Seguidores

11/12/11

BUSCANDO UN SUEÑO:7º.-Pesadilla premonitoria


Capítulo 7º: PESADILLA PREMONITORIA


>>BELLA


   Tan lentamente como se fue julio, llegó agosto, pero sin menos prisa. Los días eran largos, lluviosos y calurosos, con un montón de trabajo en la tienda. El lago se llenaba como si de una playa de la costa se tratase. Chicago no dejaba de ser una gran ciudad  cosmopolita, y sin embargo absorbía todo el ambiente veraniego que hacía de ella una ciudad demasiado polifacética.
  En un par de ocasiones más visité a su madre. En mi segunda visita también estaba su padre, que me recibió con mucha alegría, y me pidió que por favor hiciera todo lo posible por que su hijo no se reenganchara una vez terminara el año que se comprometió. Le dije que así lo haría, a ninguno de los presentes le agradaba esa idea. Al irse el señor Masen su esposa me confesó que no había hablado con su hijo desde su partida, el orgullo de ambos no dejaba que ninguno diera su brazo a torcer. Eso me dio mucha pena, a pesar de su duro carácter y la férrea educación que había enseñado a su hijo, me constaba que Edd admiraba a su padre. Y por la forma de despedirse en el aeropuerto se notaba que su padre también lo admiraba. Hablaría con Edd en su momento para poder darle una solución.
   Jessica y Mike seguían juntos, así que si algún día salía por ahí a tomar una copa me iba con Eric y los chicos y chicas del equipo de basket de la universidad, cantera de los Chicago Bulls. Edward siempre estaba animándome a que hiciera cosas, que saliera, que fuera al cine, que visitara a su madre; pero yo sin él no tenía muchas ganas de hacer todo eso. Simplemente dejé que pasara el mes tranquilamente, y que llegara septiembre, con un poco de suerte para el día diez estaría aquí, justo a tiempo de poder celebrar mi cumpleaños con él.
   A finales de agosto se me ocurrió la idea de ir a la cabaña, y como mi madre no quería que fuera sola, se lo propuse a los chicos, estaban encantados. Se lo comenté también a Edward, a fin de cuentas la cabaña era de él, él la había pagado. Le encantó la idea. Yo quería ir por un motivo en concreto, dejarla lista para cuando él viniera de permiso; quería ponerle unos cuantos detalles. Nos fuimos el último fin de semana de agosto. Íbamos en el suburban de Mike: Mike, Eric, Austin, Raymond, Jessica, Jenny, Samantha, Carol y yo.
   Volver allí me trajo muchos recuerdos de la última vez que estuve. Pero me sentía feliz, estaba allí lista para preparar la cabaña con vistas a pasar allí unos días de relax con Edward. Los chicos fliparon tanto por la cabaña como por el lugar. Enseguida Jessica le dijo a Mike que a ver cuando le regalaba algo así, el pobre Mike tragó saliva, y le contestó que en cuanto le tocara la lotería le compraría una mejor, y más cerca de Chicago. Pasamos dos días de playa, sol, barbacoas, risas, música, algo de alcohol; y la nota discordante la vino a poner Raymond con sus pastillitas de colores y su crack. A ninguno nos hizo gracia al principio que Ray, un chico de dos metros de estatura que jugaba en el equipo de basket de la universidad al cual había invitado Eric, yo solo lo conocía de vista; nos invitara a probarlo, a colocarnos con él. Pero alguno de nosotros al final de la noche, junto a la hoguera que hicimos en la playa, aceptó. Yo no fui una de esos, de nunca me había llamado la atención las drogas, pero tampoco iba a aguarle la fiesta a los que sí querían, total, por una pastillita o una rayita tampoco pasaba nada. Al día siguiente la mitad de la gente no podía ni tenerse en pie. Hice varias cafeteras de café bien cargado, y a media mañana decidieron ir a la playa a comer y pasar la tarde. Nos iríamos al finalizar la tarde. Yo me quedé en la cabaña organizándola un poco. Mi prioridad era colocar cierta foto en cierto marco, encima de la chimenea al lado de las fotos de nuestros padres. No había olvidado aquel percance y quería ahora darle la sorpresa yo a él. Coloqué en el portafotos una de las fotos que nos hicimos juntos aquí en la playa la última vez que estuvimos. Era una foto preciosa, con la playa a un lado y las montañas de fondo. Me quedé por unos minutos mirando la foto, en especial a Edd, no veía la hora de poder regresar aquí con él, los dos solos, sin nada más que él y yo en el mundo. Deposité el marco en su sitio, y sin querer emocionarme más me dediqué a limpiar el polvo de los muebles, poner cada cosa en su sitio, y dejar la cabaña lista para nosotros. En un par de semanas volvería con él. Con la última luz del día salimos hacia la gran ciudad.
   El permiso de una semana se acercaba, y ambos estábamos cada vez más nerviosos. El día tres a medio día me mandó un mensaje al móvil, quería hacer una videoconferencia, me citaba a eso de las siete. Yo lo tenía muy fácil con Internet en casa, pero él tenía que ir a un cibercafé. Imaginaba que era para decirme lo del permiso, así que esperé impaciente que llegaran las siete de la tarde. Puntual como era siempre, ahí me lo encontré:

