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8/1/12

BUSCANDO UN SUEÑO:12.- Reencuentro



Capítulo 12º: REENCUENTRO


BELLA

   Al bajar del taxi volvió a darme de lleno en la cara aquella brisa matutina que me alegró el día en el aeropuerto. Me estaba gustando Seattle a pesar de llevar tan solo en la ciudad menos de una hora. Por Internet había encontrado piso compartido con un par de chicas en uno de los barrios tranquilos del norte de la ciudad. Ellas eran Angela, una estudiante de empresariales y Mia, una enfermera en prácticas. Ambas estaban esperándome en el piso cuando llegué. Me recibieron cordialmente, y eso también me agradó. Compartían piso desde hacía un par de años y decidieron buscar otra compañera porque su casero les había subido el alquiler. Fue una suerte dar con ellas. A primera vista me cayeron bien, y me dieron a entender que yo también a ellas.  Me tocó una pequeña habitación de un azul celeste muy aguado, con una cama y una mesilla de noche, un escritorio y una silla, un pequeño armario y una ventana que daba al patio de luces. Solo había un baño, lo cual sería muy pesado en las horas puntas, pero estaba segura que llegaríamos a apañarnos. Una salita de estar donde en vez de televisión había un equipo de música, y la cocina con una nevera a compartir, un microondas, un pequeño fogón, y una mesa redonda con cuatro sillas.  El edificio era viejo, pero conservaba algo del esplendor que tuvo antaño. El piso estaba en la última planta, un quinto, donde el ascensor estaba fuera de servicio. Mas adelante me dijeron mis compañeras de piso que desde hacía años, antes incluso de llegar ellas, no pasaba del tercero. Lo mejor era subir hasta el tercero en ascensor, y el resto por las escaleras. Y bajar directamente a pie. Ya en la calle, al doblar la esquina había una cafetería, y justo enfrente una parada del bus que te dejaba en casi diez minutos en el campus de la universidad. No se cómo, pero me habían aceptado en la prestigiosa universidad de Washington, Seattle. Durante semanas estuve pensándolo, y llegué a la conclusión que sería por ser beneficiaria de la beca que Elizabeth me dio.


   Seattle era perfecto para los planes que tenía. Chica nueva en una ciudad nueva, universidad nueva, compañeras nuevas; vida nueva en definitiva. Y esta vez no iba a dejar que los fantasmas del  pasado truncaran mi vida nuevamente. No debía, no podía dejar que el recuerdo de él gobernara mi vida. Sé que jamás dejaría de amarlo, pero tenía que continuar con mi vida, con esa parte de mí amputada, más sin dejar que las secuelas y el muñón arruinaran mi existencia.
   Llegué una semana antes de que empezaran las clases para poder instalarme sin prisas. Angela era una chica sencilla y sin segundas intenciones. Mia era más lanzada y sofisticada, pero también con un gran corazón; pasaba menos tiempo en el piso desde que empezó a salir con uno de sus jefes en el hospital. Eso hacía que Angela estuviera sola más tiempo en el piso, con lo cual agradeció mi llegada. Se ofreció a guiarme los primeros días en la universidad. Congeniamos a la primera, nos parecíamos en muchas cosas. El primer día de clases fue caótico. Pasé de las bienvenidas, fiestas y todo ese rollo más bien pensado para los novatos. Quería empezar las clases y dedicarme en cuerpo y alma a la economía política, al derecho canónigo, derecho civil, derecho penal y al derecho político; esas eran las asignaturas de segundo de derecho. Acabaría lo que había intentado empezar en Denver.
Angela me dejó a la entrada de mi facultad, no muy convencida de dejarme sola, quería entrar conmigo y asegurarse de dejarme en el aula que me correspondía. Me negué tajantemente, ya me las apañaría yo sola. Quería desenvolverme por mí misma.
El caos reinante en la calle reinaba también en el aula, en vez de estar rodeada de universitarios parecía estar en un curso de preescolar. De repente todos se fueron calmando y sentando en las sillas mientras por la puerta entraba la que debía ser la profesora de derecho político, la profesora Clinton, tía del ex-presidente. Lo supe por el respetuoso silencio y los débiles cuchicheos de mí alrededor. En cinco segundos el aula quedó en silencio. La profesora se presentó, nos dio una detallada explicación de lo que iba a ser su clase, y severamente nos advirtió que no toleraría en su clase ningún desorden, era todo un privilegio que ella estuviera dando esas clases para unos simples alumnos de segundo. A pesar de su avanzada edad era una mujer audaz, enérgica, acostumbrada a mandar y a salirse con la suya. Me gustó esa mujer, ese era el espíritu que yo iba buscando. Al salir la profesora los niños de preescolar volvieron a tomar el aula. Yo salí de allí con buen sabor de boca en dirección a la siguiente clase.

