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24/7/10

MEMORIAS DE DUG

CAPITULO 1º: MI PRIMER SERVICIO A LOS VULTURIS.-
(segunda parte)


Etiopía:

Llegué al poblado al anochecer. Conocía la gran mayoría de poblados de los Murle a ambos lados de la frontera entre Etiopía y Sudán, pero éste en particular no. Los Kitad'aí formaban un pequeño asentamiento que apenas si se relacionaban con los demás, ni tan siquiera con los de su misma tribu. Colocadas de forma estratégica para aprovechar las corrientes de aire, en la cuenca de uno de los afluentes del río Akobo, me encontré las cuatro chozas, eso serían unas cincuenta personas, tal vez sesenta. Dejé a Othar en los alrededores y me interné en el poblado, en dirección al gran árbol donde se reunían, allí hacían su vida social. Esa costumbre del resto de los Murle la seguían manteniendo. No había nadie allí. Me acerqué a una de las chozas. Al entrar me lo encontré todo patas arriba. Todo estaba desordenado, las hamacas sin descolgar, herramientas, utensilios de labranza y de la cocina tirados por el suelo, los cuencos con restos de comida de varios días sobre las mesas, el hogar apagado y frío. Todo estaba revuelto como si hubiesen salido de allí huyendo de algo.
En la segunda me encontré exactamente el mismo panomara. ¿Acaso ya había exterminado el vampiro a todo el poblado? Al salir de allí el aire me trajo restos del inconfundible olor del miedo de los humanos, a poco que lo rastreé me indicó la choza más cercana al río. Allí estarían escondidos los pocos supervivientes que quedaran. Me encaminé hacia allí, debía hablar con ellos y saber todo del vampiro. El relincho de Othar me alertó, y en el último momento pude esquivar el ataque de cuatro hombres armados con lanzas, arcos y flechas; eran cuatro guerreros, los que quedarían con vida. Levanté las manos en señal de rendición, intentando calmarlos, mientras me dirigía a ellos en olam. Afortunadamente me entendieron, no conocía más dialectos de la zona.

-¡Tranquilos! Soy amiga. Vengo a ayudaros* - no se fiaban de mí. Se miraban los unos a los otros, sin perderme de vista ni bajar sus armas. Uno de ellos, un hombre con apariencia joven, no obstante con el pelo gris, estaría al mando, se adelantó amenazándome con su lanza.
-¿Eres otro de los demonios que nos mandan los espíritus?
-No soy ningún demonio. El demonio que está matando a vustra gente es frío, y su corazón no late. Toca mi mano, oye mi corazón - le extendí mi mano hacia él - yo soy la enviada de Tammu para libraros de ese demonio. - Tenía que soltarles ese cuento chino para que confiaran en mí. Conocía algo sobre us creencias religiosas, sobre Tammu, su dios, y sobre los demonios que éste era capaz de enviarles en castigo por las más ridículas faltas de respeto a los espíritus o al mismo Tammu. Alargó su mano, temblorosa, hacia la mía, y al notarla tibia se tranquilizó un poco. Pero no bajaron las armas.
-Acompáñanos, los mayores decidirán sobre ti.

Me dejé guiar hasta la choza donde estaban escondidos. Al entrar el del pelo gris habló en un dialecto que no conocía, era de suponer que ellos tendrían un dialecto propio aparte del olam. Una de las esterillas del suelo se movió dejando al descubierto la entrada de un túnel. De él salieron los mayores, tres ancianos que conformarían el concejo del poblado. El del pelo gris les hablo en ese dialecto rápidamente, supongo que informándoles de lo que le shabía dicho. Uno de los ancianos se acercó a mí, deliberadamene arrancó varios de mis cabellos, y con sumo cuidado se los llevó a una mesa aparte, donde había varios utensilios de cocina. Tan dewscolocada me dejó aquel anciano que no me di cuenta que otro de ellos me había tomado la mano y amenazaba uno de mis dedos con un cuchillo toscamente cincelado. Justo antes de que llagara a cortar mi dedo, que no habría podido con ese primitivo cuchillo, oí un apremiante relincho de Othar. El vampiro no andaba muy lejos. Solté bruscamente mi mano de la del anciano. Los siete hombres me miraron amenazadoramente. El tercer anciano, que aún no se había movido me habló:

-Mujer, no es común que Tammu envíe una mujer de piel blanca a librarnos de un demonio. Debemos comprobar que realmente eres quien dices.
-No hay tiempo para eso. El demonio está cerca, rondando el poblado.
-Mujer, no te vamos a dejar salir ahí fuera sin saber si eres la enviada de Tammu.
-¿No veis que ese demonio bebedor de sangre os va a aniquilar si no me dejáis ir a su encuentro? - Era preciso seguirles la corriente para que pudieran asimilar todo lo acaecido, y una vez eliminado el vampiro, continuar con sus vidas.
-No sin saber si eres o no la enviada. Apresadla.