- ¡Hola cari! ¿Qué te has hecho en el pelo? ¡Estás preciosa!
- ¡Hola Edd! Lo llevo como siempre.
- Pues estás muy guapa.
- Serán las ganas que tienes de verme.
- Ni te lo imaginas. De verte, de tocarte, de besarte, de abrazarte.
- Y yo a ti también.
- Mira cari, ¿ves ésto?
- Sí.
- ¿Y sabes qué significa?
- No exactamente, sabes que yo de insignias y cosas de esas no estoy muy puesta.
- Pues significa que está usted, señorita Swan, ¡hablando con el cabo Masen!
- ¿Te han hecho cabo?
- ¡SÍ! ¿Qué te parece?
- ¡Es genial Edd! Me alegro mucho por ti, te lo habrás ganando a pulso.
- Es el resultado de un esfuerzo continuo a lo largo  de todas estas semanas.
- ¡Qué bien! Oye, ¿ y eso no significará luego unos días más de permiso?
- No, me darán una semana como a todos.
- Bueno, nos tendremos que conformar. ¿Y cuándo vendrás? Te espero para el día diez.
- Verás Bella, de eso quería hablar contigo. No voy a poder ir el diez.
- ¡Pero Edward!
- Lo siento, no voy a poder ese día. Me han ascendido a cabo, y me han ofrecido mi primera misión en el extranjero. Esto es muy importante para mí Bella. Solo voy a estar dos semanas. Solo te pido dos semanas más cari.
- ¡¿Tu primera misión en el extranjero?!
- No te alarmes, es solo una misión humanitaria. Llevar unos cargamentos en un avión a África. No voy a pisar en ningún momento tierra hostil.
- Edward me prometiste que no te mandarían fuera.
- Bella recuerda que ahora soy un marine, y he de obedecer las órdenes que me den. Es una misión especial que no entraña peligro alguno. Por favor cari es muy importante para mí que me entiendas.
- Es que, si te pasa algo, yo…
- En serio cari, no es nada peligroso. Solo vamos a llevar en un avión unos cargamentos que hacen falta allí, los descargaremos, los instalaremos, y nos volveremos a casa. Y en dos semanas estaré ahí contigo.
- Supongo que no puedo negarme ni hacer nada.
- Cari…
- Vale Edd, dos semanas más. Total, si nos perdemos también mi cumpleaños no pasa nada.
- Va cari, no te pongas así, sabré recompensarte. Eres lo más importante que tengo en mi vida, y te juro por lo que tú quieras que si pudiera me iba ahora mismo para allá aunque fuera andando por tal de estar a tu lado.
- Sí,  ya, por eso te vas a la otra punta del planeta. Pero no te preocupes, yo te espero aquí.
- Te prometo que en dos semanas, para el veinticinco a más tardar me tienes ahí a tu disposición.
- Vale Edd, no pasa nada, si te lo han mandado hay que cumplirlo.
- Gracias Bella. Te quiero.
- Y yo a ti.
- Me tengo que ir ya, si cierran las puertas y no estoy dentro me arrestarán.
- Vale. Cuídate. Un beso.
- Otro para ti mi amor. Mañana te llamo.