El profesor McWell, de derecho penal resultó ser el antagonista perfecto de la profesora Clinton. Un sesentón calvito con gafas de no más de metro y medio que presumía de haber estado en las dos caras de la moneda de la justicia, pues decía haber pasado tres años en la cárcel. Nos fue explicando en qué consistirían sus clases echando mano siempre de anécdotas y vivencias propias. También me cayó bien. En la misma aula tenía la siguiente clase, esta vez con el padre Brenner, el profesor de derecho canónigo. Era un sacerdote cincuentón dedicado en cuerpo y alma a la enseñanza de las leyes canónigas. No parecía el típico sacerdote fanático ansioso por convertir a su causa a todo el mundo, parecía más dedicado a las leyes que a la salvación de almas.
   Al salir del aula me dirigí a la cafetería, había quedado allí con Angela y con su chico, Ben. Iríamos a almorzar a la cafetería más barata del campus, la de la biblioteca. Ben y Angela hacían una pareja de lo más encantadora, él siempre pendiente de ella, y también de mí por ser nueva, compañera de piso y amiga de su chica. Aquellas atenciones que se mostraban el uno con el otro removieron viejas heridas en mi interior, pero no iba a dejar que esas situaciones me achantaran. Me tragué todo el dolor, que ya no era ni la mitad de lo que fue al principio, y les puse buena cara. Con pena fui descubriendo que ese dolor con el tiempo se estaba convirtiendo en melancolía. Cuando se hizo la hora de la siguiente clase ambos me acompañaron a mi facultad y en la entrada me despidieron. Quedamos para volver los tres al piso, Ben cenaría con nosotras esa noche.

   Mi siguiente clase fue de economía política, con una profesora que no tendría más de treinta años, todos los chicos suspiraron por ella cuando entró al aula, y lo mismo hicieron al presentarse, al explicarnos el temario de su asignatura, al colocarse bien el cabello cada tres minutos, al sentarse en la esquina de su mesa cruzando las piernas de forma que no se le viera nada con la minifalda que llevaba, al despedirse hasta el día siguiente y al salir por la puerta. Nada más que por eso le cogí cierto asco a la profesora Higgins, ella estaba más que encantada con las pasiones que levantaba. La última clase de presentación, y la del día fue en el aula más pequeña de todas las que conocía, apenas si tendría la mitad de aforo que las otras, eso hacía que los alumnos estuviéramos hacinados. Me quedaba por conocer al de derecho civil, el profesor Uley. Por el color de su piel, cabello y ojos, y por sus rasgos faciales todos adivinamos lo que después nos confirmaría, era un indígena estadounidense nacido en una reserva cercana, la de los Quileutes. Era de mediana estatura, de cuarenta y tantos años, de mirada profunda y sabia. Era el típico profesor enrollado, comprometido con la madre tierra, y a pesar de ser el profesor de derecho civil, todos salimos convencidos de allí de que nos llegaría a trasmitir su amor por la naturaleza.