Loa cuatro guerreros, con el del pelo gris a la cabeza se me echaron encima a la vez que el vampiro irrumpía en la choza. Era tal su estado de excitación que no se percató de mi presencia y mucho menos de mi naturaleza. De un vistazo analizó la situación, ocho presas en cuestión de tres segundos estaría bien para una noche. Lo mismo dejaba a los humanos del túnel para la próxima noche. De un primer zarpazo derribó a los tres guerreros más rezagados. De un segundo zarpazo derribó a uno de los ancianos. Con el impulso llegó hasta otro de ellos mordiendo su cuello. Sabiendo de la enorme desventaja de los humanos se entretuvo alimentándose. Eso jugó a mi favor dándome tiempo a preparar la estaca con la carga nuclear. Era mi primera vez en solitario y la verdad es que improvisé mucho sobre la marcha. Del mismo modo el guerrero del pelo gris aprobechando esos segundos, ayudó al anciano que quedaba con vida a entrar el el túnel, como si eso fuera suficiente para detener a un vampiro. Cuando dejó el cuerpo sin vida, y sin sangre, del anciano caer al suelo se incorporó fijándose por primera vez en mí. Sus facciones denotaron extrañeza al ver una mujer de tez blanca en medio del poblado de los Kitad'aí. Era de la zona, tal vez de alguna tribu rival. Un neófito tomando venganza, aprobechando su nueva condición. Limpió un leve rastro de sangre en la comisura de sus labios, y cuando iba a atacarme el guerrero del pelo gris contraatacó por su espalda con su lanza. Ésta produjo un sonido metálico al chocar contra su cuerpo, mientras que la empuñadura de madera se partía. De un giro acometió el cuello del guerero, sería su segundo plato de la noche. Esa era mi oportunidad, con la estaca en la mano iba a clavársela cuando recordé la gente del túnel, no sobrevivirían a una explosión nuclear. Me acordé de los trews pasos a seguir en casos críticos de mi maestro (pensar rápido, ser ágil, y no dejarse atrapar), me planté delante de él y le hablé en olam.

-La siguiente voy a ser yo, ¿no? - Me miró con sus ojos rojos soltando el ya inerte cuerpo del guerrero - pero antes vas a tener que atraparme.

Salí corriendo de allí como alma que lleva el diablo, asegurándome que venía detrás de mí, y segura de que más pronto que tarde me atraparía y me mordería. Lo que él no sabía era que Othar corría también detrás de nosotros y apenas un par de segundos antes de que el vampiro consiguiera darme caza apareció a mi lado. Agarrándome a sus crines salté a la grupa. El vampiro había reducido la velocidad por la sorprendente aparición de Othar. Mientras, él giraba en redondo encarando al vampiro, yo encendí la mecha, y justo al pasar a su altura clavé la estaca en su pecho con todas mis fuerzas. Temí que no hubiera profundizado lo suficiente por la dureza de su cuerpo, pero el trabajo fue limpio. Un segundo después oí la detonación a mis espaldas miestras Othar corría por la llanura semidesértica, iluminada brevemente por la deflagración. A lomos de Othar no tenía miedo de nada, no hay nada más rápido que él sobre la faz de la tierra.

Volvimos al poblado. Una vez más él me esperó a las afueras, no sería conveniente que lo vieran. Entré en la choza en dirección al túnel, aprté la esterilla y les apremié para que salieran, asegurándoles que el peligro había pasado. El anciano que había puesto a salvo el guerrero del pelo gris salió seguido de una mujer, un muchacho y dos niños. Cinco pesonas habían sobrevivido. Cinco testigos que, por primera vez, me alegré de que no hubieran venido los Vulturis hasta aquí, porque ellos no dejaban testigos.
Para esta gente su poblado había sido castigado por unos espíritus malignos. No quise ni imaginar qué clase de ridícula ofensa le habrían hecho a los espíritus para recibir este castigo. El anciano decidió quemar los restos de los muertos, tal y como habían hecho con todas las víctimas del vampiro, y al día siguiente pedir asilo en una de las tribus vecinas. Aquí acabó la leyenda de los Kitad'aí, un pueblo único, muy reducido y fiel conservador de su gente y sus costumbres. Un pueblo extremadamente guerrero y territorial, superviviente de encarnizadas guerras tribales, epidemias y hambrunas; pero que no pudo sobrevivir a la saña de un vampiro vengador.

Con el servicio ya realizado, volvía a casa. Había sido fácil con la ayuda de Othar. Sin él no podría dedicarme a ésto, y en lo sucesivo él no era un mero transporte, era miembro del equipo, tan importante como yo.
Al llegar a casa me aguardaba en la puerta una sorpresa, Aro en persona, con dos de sus guardias, cómo no.

