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18/1/12

BUSCANDO UN SUEÑO:15º.- No eran visiones, era él



Capítulo 15: NO ERAN VISIONES, ERA ÉL


No he tenido nada que perder durante mucho tiempo,
La herida se abre, pero duele por dentro.
Es intentar quedarme siempre con lo bueno,
Y duele, duele, el dolor es mi terreno…
Voy sin freno, haciendo lo que creo que es conveniente,
Eran malos tiempos, pero, aprendí a odiarte.
El miedo, perdí tantas ocasiones,
Que lloro, pero rendirse es de cobardes.
Es una tierra donde la esperanza es lo que queda,
Abandonarla, prenderle fuego a los problemas,
Sentir que la suerte por fin está de tu lado.
Las palabras son la flecha, la música el arco,
Disparo, pero mis palabras son de plástico,
Te juro que el diablo tiene cara de simpático.
Es increíble como se pasan los años,
Creo que era feliz y no puedo recordarlo. *


BELLA


   No me lo podía creer. Definitivamente estaba vivo. Era él. De alguna manera su cuerpo había cambiado sutilmente, pero era él, me lo había confirmado abiertamente. Y sus placas del ejército colgando de su cuello, con su nombre, su verdadero nombre. Las lágrimas corrían por mi cara ya sin consuelo ninguno, necesitaba alejarme de allí, de él. Me levanté del banco y me fui, después de gritarle que era un egoísta. Y no pude evitar en el último momento girarme y volver a gritarle que se quitara esas lentillas que ocultaban sus maravillosos ojos verdes. ¿Tan tonta me creía como para no reconocerle por unas simples lentillas? Esa estupidez fue la que colmó el vaso. 
 Casi corriendo llegué a la puerta del aula, la clase con la profesora Higgins ya había acabado. El aula estaba vacía, mis cosas permanecían en mi sitio tal como las había dejado momentos antes del desmayo. Entré tropezando con todo lo que se ponía a mi paso, pero al fin pude llegar hasta mis cosas, las recogí y salí de allí. Ni me atreví a mirar en la dirección de donde lo había dejado. No. Necesitaba salir de allí, huir nuevamente.
 Me dirigí a casa sin esperar a nadie. A lo lejos en la puerta de la biblioteca estaba Ben, ni tan siquiera lo vi mientras me llamaba, agitando la mano para llamar mi atención. No quería permanecer ni un segundo más en el campus. Estando en la parada del autobús mi móvil sonó, era Angela. No quería hablar con nadie, pero de sobra sabía que no dejaría de llamarme hasta que no se lo cogiera, así que le mandé un mensaje “no me encuentro bien, voy a casa”. Por lo menos dejó de llamarme en cuanto lo leyó. Subí al autobús, había varios asientos libres y pude sentarme. Coloqué mi bolso con los libros en mi regazo e inclinándome hacia delante hasta apoyar la frente en el respaldar del asiento delantero, lancé un hondo suspiro lleno de dolor. Notaba los ojos hinchados, picaban, seguro que los tendría de un bonito color rojo de llorar, como en tantas ocasiones por culpa de él. Las lágrimas volvieron a caer silenciosamente por mis mejillas. No era el momento ni el lugar, las paré como buenamente pude; esperaría por lo menos hasta llegar a mi habitación para empezar otra vez con mi tormento.
 Entonces noté cómo una mano se apoyaba en mi hombro, y una voz familiar me preguntó si me encontraba bien. Me sobresalté, de golpe abrí los ojos y me reincorporé en el asiento. Limpié los restos de las lágrimas con mi mano y vi de quien era esa voz conocida. En mitad del pasillo, con una mano apoyada en uno de los respaldares de los asientos y la otra aún en mi hombro estaba el profesor Uley. Su voz, al igual que su físico, eran inconfundibles.

- ¿Se encuentra bien señorita?
- ¡¿eh?! ¡Oh!... sí,… no se preocupe profesor Uley.

No quería llamar más su atención, no obstante él no se quedó muy conforme e insistió. En su mano vi un cleenex, que me ofreció para limpiarme las lágrimas. Lo cogí, mientras se lo agradecía con el simulacro de una sonrisa, que no dio mucho resultado. Volvió a apoyar con cierto recato su mano en mi hombro.

- ¿Seguro que se encuentra bien?
- Sí, algo cansada, pero estoy bien.
- Usted está en una de mis clases, ¿cierto?
- Así es, en derecho civil.

Me miró sin decir nada más con sus profundos ojos negros, cargados de la sabiduría de su pueblo, durante un minuto demasiado largo. Había en esos ojos cierta inquietud y preocupación, no sé si por mí. Al fin una cortés sonrisa se dibujó en su rostro, quitó de mi hombro su mano que aún mantenía ahí, se incorporó en mitad del pasillo, y me habló.

