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30/1/12

BUSCANDO UN SUEÑO:18.- Mi pasado




Capitulo 18: MI PASADO



EDWARD


   Nadé en dirección noroeste en busca del continente, alejándome al máximo de la isla y de Tanya, pues las ganas de volver y arrancarle la cabeza cada vez crecían más en mi interior. La impotencia y la rabia se mezclaban en mi pecho a partes iguales, ¿cómo había osado romper la carta? Eso jamás se lo perdonaría, desde este momento habría en nuestra relación un antes y un después. Jamás volvería a confiar en Tanya.
Por lo menos me quedaba su imagen, tan sugerente, grabada en mi retina, de donde jamás la podría sacar. Esa imagen suya en la foto, una foto que me mandó para que la recordara mientras estaba alejado de ella. Y también tenía su nombre, Isabella M. Swan. Mientras nadaba la idea de volver a Chicago se fue gestando en mi cabeza. Necesitaba saber todo de ella, y el mejor sitio donde podría encontrar esa información era allí. Estaba decidido, cambiaría mi billete de avión a Seattle por uno a Chicago, a ver qué podía averiguar de ella, y en cuanto tuviera esa información volvería a Seattle a buscarla e intentar que me perdonara. No quería perderla otra vez.


En mitad de la noche llegué a tierra. A lo lejos vi las luces de lo que sería alguna ciudad. Debía apresurarme y aprovechar lo que quedaba de oscuridad para llamar desde cualquier teléfono a Emmet. Tan solo llevaba encima unas pocas monedas en los bolsillos, y eran dólares, debería cambiarlos por reales. Al adentrarme en la ciudad me di cuenta que era Caravelas. En la parte baja de la ciudad estaban los complejos turísticos, a lo largo de la bahía. Más alejadas, en las zonas más inaccesibles estaban las viviendas de los habitantes permanentes; que en su mayoría eran pescadores, mineros y peones. El contraste entre ambas partes de la ciudad era abrumador. Encontré una tienda abierta las 24h en lo que parecía el límite de ambos ambientes, y allí pude cambiar los dólares por reales. Salí perdiendo en el cambio, pero necesitaba llamar a Emmet y conseguir que me trajera mi cartera, donde llevaba toda mi documentación, y mi móvil. En la misma calle de la tienda había una cabina, y tuve suerte al ver que me daba línea. Marqué el móvil de Emmet. Tragué saliva sabiendo la que me esperaba, a saber qué les habría contado Tanya. Pero lo que más temía era interrumpirlo si estaba en mitad de algo con Rosalie, eso sí que era de temer.

- ¿Emmet? Soy yo,…
- ¿Se puede saber dónde te has metido? ¿Qué le has hecho a Tanya?
- Pregúntale mejor qué me ha hecho ella a mí.
- Está que se sube por las paredes. Dice que la has rechazado de la peor manera posible, que la has humillado, y la has lastimado.
- Emmet, aunque no te lo creas, es ella la que me ha humillado intentando forzarme.
- ¿Tanya ha intentado forzarte? ¡Guau! No me lo puedo imaginar. Me hubiera gustado estar ahí para verlo.
- ¡No estoy para tus bromas! Necesito que me hagas un favor. ¿Puedes traerme mis cosas al aeropuerto de Río?
- Imagino que sí, total, Tanya ha acaparado a Rosalie, y creo que va para días. Y que sepas que eso significa que te has ganado una dura enemiga.
- Por favor tráeme mis cosas y te explico lo que ha pasado mientras espero a que salga mi vuelo.
- ¿Vuelves a casa?
- No. Voy a Chicago.
- ¿Y eso?
- Luego te lo explico.
- ¡OK tío! Salgo para allá con tus cosas ahora mismo.
- Por favor, no le digas a nadie a dónde voy.
- Vale, pero ya son dos las que me debes.
- Lo que tú quieras.