   Aquella noche, cuando por fin pude entrar a mi habitación y tirarme sobre mi cama, cerré los ojos y respiré profundamente. El primer día en mi nueva universidad lo había superado con creces. Por primera vez en dos años sentía que por fin había encontrado mi sitio en el mundo. Respiré profundamente repetidas veces, saboreando esa paz. Pero no me duró mucho, pocos minutos después me sonó el móvil. Era mi madre. Lo raro era que no hubiera llamado antes.

- ¿Bella?
- ¡Hola mamá!
- ¡Hola cariño! ¡Qué tal te ha ido tu primer día?
- Muy bien. Mis profesores son de lo mejor que hay en la universidad. Mi profesora de político es tía de Clinton.
- ¿En serio? Qué nivel, ¿no?
- Muy alto, espero estar a la altura.
- claro que lo estás hija, eres una chica muy inteligente. ¿Y qué tal por el campus?
- También bien, Angela me ha acompañado y me ha ido enseñando dónde está cada cosa.
- Me alegro, esa chica parece ser una buena persona.
- Lo es.
- Me gusta que sea tu compañera de piso, así no te sentirás tan sola ahí, tan lejos de casa, y de tu padre.
- Estoy en la mejor compañía, Angela y Mia son unas compañeras de piso estupendas.
- Eso me quita un peso de encima. Una cosa era que te fueras con tu padre, y otra que te hayas ido tan lejos tu sola sin conocer a nadie.
- Pues no tienes que preocuparte por nada, aquí nos cuidamos las tres muy bien.
- ¿Te has adaptado ya al clima de Seattle?
- No está tan mal, llueve mucho, pero las temperaturas son casi más suaves que las de ahí.
- Prométeme que cuando empieces a volverte rana, volverás a casa.
- De acuerdo mamá, te lo prometo.

   Me reí con ganas, lo que más echaba de menos de mi madre era su peculiar sentido del humor. Después de recordarme que me abrigara bien y que no me descuidara con las comidas nos despedimos y colgó. Me faltaba mi padre, así que en vez de esperar a que llamara él decidí llamarlo yo. Era capaz de esperar varios días antes de llamar pensando que si llamaba antes podría llegar a importunarme.

- ¿Sí?
- ¡Hola papá!
- ¡Hola Bells! ¿Qué tal tu primer día de uni?
- Muy bien.
- Eso está bien. ¿Y en el piso?
- También bien.
- ¿Y tus compañeras?
- Son estupendas.
- Entonces no me echas de menos ni un poquito.
- Claro que te echo de menos.
- Seguro, vas a comparar a tu viejo padre con dos alocadas veinteañeras  como tú.
- Pues te echo de menos de verdad, sobre todo salir a correr por Cheesman Park, disfrutaba mucho contigo allí.
- Y yo hija. Era agradable salir a correr en compañía, aunque tuviera que esperarte todo el rato.
- Papá, que era yo la que tenía que aminorar el ritmo para esperarte.
- Ya, claro. ¿Y por ahí no hay sitios para salir a correr? No deberías dejarlo.
- Aquí no tengo tiempo, pero en cuanto pueda salir un rato lo haré.
- Eso está bien. Y mira bien por donde andas, sobre todo si vas sola.
- No te preocupes, sé cuidarme.
- Por eso me preocupo Bells. Oye te tengo que dejar, tengo turno de noche y llego tarde ya.
- De acuerdo. ¿Has llamado ya a alguien para que arreglara el grifo del lavabo?
- Sabes que puedo hacerlo yo. Cuídate Bells, ¿me lo prometes?
- Sí papá, cuídate tú también. Adiós.

   Había hablado con mi padre y mi madre y ambos estaban bien. Todo estaba correcto en mi mundo. Ya podía dormir, y si no acudía a mí ninguna pesadilla, sería un día perfecto.