- Bien señorita…
- Swan, Bella swan.
- Señorita Swan, espero verla mañana en mi clase, y con ganas de aprender.
- Ahí estaré profesor.
- buenas tardes, y descanse.
- Buenas tardes.

   Lo vi alejarse por el pasillo hacia el fondo del autobús, donde se sentó en uno de los asientos libres. Limpié mis doloridos ojos con el cleenex, arrastrando el escaso maquillaje que aún quedaba corrido por mi cara. Volví a apoyar momentáneamente la frente otra vez en el asiento delantero, intentando recuperar algo de compostura para poder bajar del autobús, mi parada era la próxima. Respiré profundamente varias veces, y llegamos a mi parada. Antes de levantarme cogí con fuerza mi bolso, solo me faltaba que se me cayera todo en medio del autobús. Al pasar por al lado del profesor, que me observaba con una extraña mirada, le di nuevamente las gracias a modo de despedida. Bajé rápidamente y me dirigí a casa, a mi habitación. A un lugar seguro donde poder esconderme, desahogarme, y trazar un nuevo plan de huida.
   Ya en mi habitación me tumbé en la cama boca arriba mirando el techo. ¿Qué es lo que había hecho mal en mi vida para estar así de jodida? Él no solo estaba vivo, también presumía de ello, sin importarle que su padre muriera por su causa, su madre estaba destrozada, y yo,... Yo no le importaba nada, no fue capaz de decirme el por qué de todo esto. Un simple “lo siento” fue la única respuesta que obtuve por más de dos años de dolor, de un sin vivir del que estaba empezando a salir ahora. Precisamente ahora que él se había vuelto a cruzar en mi camino. No eran lágrimas de dolor las que ahora resbalaban por mis mejillas, eran de rabia, ¿tan poco había significado yo para él?
Me levanté de un salto de la cama, encendida de rabia, y me dirigí a mi maleta. En uno de los bolsillos interiores hallé esa pequeña caja forrada de satén negro que contenía mi más preciado tesoro, hasta este día. Con la rabia que tenía contenida la cogí y la tiré con todas las fuerzas de mi alma contra la pared. La cajita saltó en dos trozos y el anillo salió volando para esconderse debajo del escritorio. Me senté en la cama, sollozando. Tocaron con los nudillos a la puerta, me sobresalté, creía estar sola en el piso, pero no era así.

-Adelante.

Dije con voz contenida, pensando que era Angela, que ya habría regresado de la universidad. Era Mia.

-¿Bella?
-… ¡Mia! Creía que no había nadie. Te habré asustado.
- Un poco, yo también creía que estaba sola. ¿Qué ha sido ese ruido?

Preguntó mientras entraba, y al dar un paso tropezó con uno de los trozos de la cajita. Echando el pie atrás evitó pisarlo para no romperlo, se agachó a recogerlo, lo observó, y se acercó a la cama con él en la mano. Me hice a un lado para hacerle sitio mientras la invitaba a sentarse, no tardaría en pedirme una explicación.

- ¿No será esto la tapa de la caja de un anillo?

Asentí con la cabeza, sin apartar la vista del suelo.

- ¿Un anillo de compromiso tal vez?
- Más o menos.
- Más o menos no, o lo es o no lo es.
- Es una historia muy larga y enrevesada Mia.
- Es de Edward, ¿verdad?

Levanté la cabeza de golpe, mirándola con sorpresa.

- El maldito Edward que no te deja dormir, ni a ti ni a nosotras.

Asentí nuevamente con la cabeza. A Mia tampoco la dejaba dormir con mis gritos y mis pesadillas. Levantó la mano y con fuerza tiró contra la pared los restos de la cajita que había recogido del suelo. Rebotó aleatoriamente y cayó cerca de nosotras.

- ¡Está visto que todos los hombres son iguales! Todos van a lo mismo, a hacernos daño, a aprovecharse de nosotras, y después, ¡si te he visto no me acuerdo!

Mia rompió a llorar abrazándose a mí. Me pilló totalmente desprevenida, pero no dudé ni un segundo en consolarla, dejándome llevar por sus sentimientos yo también empecé a sollozar nuevamente. Acabamos las dos echas un mar de lágrimas. Tener a alguien así de cerca con quien poder exteriorizar todo lo que llevaba dentro, con quien poder compartir los cleenex, me hizo bien. Poco después se calmó y me contó que su novio, uno de los médicos del hospital, la había dejado, confesándole que estaba casado, tenía tres hijos, y no iba a dejar a su esposa por una aventura. Yo más o menos le conté que ese Edward de mis pesadillas no lo había visto desde hacía dos años (que era cierto), y que me lo había encontrado aquí:

- Le habrás pedido alguna explicación, ¿no?
- Claro que sí.
- ¿Y?
- Lo único que me ha dicho es que lo siente.
- ¿Qué lo siente? ¿Así? ¿Sin más?
- Un simple lo siento es la única explicación que me ha dado.
- …y con un anillo de compromiso de por medio. ¡Hombres! ¡Todos son iguales! ¡Unos cerdos!
- Sí.