  Colgué y rápidamente salí de la ciudad, debía moverme a la velocidad de la luz si quería llegar a Río antes del amanecer. Y tenía que alimentarme por el camino, debía aguantar un vuelo de varias horas encerrado en un avión y rodeado de humanos.
  Mientras esperaba sentado pacientemente a que Emmet apareciera con mis cosas, intentaba ponerle orden a mi cabeza. Debía buscar toda la información posible de Bella, y como siempre, debía llevar cuidado de que nadie que me conociera me viera. Por lo tanto el bufete de abogados de mi padre lo tenía que descartar. Unos pensamientos socarrones en mitad de los pasillos de los asientos de los pasajeros que esperaban me sacaron de mis dilemas, ahí estaba Emmet.

- ¡Ey hermanito! Ya estoy aquí. Toma tu cartera, tu móvil, y nuestros billetes en primera con destino a la ciudad del viento.
- ¿Nuestros billetes?
- Sí. A la vez que he cambiado el tuyo he sacado otro para mí. Quiero acompañarte, Rosalie ya se ha marchado con Tanya a no sé donde, y para quedarme solo en la isla, me apunto aunque sea a Chicago con mi hermanito “el aburrido” Edward.
- Vaya, gracias.
- Un placer. Por lo menos se te hará el viaje más entretenido. Y me muero de curiosidad de ver si esa humana que dice Tanya que te ha vuelto loco merece la pena.
- Emmet no vamos a verla, vamos a ver qué averiguo de ella.
- En tu ciudad natal, preguntando a personas que te pueden reconocer. Te voy a hacer falta.
- ¿Harías eso por mí?
- ¡Claro! Eres mi hermano favorito.
- Sí, Edward “el aburrido”.
- Anda que te lo crees todo. Nuestro avión sale en unos minutos, vamos o lo perderemos.

Hay un tipo que me ha dicho que sabe de alguien que ha visto
En la parte baja de la gran ciudad
Algo más que parecido a un corazón mal herido
Intentando averiguar dónde estarás. *

En el mismo aeropuerto alquilamos un coche para movernos por Chicago. Conforme me movía por la ciudad la iba recordando. Mi memoria volvía cada vez más rápidamente conforme iba descubriendo mi pasado. Y las calles, los edificios, los parques, hasta varias cafeterías y restaurantes del puerto, y tiendas de La Milla Magnífica empezaban a serme familiares. Yo ya había estado en todos estos sitios, con ella de la mano paseando de compras, tomando un café distraídamente, o invitándola a cenar para después ir a bailar a nuestro pub favorito,… el Jass Showcase; ahora lo iba recordando todo. Miraba entre las calles y los lugares, buscando esos que se iban dibujando en mi mente, intentando recordarla allí junto a mí, intentando recuperar algo de aquellos días felices junto a ella que mi mente borró.

He buscado por las calles donde fuimos más que nadie
Con temor a comprobar mi soledad
Otra historia como tantas que se pierde en la distancia
Del camino recorrido tiempo atrás. *