   A las siete sonó el despertador, alargué la mano y lo apagué. Había sido una noche tranquila. Desde hacía meses soñaba con él de forma melancólica, ya no eran pesadillas, era mas bien recordando buenos momentos. Me levantaba triste y casi sin energías, y hasta que no me tomaba un café bien cargado no se me quitaba esa morriña. Estaba sentada en la cama buscando mis zapatillas cuando golpearon suavemente la puerta a la vez que oí a Angela preguntarme si estaba despierta. Le pedí que pasara mientras intentaba alisar mi pelo con las manos. Palmeé la cama para que se sentara a mi lado.

- Buenos días Bella.
- Buenos días Angela.
- Perdona que te moleste a estas horas, pero necesito hablar contigo, será un momento.
- Tú nunca molestas Angela. Dime.
- Verás, no sé cómo empezar, es que resulta que tú,… por las noches,…
- ¿Hablo en sueños?
- ¿Lo sabías?
- Lo he hecho desde siempre, y no creo que deje de hacerlo aquí. Siento si os he llegado a molestar, es algo involuntario.
- ¡No no! No es algo que me moleste, me puedo llegar a acostumbrar. Pero la primera noche me asustaste.
- Supongo que a Mia también, ¡qué vergüenza!, lo siento.
- Ella ni se ha enterado, pero yo tengo el sueño muy ligero, y oírte la primera noche llamar a un tal Edward con tono triste, la verdad es que acojona un poquito.
- Lo siento Angela, no sé cómo evitarlo.
- No te preocupes, ya me voy acostumbrando, solo quería que lo supieras. ¿Te puedo preguntar algo? No sé si debo.
- Lo que quieras.
- ¿Quién es Edward?
-… nadie, no es nadie.
- ¡OK! Venga vamos a desayunar que al final llegaremos tarde a nuestro segundo día.

   Angela me miró con sus sabios ojos, e intentó infundirme ánimos apoyando sus manos sobre las mías. Se levantó y salió de la habitación. Había entendido más de lo que le había dicho, y lejos de querer ahondar en el asunto lo dejó correr, tan discreta como siempre. Me dejó nadando entre mis pensamientos, hacía meses que había dejado de pronunciar su nombre, ni tan siquiera me permitía pensarlo, cuando lo hacía siempre me refería a él así mismo, como Él. Y en cambio mi subconsciente gritaba todas las noches su nombre. Y mientras lo pensaba ahora, pronunciándolo en susurros, volví a descubrir que la melancolía iba sustituyendo al dolor mientras lo pronunciaba. Edward, Edward, Edward. A pesar del amargo sabor que se me venía al paladar, ya no dolía tanto decir su nombre. Va a ser cierto eso de que el tiempo lo cura todo.

- ¡Bella apúrate si no quieres que Mia te quite el baño, y ya sabes cómo se las gasta ahí dentro! La cafetera está puesta ya. ¡Vamos! ¡Vamos!

   Angela me sacó de mi ensimismamiento sin darme opción a recaer. Cogí rápidamente mi neceser y mi ropa y me metí en el baño. Con el agua se fueron por el desagüe mis pensamientos, y me senté en la cocina delante de una humeante taza de café con una sonrisa para Angela mientras oíamos por el pasillo a Mia protestar que siempre la dejábamos la última.
  
   Ya en la universidad me dirigí rápidamente a la clase con el profesor Uley, que como era de esperar se metió de lleno en su temario. Estábamos tan apretados en aquella aula tan pequeña que salí algo agobiada, fue un descanso poder respirar un poco de aire en el pasillo. Rápidamente me dirigí a mi siguiente clase, con la profesora Clinton, por nada del mundo querría llegar tarde. Al entrar ella, cerrando la puerta tras de sí, un silencio sepulcral invadió el aula. Mientras abría su cartera y sacaba sus libros llamaron a la puerta y una chica la abrió tímidamente, asomando apenas la cabeza. Su voz cantarina, como si fueran campanas retumbó por toda el aula a pesar de no hablar fuerte.

