hablaba. Nosotras nos quedamos mirándolo con la interrogación reflejada en nuestros ojos–. Yo no puedo poner los pies en su territorio, y desde luego que a ti –dijo refiriéndose a Mia–, no te voy a dejar que lo hagas sin mí. A ti también te lo prohibiría –dijo señalándome–, pero sé que no me vas a hacer caso.
- Puedes apostar por ello Jacob, y sé que lo haces por mi propio bien. Lo siento.


Al llegar a Seattle, a primera hora de la mañana, nos estaban esperando Angela y Ben. Habían traído el coche de Mia tal como ella les había pedido, con el que nos desplazaríamos los tres directamente a Forks. Apenas si tuve tiempo de saludarlos, y enseguida pusimos rumbo a Forks. Hicimos el camino en silencio. Jacob conducía con Mia a su lado, y yo en el asiento trasero. Antes de llegar al pueblo se desvió a la izquierda por una carretera sin señalizar. Al oir cómo me revolvía en el asiento, antes de preguntarle dónde íbamos, me aclaró que antes quería pasar por su casa y ver a su padre.
Unos cinco kilómetros más allá, adentrándonos en el bosque que forraba la costa, llegamos a un poblado de unas pocas casas de madera, para nada ostentosas, sino más bien de gente sencilla
- Este es mi hogar, la reserva de los Quileute. Vamos a mi casa, os quiero presentar a mi padre, el jefe de la reserva.
Mia se abrazó a él, llena de emoción por conocer a su suegro. A mí me era indiferente. Solo quería atravesar el pueblo en dirección al camino que tan bien conocía, en cuyo fin estaba la hermosa casa de los Cullen, en mitad de un paradisíaco rincón en el bosque. Circulando entre las casitas, humildes pero bien cuidadas, llegamos a una pintada de rojo, con un acogedor porche a la entrada. Jacob paró el motor del coche, y con un “¡Vamos!” se bajó de él. Mia y yo lo imitamos. Sin esperarnos saltó de una vez los escalones del porche, y entró a la casa dando grandes voces llamando a su padre. Subimos juntas al porche, y justo cuando íbamos a entrar, siguiéndolo, lo vimos salir empujando una destartalada silla de ruedas con un hombre de mediana edad sentado en ella.

- Papá, esta es Mia, mi novia –señaló a Mia. Su padre le dedicó una amable sonrisa mientras le tendía la mano, gesto que ella correspondió con otra amable sonrisa, y emoción en los ojos.
- Tanto gusto, señorita Mia.
- El gusto es mío –contestó ella, cortada.
- Y ella –Jacob interrumpió bruscamente el momento–, es Isabella, la famosa alumna de Alan. Éste es mi padre, Billy –los ojos de Billy se posaron sin dudar en los míos, con autoridad y gran curiosidad, estudiándome meticulosamente. Segundos después me tendió la mano, tan cortés como a Mia, repitiendo las mismas palabras.
- Tanto gusto, señorita Isabella –le correspondí, con un apretón de manos firme y sin dejarme intimidar por su mirada.
- Un placer Billy. Y llámeme Bella.
- Como quieras, Bella. Y a ti, ¿te llamo Mia, o de alguna otra forma más en particular? –con todas las intenciones del mundo, y una vez que había comprobado quién era yo realmente, pues era obvio que había oído hablar de mí; le prestó las oportunas atenciones a su futura nuera.
- Mia está bien, señor.
- ¡Oh vamos! Déjate las formalidades para otra ocasión, estamos entre familia, ¿no? Con Billy está ya bien.