   Esa noche empezaron las pesadillas.
   Estaba en el lago, en nuestra playa, paseando tranquilamente con los pies en el agua. Súbitamente el agua se puso fría, la noche cayó de golpe y empezó a caer una espesa lluvia, silenciosa. Solo se oía a lo lejos algo chapoteando en el agua. Ese sonido se fue acercando a mí, y me pude dar cuenta que lo hacía una figura humana, a escasos tres metros de mí alguien se estaba ahogando. Lo miraba desde la orilla con impotencia, no podía acercarme, algo no me dejaba dar esos pasos para poder ayudarle. No pedía auxilio ni chillaba, tan solo chapoteaba y daba enormes brazadas al agua luchando por mantenerse en la superficie. Estaba cada vez más angustiada cuando reconocí su pelo, su alborotado cabello castaño brillante, ¿era Edward? El pánico se apoderó de mí, caí de rodillas al agua alargando una mano hacia él. Empecé a gritarle, a llamarlo con desesperación mientras intentaba acercarme a él. De repente dejó de moverse, quedó flotando en el agua boca abajo, inerte.
   Mis gritos debieron despertar a mi madre y a Phil. Cuando abrí los ojos ella estaba sentada en mi cama, y agarrándome por los hombros me zarandeaba, intentando despertarme de la pesadilla. Phil nos observaba desde la puerta con cara de preocupación. Me acunó en su regazo intentando calmarme mientras me repetía que solo había sido una pesadilla. Me consoló como cuando era una niña. Estaba desolada, con un sentimiento de agonía  oprimiéndome el pecho. De mis ojos no paraban de salir lágrimas que lentamente resbalaban por mis mejillas. Al final me quedé dormida entre los brazos de mi madre, no sé cómo ni cuándo. No volví a soñar nada. Cuando desperté eran más de las doce. Salté de la cama y corriendo fui al baño, ¡en la tienda me iban a matar por llegar a esas horas! Pero en el espejo del baño vi la nota que me había dejado mi madre:

“TIENES EL DIA LIBRE
EN LA TIENDA.
DESCANSA.   MAMA”

   Con la nota en la mano me senté en el borde de la bañera, el recuerdo de la pesadilla vino a mí dolorosamente. Las lágrimas corrieron nuevamente por mis mejillas. Tenía que hablar con Edward, convencerle, rogarle, amenazarle, lo que hiciera falta para que no fuera a esa misión. No hubo nada de lo que le dije que le hiciera cambiar de opinión. Se disculpaba cada vez más preocupado por mi, por nuestra relación; alegando que era una orden que le habían dado y su deber era cumplirla, y no iba a dejar de hacerlo por una pesadilla.
   Afortunadamente la pesadilla no volvió a repetirse, y ante ese hecho tuve que dar mi brazo a torcer, no quería estar mal con él justo antes de irse tan lejos.  El avión partiría desde Camp Lejeune, situado en la costa este, el día nueve. Haría escala en Brasil, y de ahí a no se qué país africano, no podía decírmelo, o no quiso. Nos despedimos la tarde de antes. A pesar de las discusiones de los días anteriores ambos estábamos de buen humor, demostrándonos lo que nos queríamos. Él desde allí no podría llamarme, pero intentaríamos hacer alguna videoconferencia.
   La siguiente noche volví a tener la misma pesadilla. Esta vez desperté antes de ponerme a gritar como una histérica, no desperté a nadie. Con los ojos llenos de lágrimas me aovillé en la cama y dejé que pasaran lentamente las horas hasta que amaneciera. Se suponía que Edward llegaría esa mañana a su destino, y desde allí le permitirían llamar a su casa para decirles a sus padres que estaba bien. Yo tenía que ir a trabajar, era mi último día en la tienda. Echaría mi jornada como siempre, y al terminar iría a casa de sus padres a preguntar por él.