No podía decirle otra cosa. ¿Que él había muerto hacía dos años en un accidente de avión? Inverosímil.

- Pues mañana cuando lo veas, has de ponerle los puntos sobre las íes. No te dejes avasallar  por ese tipo. Ningún hombre merece tus lágrimas cielo.
- Ni las tuyas tampoco, ¿OK?
- Tranquila, al doctorcito lo he puesto en su sitio esta tarde. Nunca me he dejado pisotear por un hombre, y éste no va a ser el primero. Pero duele.
- Eso es lo malo Mia, que duele.

Nos echamos a reír amargamente, limpiando nuestras lágrimas.

- Y ahora tú y yo nos vamos de fiesta, para remojar las penas. Te invito a cenar primero, y tú después me invitas a una copa.
- Te lo agradezco, pero no puedo salir de copas entre semana. Tengo mucho trabajo atrasado.
- ¡Anímate chica! Por una noche no pasa nada. Y las dos lo necesitamos.
- No puedo, en serio. Si quieres lo dejamos para el fin de semana, pero hoy no.
- ¿No te irás a meter en la cama a llorar por ese imbécil?
- ¡Por supuesto que no! Ya lo he llorado bastante durante estos dos años.
- ¡Ni una lágrima más Bella! ¡Prométemelo!
- Te lo prometo. No más lágrimas.
- ¡Bien! Yo voy a llamar a unas compañeras de la facultad a ver si se animan.
- De acuerdo.
- No ocupes el baño, he de ducharme, ¿vale?
- Descuida, no lo haré.
- Y gracias por escucharme Bella. Eres una de las mejores compañeras de piso, y amiga, que he tenido.
- Gracias a ti.

   Grácilmente se incorporó de mi lado, y para despedirse me pellizcó el moflete como si fuera una niña. Antes ese gesto me disgustaba enormemente, pero en esa situación hasta me hizo gracia. A pesar de ser tan sofisticada y superficial, Mia tenía su corazoncito. Su compañía me había hecho ver las cosas de otra forma. No tenía por qué huir de aquí, estaba muy a gusto con ellas, la ciudad me encantaba, y la universidad era de las mejorcitas del país. Me levanté de la cama y empecé a dar pequeños paseos por la habitación, pensando en todo lo acontecido ese día. Con la decisión tomada de no irme de aquí, le di un puntapié  a los restos de la cajita que aún se encontraba en el suelo, yendo a parar debajo de la cama. Mañana, en cuanto lo viera le pediría explicaciones, y por supuesto le dejaría bien claro que no quería ningún tipo de relación con él.

 Aquella noche soñé con él. Pero esta vez era un nuevo sueño. El escenario principal de la mayoría de mis sueños era la playa del lago, y allí me encontraba, paseando por la orilla cuando noté la presencia de un animal acechándome. Su respiración a mi lado, y un olor como a carne podrida, intenso, desagradable, es lo único que podía captar del animal que me acechaba entre la oscuridad. En un momento dado del sueño noté el aliento del animal sobre mi nuca, helado como si una brisa glacial me diera de lleno. Y al girar la cabeza en el último momento vi a Edward, él era el animal que me acechaba, con esa mirada negra, vacía, clavada en mí. Y como siempre, desperté bruscamente llamándolo a él.
  Angela entró momentos después en mi habitación, me encontró sentada en la cama, empapada en un sudor frío, hiperventilando. Me acunó como hacía mi madre en esos casos, consolándome. Entre sus brazos volví a quedarme dormida, esta vez profundamente, sin sueños. Por la mañana mientras desayunábamos las dos solas, Mia volvió a casa casi al amanecer, le di todas las explicaciones que me pidió, estaba preocupada por mí. También le expliqué por qué la tarde anterior dejé el campus sin decirles nada. El pobre Ben estuvo corriendo detrás de mí, pero al final me perdió. Si todos los hombres fueran como él desde luego que Mia y yo no estaríamos así. Angela me vino a decir lo mismo que Mia, que no me dejara pisotear por él y que le dejara las cosas claras.


* “La herida se abre”

1 comentario:

D. C. López dijo...

Hola guapa!, vengo a decirte k tienes el puesto libre para hacer el final a la historia "Cazada", ppor cierto... gracias por ofrecerte!.

Espero k no t demores mucho en entregarme tu participación, jejeje.

A todo esto, k tal te va?, espero k bien y k siga así.

Saludos guapa y hasta otra!, muak!