Era a primera hora de la mañana y la ciudad despertaba lentamente. El sol brillaba, así que nos limitamos a dar vueltas por los alrededores del bufete de abogados. El plan era que Emmet se presentara allí preguntando por Bella, porque sería demasiado que preguntara por mí o mi padre. Al cabo de dos horas la sombra ya daba lo suficiente para que pudiera bajar del coche y entrar tranquilamente al edificio. Yo lo esperaría dando vueltas por la calle con el coche. A los diez minutos lo vi salir del edificio, y mientras me aproximaba para recogerlo pude leer en su mente que allí nadie sabía nada de Bella. El socio de mi padre no estaba, y tan solo pudo hablar con una recepcionista y una secretaria, cuyas caras veía en los pensamientos de Emmet, no las reconocía. Desilusionado puse rumbo a la universidad, en la facultad de derecho tendrían que saber de ella sin más remedio. El mismo plan, pero esta vez por lo menos trajo algo de información, aparte del número del móvil de cuatro chicas. A Emmet le encantaba flirtear cuando no estaba Rosalie cerca, aunque nunca pasaba de eso. Enseguida se deshizo de los números, si Rosalie los llegaba a descubrir lo mataría de una paliza. Así pude saber que ella había cursado allí primero de derecho. Llegó a matricularse en segundo, pero ni siquiera lo empezó, fue por las fechas del accidente aéreo. Intentó conseguir su dirección pero no se la dieron, la política de privacidad  de los datos personales de los alumnos de la universidad prohibía darlos a cualquiera. Preguntó por mí también, y le dijeron que yo había cursado allí los tres primeros años de derecho.
Salimos de la universidad sin rumbo fijo, y al pasar frente a Lincoln Park decidimos parar por allí bajo la sombra de unos árboles para hacer tiempo, quería pasar por mi casa otra vez, y para ello esperaríamos a que cayera la noche. A última hora de la tarde, mientras Emmet ligoteaba con una morena de ojos azules, sentí en mi mente la presencia de alguien conocido. No sabía quién era, pero me era muy familiar. Me concentré en esos pensamientos, era una mujer metida ya en los sesenta. Estaba a un lado de la entrada al Elks Veterans Memorial, delante de una placa grabada con decenas de nombres. Me acerqué, siempre protegido por la sombra, y pude ver que esa placa era en memoria de los soldados de la ciudad caídos en acto de servicio. La sorpresa fue mayúscula cuando a través de los pensamientos de esa mujer advertí que, depositando unas flores al pie del monumento, se fijaba, afligida, en dos nombres en concreto. Uno, D. Hawk, no lo conocía en absoluto, pero el otro lo conocía de sobra: E. A. Masen JR., mi nombre. Su mente era un lamento de dolor, primero estuvo recordando vivencias con un tal Douglas, era su hermano, caído en Irak. Después empezó una muda letanía de recuerdos conmigo, ¡me conocía! Sus lágrimas se le saltaron al recordar a un niño de pelo cobrizo, ojos verdes muy grandes y expresivos, y piel algo pálida bombardeándola a preguntas en una enorme cocina sobre todos los ingredientes y alimentos que iba utilizando. Una sonrisa se perfiló en su cara mientras recordaba las palabras que le decía a aquel niño que la entretenía en sus labores:
“-¡Por el amor de Dios! ¡Señorito Edward!, o me deja hacer la cena, o su padre me despide hoy mismo si llega con esos invitados tan importantes a cenar, y no la tengo lista.
-¡Pero por qué vas a cocinar esos patos!
-Ya le he dicho que no son patos, sino faisanes, y están muy ricos.
-¡Son patos! ¡Yo no voy a comer pato! ¡Por favor Maggy no los cocines!
…”
¡Maggy!. Era Maggy, su recuerdo vino a mi mente al oír su nombre, toda mi vida humana la pasé aprendiendo cosas de la vida de la mano de la empleada del hogar de mi familia. Y ahí estaba ella recordándome como si fuera un hijo suyo.

- ¡Emmet! ¡Ven, rápido!
- ¿Qué pasa tío?
- Aquella mujer trabajaba en mi casa, me conocía. Acércate y haciéndote pasar por amigo mío, pregúntale por Bella.
-¿Estás seguro?
-Sí, por favor. Ella es la única persona que puede decirnos algo de Bella. Con que tan solo lo recuerde me basta, yo lo veré en su mente.
- De acuerdo hermanito, veamos qué podemos sacar de todo esto.