-Hola Dug. ¿Qué tal te ha ido por Etiopía?
-Si has venido a ver si he cumplido, la respuesta es sí. - Ni me paré a hablarle de frente, sencillamente entré en la cabaña. Lo único que quería era llegar a casa y descansar, mi mitad humana me reclamaba ese descanso después de cuatro largos días de viaje a lomos de un caballo vampiro.
-¿Me permites querida? - Me siguió, tendiendo su mano hacia mí para que yo le diera la mía y le mostrara lo acontecido. No me gustaba tanto crontol sobre mí, pero accedí. Quería que viera cómo fue, y que se largara de una buena vez. Le tendí mi mano y la tomó. silencio. Minutos después me soltó.
-Has dejado a cinco testigos vivos.
-Ellos no tienen ni idea de lo que les atacó.
-Un demonio mandado por un espíritu. ¿Pretendes que me crea eso?
-Con que se lo crean ellos me basta. Y que te quede bien claro una cosa Aro, yo no mato humanos, solo vampiros.

Miró a su alrededor. La cabaña parecía más un laboratorio que una cabaña perdida en mitad de la nada. Al fondo vio lo poc que tenía de hogar, un camastro, una chimenea, una mesa, una silla, unos estantes en la pared llena de cosas para humanos.

-Le das más importancia a tu lado humano que al inmortal.
-lo sabes igual que yo, lo has podido ver en mi cabeza.
-Pero para ti es la más importante. Te repugna tu naturaleza inhumana.
-Toma mi mano otra vez y verás que no es cierto. Para mí es tan importante una como la otra. y si lo piensas, en vuestra existencia pasa lo mismo. Dime, en toda vuestra magnificencia, si los humanos no existieran, vosotros tampoco. Todo vampiro fue antes un humano. Y de ellos os alimentáis.
-Cierto. - Se quedó pensativo, analizando mis palabras, con la mirada perdida en la nada. - Dejaremos a esos cinco testigos vivos, a ver cómo asimilan los hechos.
-¿Algo más Aro? Me gustaría poder descansar un rato, ya sabes, mi humanidad lo reclama.
-Nada más querida. Tan solo me queda felicitarte por el resultado. Volverás a tener noticias nuestras en cuanto haya otro altercado de éstos.
-Vale. Si me disculpas, voy a dormir un rato.

No me entretuve más con él, sencillamente me aligeré de ropa y me metí en el camastro. Othar ya asomaba la cabeza por su puerta, señal inequívoca de que estábamos echando a Aro. Se giró hacia la puerta y despareció por ella. Othar entró, y yo sencillamente me dejé acunar por los brazos de Morfeo.

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Cuenta una de las leyendas más recientes de los Murle que un espíritu errante maligno castigó a los Kitad'aí por una ofensa, enviándoles un demonio bebedor de sangre, con los ojos inyectados en la sangre de sus víctimas, de piel blanca y fría, terrorífico, despiadado, y tremendamente veloz. Tammu no vio justo ese castigo y envió una mujer de tez blanca, y cabello y ojos negros como la más oscura noche sin luna ni estrellas. Iba montada en una sombra de la noche, rápida como el relámpago. Acabó con el demonio haciendo explotar una estrella en las llanuras altas, que iluminó todo el cielo en plena noche, dejando un cráter como aviso a los espíritus y a los homres.

Hace apenas unos años viajé a Etiopía, y quise regresar al antiguo asentamiento de los kitad'aí. apenas si quedaban los restos de las chozas. La naturaleza había recuperado su espacio usurpado rápidamente. Pasé por el poblado Murle que había acogido a los supervivientes, y uno de los ancianos del concejo me relató esa leyenda, aseguando que él fue uno de los supervivientes, el último que quedaba ya con vida. tenía ante mí al último de los Kitad'aí. Sin duda era uno de los niños.

Así nacen las leyendas.

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*Me he tomado la libertad de traducir todos estos diálogos del olam al castellano, suponiendo que vosotras no los entenderíais en su versión original. De nada.

3 comentarios:

Adela/Mariola (SokAly) dijo...

Lo primero es lo primero y es darte las gracias por traducirnos los diálogos al castellano, porque yo la verdad del olam nada de nada, jajaja.

Una pena lo que pasó con la tribu de los Kitad'aí, aunque si no llega a ser por Dug no hubiese quedado ni un superviviente
y seguro que hubiesen desaparecido otras tribus.

Me gustó que ella regrasara allí al cabo de los años y se enterara de ese leyenda.

Genial, Luz.

Besos.
~Ade~

LuZ dijo...

Hola!
Es lo bueno de saber idiomas, nunca se sabe cuando te va a hacer falta, y más cuando se trata de una lengua tribal etíope,...

Muchas gracias Ade por tus comentarios, con que a una persona le hayan gustado mis delirios con Dug, soy feliz!
Y respecto de Othar, a mí también se me hizo muy raro en principio imaginar un caballo con esas características, pero conforme lo he ido trabajando más, más me ha ido atrayendo, me gusta casi más que Dug. Si continuo con este proyecto sabremos cómo llegó a vampiro.
Mientras Dug tenga el beneplácito de Aro, Felix no se atreverá a tocarle un pelo (lo que tiene tener enchufes directos)

¡Gracias por tus comentarios amiga!
Besos!

Adela/Mariola (SokAly) dijo...

Es un placer leerte, te lo aseguro, así que no tardes en subir más ¿si?

Besos.

~Ade~