- Profesora Clinton, ¿pod…?
- Llega tarde señorita.
- Por más que hemos corrido detrás de usted, no nos ha dado opción a alcanzarla para evitar esta situación.
- ¿Hemos?
- Si señora, mi hermano y yo. Somos nuevos y aún no conocemos el campus, y… ¡está usted en plena forma!
- Por esta vez pase, aún no he empezado con la clase. Pero no volveré a ser tan benevolente con ninguno de ustedes.
- Gracias profesora.
- Y usted es la señorita…
- Cullen, Alice Cullen.
- Pase señorita Cullen, y que pase también el señor Cullen. Tomen asiento y no me hagan perder más mi valioso tiempo.

   La chica pasó casi dando saltitos, estábamos toda la clase pendientes de ella, se movía con una gracia inusual, con una sonrisa triunfadora en su bello y pálido rostro. Y de la mano arrastraba a su hermano. El corazón se me paró por momentos, pensé que me había dado otra parada cardiaca, pero enseguida volvió a latir de forma frenética. Tuve que llevarme la mano a la boca y ahogar el grito que pugnaba por salir de mi garganta. El señor Cullen era un calco de Edward, porque ya había superado eso, él estaba muerto y no se me iba a presentar en ningún lado. Aprecié sutiles diferencias, sus ojos eran de un color ocre intenso, rayando el dorado. Su piel era mucho más pálida, su cuerpo estaba mucho más contorneado, los músculos más marcados. Y su pelo, su pelo era del mismo tono cobrizo, más cortito, pero con el mismo despeinado más que peinado. ¿Era éste el chico que vi, tanto en el aeropuerto como en la universidad de Denver?
 Mientras ambos hermanos avanzaban para tomar asiento sus ojos repararon en mí, y su rostro cambió como del día a la noche. Su mandíbula se tensó y su mirada se hizo más penetrante, aquella mirada oscura que tan bien recordaba de Denver, tan intimidatoria que me hizo bajar los ojos. Al bajarlos pude ver cómo volvía a coger la mano de su hermana y la apretaba con fuerza. Se sentaron un par de filas por delante de mí y la profesora empezó con su clase sin más interrupciones. No me enteré de nada, no pude apartar la mirada de su espalda, de su cuello y de su cabello. El mismo nacimiento del pelo desviado a la derecha, con el mismo lunar en el cuello a la izquierda, igual que Edward. Al acabar la clase fueron los primeros en salir. Yo me quedé de los últimos, recobrando fuerzas suficientes para poder levantarme e irme. Salí del aula y al final del pasillo vi a Ben, me saludó con la mano y se me acercó.

- ¡Eh Bella! Angela me ha mandado a por ti, ella va a tardar un rato. ¿Vamos a la cafetería y la esperamos allí?
- Vale, vamos.
- ¿Estás bien? Te noto algo pálida. Ni que hubieras visto un fantasma.
- Estoy bien no te preocupes, no es nada.