Emmet se acercó, fingiendo buscar un nombre entre los allí grabados, y así, casualmente, iniciar una conversación con Maggy:

- …veamos dónde estás amigo… los caídos hace dos años,… E… E… ¡E. A. Masen! ¡Aquí estás Edd!
- Perdone joven, ¿Conocía usted a Edward Masen?
- Sí señora, fuimos compañeros en la universidad. Una tragedia lo que le pasó.
- ¡Y que lo diga! Tan joven, con toda una vida por delante, y con unos padres que lo querían muchísimo.
- ¿Lo conocía usted?
- Sí. He servido en su casa durante veinticinco años, llegué al hogar de los Masen incluso antes de nacer él.
- ¡Oh, vaya! Entonces era como de la familia.

Por la cara de Maggy caían ya unas tristes lágrimas, mientras que por su cabeza veía pasar una serie de recuerdos, desde el día que nací, cuando ella fue al hospital a ver a mi madre y a conocer a… ¡a los mellizos! Tuve una hermana que murió pocos días después. Las emociones de Maggy me invadieron, estaba a unos treinta metros de ellos, detrás de un árbol, y me dieron unas ganas enormes de ir hasta ella y abrazarla para consolarla. Me confirmaba nuevamente que llegó a quererme como a un hijo. A través del rápido repaso mental que hizo de su estancia en mi casa pude ir viendo y recordando mi vida. Mi más tierna infancia, cómo me fui haciendo mayor, la adolescencia, la primera vez que llevé a mi novia, a Bella, a casa para presentársela a mis padres, cuando entré en la universidad, y el día que se enteraron en casa que me había alistado en el ejército.

- Prácticamente. Los Masen eran muy buena gente, y el señorito Edward se hacía de querer allá donde iba.
- La pérdida de Edd debió ser un golpe muy duro para sus padres.
- Más de lo que se pueda imaginar. Su padre murió de una angina de pecho semanas después, y su madre no parece ni la sombra de la mujer fuerte y altanera que fue.

Los recuerdos de los últimos días de mi padre me golpearon la cabeza, y lo peor fue lo sola que quedó mi madre, demacrada por el dolor de haber perdido a su hijo y su marido en pocas semanas. Caí de rodillas al suelo, apoyando mi cabeza en el tronco del árbol, mientras mis manos agarraban unas piedras del suelo que luego caían otra vez a él echas polvo escurriéndose entre mis dedos. Cuánto dolor les causé a los tres por mi maldito capricho de querer ser soldado. Jamás me lo perdonaría, jamás.

 Y, ¿Dónde lo conoció usted?
- En la facultad de derecho, era muy buen compañero.
- Y un estudiante brillante.
- ¿Usted podría decirme dónde puedo encontrar a Bella, su novia? Éramos buenos amigos y le perdí la pista hace años, si pudiera darme la dirección de su casa se lo agradecería.

Al nombrarla, Maggy la recordó con ternura, le daba mucha pena todo el dolor que tuvo que pasar a raíz del accidente. Una serie de recuerdos vino a su mente, donde los protagonistas éramos Bella y yo, en el salón de casa peleando por unas palomitas, en mi habitación estudiando, en la cocina comiendo los tres juntos, en el garaje discutiendo por mis coches,… todos y cada uno de esos recuerdos me golpeaban la cabeza y el corazón, removiendo mis propios recuerdos; ahora iba recuperando todos esos momentos vividos a su lado en primera persona. Cuánto amor habíamos derrochado el uno por el otro, y todo estaba ya perdido por mi culpa. También recordó la última vez que la vio, un año después. Mi madre la llamó para darle unos papeles. Ver la imagen de Bella llena de dolor, cuando la recibió, me encogió el corazón; tanto como la imagen de mi madre los últimos meses que pasó en casa.