- ¡Hola Bella! ¿Cómo estás cielo?
- Hola Elizabeth. Bien, supongo. Perdone que la moleste a estas horas, ¿sabe algo de Edward?
- Aún no ha llamado, pero supongo que no tardará. ¿Por qué no entras y esperamos a ver si llama? Le hará ilusión hablar contigo.
- No quisiera molestar…
- No digas tonterías, tú nunca molestarías aquí, todo lo contrario. Siéntete como en tu propia casa.
- Gracias.
- Edward me dijo que te llamara en cuanto supiera de él. Me comentó que estabas muy preocupada. No te preocupes, a donde lo han mandado no hay peligro. Su padre se ha asegurado de que así sea, ya sabes que conoce a gente muy importante.
- Es un alivio poder saber eso. Ya solo falta saber que ha llegado bien.
- Eso seguro. Los aviones de hoy en día son muy seguros, y más los del ejército, les hacen  controles más a menudo.

   Pasé casi toda la tarde allí esperando a que llamara. No llamó él ni nadie con noticias suyas. Cuando el estómago empezó a rugirme y el cansancio me hacía bostezar más de la cuenta decidí irme a casa. Me despedí de su madre que me prometió que me llamaría a cualquier hora en cuanto Edward la llamase. Ella empezaba ya a preocuparse, se lo noté en la forma de despedirme, pero no quiso hacérmelo ver. En esas pequeñas cosas se parecían madre e hijo. Al meterme en el coche una extraña soledad me embargó. Se me saltaron las lágrimas, esas que había estado conteniendo toda la tarde y a medida que pasaban las horas pugnaban cada vez más por salir. Al arrancar el motor del coche sonó el móvil. Di un salto en el asiento, si era Elizabeth aún podría entrar en la casa y hablar con él. Era mi madre, estaba preocupada al llegar a casa y ver que aún no había llegado. La tranquilicé, explicándole dónde estaba, y que iba para casa ya.
  Me acosté intranquila. Quería llamar a su madre para saber si tenía noticias, pero el sentido común me hizo ver que era una tontería. Ella me llamaría a mí en cuanto supiera de él. A eso de las seis el sonido del móvil me sacó de un ligero y nada descansador sueño, no había tenido la pesadilla, pero tampoco había tenido un sueño reparador. Un número que no tenía en la agenda, seguro que no eran buenas noticias. Descolgué.

- ¿Bella?
- ¡SÍ! Soy yo.
- Soy el padre de Edward, perdona que te llame a estas horas. Elizabeth me ha insistido mucho.
- ¿Le ha pasado algo a Edward?
- Aún no se sabe hija. Verás, anoche hice por saber de mi hijo, y el coronel Farrel me acaba de llamar. Parece ser que el avión no llegó a su destino.
- ¿Qué?
- Toda la información que me han dado es muy confusa y contradictoria. Pudiera ser un ataque terrorista, no me lo pueden confirmar. Lo único cierto es que el avión ha desaparecido en pleno Océano Atlántico. Bella, si quieres puedes venirte a casa. Voy a averiguar el paradero de mi hijo aunque sea lo último que haga en esta vida. A Elizabeth  y a mi nos gustaría que estuvieras aquí, tienes tanto derecho como nosotros a saber de él.


1 comentario:

Iris Martinaya dijo...

Ay, empieza la pesadilla, la de verdad. A veces hay que hacer caso a la intuición y esas pesadillas de Bella... Con lo fácil que hubiera sido que el de dos pies derechos fuera Edward en vez de Bella. Así no le habrían hecho cavo, vamos, seguro que le echaban a patadas de los marines en dos días, jeje.

Esperando ansiosa al siguiente, no te lo creerás, pero no recuerdo bien esa parte.

Un beso