   Entramos en la cafetería donde vi a Mia haciéndonos señas para que nos sentáramos con ella. Ben consultó su reloj y viendo que a Angela le faltarían unos diez minutos, decidimos esperarla para almorzar todos juntos. Mientras Mia y Ben hablaban animadamente yo observaba el ambiente a mí alrededor, la cafetería de la biblioteca era desde luego la más concurrida. En una de las mesas del fondo descubrí a la chica, Alice creo recordar que se llamaba, sentada con un chico rubio, igual de pálido que los hermanos Cullen. Y cuando me fijé en él, ¿no era el chico rubio que en la universidad de Denver iba con el clon de Edward? Pasé varios minutos observándolos, creía que pasaba desapercibida, pero de pronto los dos repararon en mí a la vez, cuatro ojos dorados se posaron en los míos. Cuatro ojos llenos de interrogantes y curiosidad. Aparté la mirada hacia la puerta bruscamente, justo a tiempo para ver a Angela entrar por ella y dirigirse hacia nosotros. Me sonrió y le devolví la sonrisa mientras veía cómo detrás de ella entraba él, el Cullen que faltaba. La sonrisa se me borró de la cara, y él al verme se paró en seco y me observó durante un par de segundos con aquella mirada oscura, inquieta. Dio media vuelta y salió de la cafetería. Mientras Angela llegaba a nuestra mesa y nos saludaba pude ver a su hermana salir corriendo detrás de él.
   No volví a verlos hasta la última clase, la de economía política con la profesora Higgins. Fui de las últimas en entrar a clase, y ahí estaban los dos hermanos sentados en primera línea. Me miraron brevemente cuando entré. Aparte de las sillas de la punta atrás, la única libre estaba inmediatamente detrás de él a su derecha, preferí sentarme allí, atrás era imposible seguir la clase. Nada más entrar la profesora reparó en él, de vez en cuando se paraba a comérselo con los ojos descaradamente. Pidió un voluntario para explicarnos un concepto, y haciendo caso omiso a los más de veinte chicos que se habían ofrecido le pidió a él que le ayudase. Al principio se negó, pero no tuvo más remedio que salir. Resopló, se puso de pie y se remangó las mangas de la camiseta, y pude apreciar en su antebrazo derecho que tenía una cicatriz en forma de L. Edward tenía en el mismo sitio una cicatriz idéntica, se la hizo en el lago el primer verano que pasamos juntos. Empecé a hiperventilar, el lunar, el nacimiento del pelo, la cicatriz. Y mientras mi cabeza empezaba a delirar, oí a la profesora preguntarle por su nombre:

- Edward.

   En ese momento alcé la vista y lo miré, él estaba mirándome, y me desmayé en mi silla. A lo lejos oía voces a mi alrededor, una de esas voces resaltaba entre las demás, una voz con cierto deje familiar, demasiado familiar, pero diferente, una voz distinguida y segura de sí misma que pedía un poco de espacio para mí para poder respirar. Noté algo frío y duro, a la vez que suave en mi frente, me alivió bastante, y  cuando abrí los ojos me vi rodeada por sus brazos, era su mano lo que tenía en mi frente, la retiró al instante en cuanto me vio abrir los ojos. Su cara a treinta centímetros de la mía, sus ojos dorados con una sombra violácea debajo se posaron en los míos, y su voz preguntándome si me encontraba mejor. Miles de sensaciones me invadieron, sentimientos contradictorios, y emociones enterradas en lo más profundo de mi corazón afloraron. Mi cuerpo se estremeció, y de lo único que fui capaz fue de agarrarme con fuerza a su camiseta y ocultar en su pecho mi rostro, en el pecho de mi Edward, no ansiaba nada más de la vida. Noté cómo su cuerpo se tensaba al contacto con el mío, pero lejos de alejarme me levantó en peso. Oí una voz tan distinguida como la suya, pero femenina, cantarina, hablando con la profesora de mí, me había desmayado. La profesora los instó a que me sacaran de su clase, y así lo hicieron. Mi cuerpo voló en dirección a la calle y noté cómo me sentaba en un banco, tuvo que soltar mi mano de su camiseta. Abrí los ojos y me encontré mirándome a la tal Alice y a su hermano Edward. Ella me habló primero.

- ¿Estás mejor?
- …Sí, aquí fuera puedo respirar aire fresco. Gracias.
- ¿Te llevamos a la facultad de medicina?
- ¡No! Estoy ya bien, no hace falta.
- De todas formas descansa aquí un rato, nos quedaremos contigo hasta que estés bien.

   Él se había quedado un par de metros detrás de su hermana, pero no apartaba su vista de mí. No podía dejarlo correr, así que reuní fuerzas suficientes para poder levantar la mirada, encararlo, y lo más tranquilamente posible le dije:

- ¿Podemos hablar tú y yo un momento a solas, Edward?


1 comentario:

Iris Martinaya dijo...

Ay, que primer encuentro!! No me lo esperaba así, y ella ha llegado enseguida a la conclusión de que es él, cualquier otra se pensaría que esta loca. Aunque bien pensado, su cuerpo nunca apareció no? todo es posible.

Voy a tomarme un café y a por el que me queda.

Besos