Y así pasen tantos años como dedos de las manos
Seguiré pensando que me merecí
La oportunidad perdida que no me diste mi vida
Aunque sepa que mi parte no cumplí. *

- La señorita Bella después del accidente se mudó a Denver con su padre, supongo que allí vivirá.
- ¡Ah!, ¿ya no vive aquí en Chicago?
- No.
- ¡Qué pena! Me hubiera gustado pasar a saludarla, ¿dónde vivía exactamente?... ya no lo recuerdo.
- Vivía con su madre y su segundo marido en uno de los residenciales al este de la ciudad, pero no sé exactamente en cuál.
- Bueno, si ella ya no vive allí, tampoco importa ya mucho.
- Si me disculpa joven, he de irme ya.
- ¡Cómo no señora! Ha sido un placer haberla conocido. Buenas tardes.
- Y a mí me ha alegrado ver que el señorito Edward tenía buenos amigos que aun se acuerdan de él. Buenas tardes.

Maggy se alejó cabizbaja en dirección a la parada del autobús que había al otro lado de la calle, su cabeza era un hervidero de recuerdos de los años vividos en mi casa, unos recuerdos que para mí eran un valioso tesoro, eran recuerdos de mi vida humana, aquellos que por el accidente, y mi posterior conversión yo ya no tenía. Emmet se aproximó a mí, aun estaba de rodillas en el suelo, detrás del árbol. Apoyó su mano en mi hombro para darme ánimos, mientras en su mente me decía que sería mejor volver a casa, aquí ya no íbamos a sacar más información de Bella. Asentí con la cabeza mientras me incorporaba, y mirándolo sinceramente a los ojos le di las gracias a mi hermano, sin él no habría podido obtener jamás todo lo que ahora sabía de mi pasado.

Ten fe en mí, ten fe en mí
No me pidas ser un ángel pues soy solo lo que ves
Ten fe en mí, ten fe en mí
Donde quieras que tú estés yo estaré allí. *

Cruzamos la ciudad hacia el aeropuerto, y al pasar por los suburbios marginales del sur de la ciudad, en un semáforo, de repente alguien me tocó con los nudillos en el cristal. No lo sentí acercarse al coche por lo abstraído que estaba con todo lo acontecido esa tarde en Lincoln Park. Al mirar me encontré a un tipo malencarado de casi dos metros de altura. En su turbia mirada se adivinaba el efecto de sustancias alucinógenas, y en su aliento el alcohol. Se agarró con sus dos manazas al cristal de la ventanilla, a medio subir, intentando así retener el coche.

- Yo te conozco, eres el amigo ese ricachón de Eric.
- Te equivocas, no conozco a ningún Eric.
- Pero, ¿Tú no estabas muerto?
- Creo que te has confundido, y no me extraña con toda la mierda que llevas en el cuerpo.
- No tío, Ray no olvida nunca una cara. Me acuerdo perfectamente de ti y de tu novia. Tenéis una cabaña en el lago cerca de Milwaukee. Muy bonitas, por cierto.

En su cabeza se fue perfilando una imagen borrosa de una cabaña a orillas del lago, una playa con un embarcadero que me resultó muy familiar, era el embarcadero de la foto. Esas visiones duraron poco al ser  sustituidas por unas en las que aparecía Bella, primero en la cabaña, se notaba que el tipo le había echado allí el ojo. Las visiones que vinieron después fueron ya en otro sitio, en otro ambiente. Vi una jeringuilla de por medio, una destartalada cama, con Bella en el centro, más que indispuesta.

- ¡Ay! ¡Tu novia tiene un polvazo!
- ¡¡¿Qué?!!

El muy malnacido seguía recordando con bastante agrado aquella escena, cómo le arrancaba sus ropas con lascivia. Ella apenas si se movía, simplemente se dejaba hacer, como si fuera una muñeca de trapo. Abrí la puerta del coche de un golpe, empujándolo hacia atrás, cayó al suelo. Lo agarré del cuello, el tipo no tenía fuerzas ni para defenderse, aunque de poco le habría servido.

- ¡¡Calma tío!! Se suponía que tú estabas muerto, y… ella muy necesitada, por eso acudió a mí.