A nuestras espaldas oímos pasos, y al girarnos nos encontramos a mi profesor de derecho civil, el profesor Uley; acompañado por un muchacho de unos veinte años, alto, desgarbado, y con cara seria que me estudiaba con el mismo empeño que Billy minutos antes. El profesor nos saludó amablemente, y nos presentó a su sobrino Sam. Decidí que ya era hora de largarme de allí, ya que todos me miraban como si fuese un bicho raro. Y mis planes no eran esos precisamente.
- Esta reunión es muy amena y la compañía muy agradable, pero yo he de marcharme, tengo cosas que hacer. Mia, no te importa que me lleve tu coche, ¿verdad?
- Espera un momento Bella –fue Billy quien me habló–. Antes de irte creo que deberías saber bien a dónde vas y con qué te vas a encontrar en esa casa.
- No Billy, lo siento pero no les voy a escuchar más veces. El profesor lleva meses contándomelo, y Jacob en estos días no se ha quedado calladito precisamente.
- No deberías de precipitarte. Entra en mi casa y escucha las antiguas leyendas de mi pueblo. Conoce a lo que te estás exponiendo, que no es otra cosa que a la mismísima muerte.
- ¡No! –estaba ya cansada de tantas tonterías–. Sé perfectamente que ellos son vampiros. Que vosotros tenéis el don de convertiros en enormes lobos que los matan. Pero todo eso no va conmigo. Yo lo único que quiero es estar con el hombre al que amo, ¿No podéis comprenderme?
- ¡Pero Bella! ¿Realmente quieres mantener esa relación con un vampiro? –fue Mia la que me preguntó, en un último intento de hacerme razonar.
- ¿Acaso no la estás manteniendo tú con un hombre-lobo? Así que si me disculpan, me voy.

Ya estaba en la puerta del coche y sin esperar más réplicas, la abrí y me metí en él. Adecué el asiento a mis medidas, y por el mismo camino que había llegado Jacob, desandándolo llegué a la carretera. De allí al pueblo fueron unos minutos. La gasolinera de las afueras me dio la bienvenida, y cruzando el pueblo, me dirigí hacia el puente del río Calwah, siempre hacia el norte. Recordaba perfectamente el recorrido. Después del puente vendría el tramo de varios kilómetros entre casas de campo y  el cada vez más presente bosque. Pasé los edificios abandonados, y justo cuando la carretera se internaba en el espeso bosque, a mi derecha apareció el camino de tierra que me llevaría directamente a la casa de Edward.
Mi corazón se aceleró ante las expectativas de encontrarlo allí. Y ante los recuerdos que me traían aquel camino de tierra que, una vez más, me recordó la garganta de un animal enorme tragándose el coche. El camino hacía una especie de túnel en el bosque, donde los difuminados rayos de sol que las nubes dejaban pasar, apenas si llegaban. Al llegar a la curva donde me tropecé a la rubia, no pude evitar un sobresalto. Pero allí no había más que unos tétricos recuerdos. Continué el camino, y unas curvas más allá, empezando una empinada recta, vi una silueta a la orilla del camino, dándome el alto. Los pelos del cuerpo se me erizaron mientras mi corazón se sobresaltó. Dudé en si continuar o no, pero no tenía más remedio, allí no había forma alguna de dar la vuelta. Me tragué todo el miedo que quería salir por mi boca en un histérico grito, y seguí mi camino casi al ralentí. Al reconocerla paré a su lado, me esperaba con una franca sonrisa en su cara.

- ¡Hola Bella! Te estaba esperando, ¿Me llevas? –contesté a su sonrisa con una mía, llena de alivio y de alegría al verla
- claro que sí, Alice. Sube.


2 comentarios:

D. C. López dijo...

Hola preciosa!, vengo a saludarte, desearte un lindo martes e invitarte a este reto, que seguro te suena >.<

http://elclubdelasescritoras.blogspot.com.es/2012/03/nuevo-reto-en-el-club-te-atreves.html

Espero que te guste y decidas participar, y si no es así, otra vez será! X.x

Saludos bella y hasta otra!, muak!

aras dijo...

hay por fis que me has dejado en lo mas emocionante ojala que si lo alcance estubo estupendo el capitulo besos