Lo estampé con fuerzas contra la pared de enfrente, sin soltarlo del cuello. El hijo de puta recordaba cómo, una vez la había despojado de su ropa se colocaba encima de ella y la violaba. Ella ofreció una débil resistencia golpeando su puño contra él, pero apartó su mano cogiéndola de la muñeca, para él eso solo fue un jueguecito. Un gruñido de rabia, de dolor y sobre todo de venganza salió de mi pecho. No solo había drogado y violado a una chica, como agravante ella era mi novia, mi Bella, mi vida. Mi mano se apretaba ya sobre su cuello, y a pesar de la repugnancia que me daba el tipo, mi boca clamaba su yugular, movida esta vez por la sed de venganza. La calle estaba desierta, a lo lejos pasaba de vez en cuando algún coche, así que podía darle rienda suelta a mi lado más inhumano. El tipo se lo había hecho todo encima, sus ojos desorbitados me miraban, con auténtico terror en ellos, sabía que el final de su asquerosa existencia había llegado, y de una manera muy dolorosa, de eso me encargaría yo.
Unos brazos fuertes me agarraron y tiraron de mí hasta lograr que soltara mi presa. Era Emmet, le gruñí como aviso, lo iba a matar le gustara o no.

- ¡Edward! ¡Hermano! Por favor cálmate y piensa bien lo que vas a hacer.
- ¡La violó! ¡Él la violó! ¿Qué quieres que haga? ¿Le doy unos golpecitos en la espalda y lo felicito?
- Se merece mil muertes, a cual peor. Pero no merece la pena que tú ensucies tus manos por esta mierda. No debes beber su sangre, o luego no podrás aguantar estar  a su lado sin querer tomarla.

Sé que no soy de lo mejor que pueda encontrarse por ahí
Pero dale tiempo al tiempo para que pueda crecer
Solo tienes que poner en mí tu fe. *

Llevaba razón. No podía caer en esa tentación, no podía beber ahora sangre humana y al día siguiente estar como si nada ante ella, con su embriagador aroma, con su sangre clamando a mi monstruo. Cedí ante el razonamiento de Emmet, apoyándome en el coche, con la impotencia reflejada en mi cara.

- Déjamelo a mí, sé exactamente qué tipo de castigo se merecen esta clase de hombres. Sube al coche y vete al aeropuerto. Allí nos veremos.
- ¡Emmet!
- Confía en mí, ahora vete.

Volví a mirarlo, tendido en el suelo, ni se había movido por el miedo que destilaba sus ojos. Emmet abrió la puerta del coche y me hizo entrar. Arranqué el motor y me fui de allí. Llevaba razón en lo de beber su sangre. Había decidido confiar en él.

Devolví el coche en la agencia donde lo habíamos alquilado, y esperé a Emmet en el parking del aeropuerto, no me apetecía estar rodeado de gente en esos momentos. En esos precisos instantes lo único que quería era estar con ella, hablar de nosotros, de todo lo que nos había pasado en estos dos largos años; pues ya había visto que para ella no había sido precisamente un camino de rosas, y tenía que pedirle mil perdones. Emmet llegó con el tiempo justo para coger nuestro avión con destino a Seattle. Recordó para mí con deleite todo lo que le había hecho al desgraciado ese. Y mientras subía su mano a la altura de mi cara, me mostró su “pequeño trofeo”

- Lo he dejado vivo, pero solo para que sufra su desgracia. Si no se desangra y sobrevive, no va a poder abusar de ninguna mujer más en su vida.
- ¡Dios, Emmet! Aparta eso de mi vista.
- Como quieras, te lo he traído por si lo querías de recuerdo.
- Tira eso a la basura, y vámonos, no quiero perder el avión.

Antes de salir del parking Emmet tiró a una de las papeleras la parte del malnacido que le había arrancado de cuajo, lo suficiente como para que no volviera a violar a ninguna mujer más. En su mente había visto que Bella no fue la única.


* “Ten fe en mí”
Revólver
Calle Mayor

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