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1/2/12

BUSCAND UN SUEÑO:19º.- Una nueva oportunidad


Capítulo 19: UNA NUEVA OPORTUNIDAD


BELLA


Mi corazón no daba crédito a todo lo que estaba sucediendo, cuando ya se había resignado a su pérdida. Ya había pasado todo el dolor, y el bálsamo del tiempo empezaba a hacer efecto. De repente él había aparecido nuevamente, y por mucho que lo negara, mi corazón, que jamás dejó de pertenecerle, volvió a sentir por él todo lo que sentía tiempo atrás, cuando éramos felices en Chicago. Mi corazón latía desbocadamente mientras caminaba a su lado, con su mano a tan solo quince centímetros de la mía. Qué fácil habría sido adelantar mi mano salvando esos centímetros, y agarrarme de la suya mientras salíamos de la facultad, tal como siempre íbamos por Chicago. Pero retuve ese impulso, su hermana iba al otro lado de él y su sola presencia me cohibía.

Al salir a la calle nos encontramos a Jasper, que fue sin pensarlo, como si fuera lo más natural del mundo, a darle un beso a Alice. Por lo visto estaban juntos. Ella le correspondió, y ya abrazados se despidieron de nosotros dejándonos solos. Quedamos frente a frente en mitad de la acera. Me miraba como si fuera la primera vez, como tratando de reconocerme. Recordando lo que me había dicho Jasper de su memoria empecé a hablarle:



-Edward, ¿me reconoces? – subió una de sus manos con intención de acariciar mi rostro con las yemas de los dedos. Era una caricia que llevaba esperando más de dos años, y dejándome llevar cerré los ojos, anhelando ese sencillo contacto. No llegó, al cabo de unos segundos demasiados largos su voz me sacó de ese trance.
-Ven Bella, este no es el lugar más adecuado para hablar.

Abrí los ojos de golpe. Se había alejado unos cuantos pasos de mí, invitándome a que lo siguiera. Nos encaminamos hacia el aparcamiento donde estaba su coche, y al acercarnos recordé lo que le había hecho esta mañana. Él se acercó como si no viera todas las abolladuras y arañazos, abrió las puertas y me invitó a entrar. Al abrir la puerta del acompañante el olor del coche, tan característico, me golpeó en las narices. No podía entrar en ese coche, no solo por lo que le había hecho, sino por todos los recuerdos de los momentos vividos ahí dentro.

-¿Entras? – me invitaba mientras sujetaba la puerta del acompañante.
-No,… no puedo. – Le decía mientras negaba con la cabeza – Yo, lo siento, de verdad, siento lo que le he hecho al coche.
-Lo sé, no te preocupes por nada. Un poco de pintura y quedará como nuevo.
-Es que no puedo entrar ahí como si nada. Este coche era tu vida, y yo he arremetido contra él esta mañana. Y,… y son muchos los recuerdos que tengo ahí adentro de nosotros dos.
-Es solo un coche, se puede arreglar. Por favor, solo quiero salir de aquí y llevarte a un sitio tranquilo donde podamos hablar, darte todas las explicaciones que me pidas.
-Edward,… no puedo entrar a este coche como si nada. No después de todo lo que nos ha pasado. – Seguía negando con la cabeza como si de un tic nervioso se tratara. Edward exhaló de un golpe todo el aire de sus pulmones, y de un portazo cerró la puerta, sobresaltándome.
-Entiendo que no confíes en mí, pero te juro por lo más sagrado que jamás te haré daño, jamás. – Se quedó mirándome con esos ojos del color de la miel, intentando llegar a mi alma. Con expresión cansada, me indicó que le siguiera – ¿Podemos por lo menos ir a un sitio más tranquilo? – Asentí con la cabeza – vamos entonces a la cafetería de la facultad de biología, es la más cara del campus, por lo tanto la más tranquila. Y ahí estarás en un sitio público, nada puedo hacerte.

No terminaba de entender su respuesta, pero no dije nada y caminando a su lado, en cinco silenciosos minutos llegamos a la cafetería. Solo había un grupo de profesores en la barra charlando animadamente.

-Sentémonos ahí – señaló un rincón apartado donde había una mesita redonda con dos sillas. – Voy a por… una fanta de limón para ti – me sorprendió que recordara mi refresco favorito, pero más me sorprendió cuando me lo trajo tal como me gustaba, sin hielo.
-¿Tú no tomas nada? – le pregunté al ver que solo traía la fanta.
-No me apetece nada ahora.
-Bueno, según me ha dicho Jasper en el accidente te diste un golpe muy fuerte en la cabeza – empecé a hablar yo primero para no hacérselo más difícil.
-Así es – señaló su frente, justo al lado del nacimiento del pelo apenas se notaba la marca de una cicatriz. Conocía cada milímetro de su piel, y esa cicatriz antes no la tenía – fue una suerte que mi cuerpo permaneciera encima de un trozo de plástico del avión. Fui a la deriva hasta las proximidades de un grupo de islas en la costa brasileña. El doctor Cullen estaba con su yate casualmente por allí y fue él y su esposa los que me salvaron. No llevaba nada encima por lo que me pudieran identificar. Cuando desperté al cabo de los días no recordaba nada. Ellos pensaron que sería un nativo de aquellas islas, y viéndome en ese estado decidieron ayudarme. Para mí son mi familia Bella. Jamás pensé que en Chicago estabais vosotros pasándolo tan mal por mi desaparición. – Bajó su rostro, intentando ocultarme la tristeza de sus ojos. Sus manos, apoyadas sobre la mesa temblaban. Fueron momentos muy duros para él.
-Edward, mírame, por favor – quise enfrentarme a sus ojos, y reconfortarlo en la medida de mis posibilidades – ahora sé que no fue culpa tuya. Siento todo lo que te reproché la semana pasada. Y todas esas acusaciones – alargué mi mano para coger una de las suyas y trasmitirle con un apretón mi afecto, pero antes de llegar a cogérsela retiró ambas manos debajo de la mesa.
-No, todo fue culpa mía desde un principio. Si no se me hubiera metido la estúpida idea de irme al ejército, jamás habría pasado todo esto.
-Fue un accidente, de eso no tiene nadie la culpa. Míralo por el lado positivo, estamos nuevamente juntos. Lamentablemente tu padre ha muerto, pero tú estás vivo. Busquemos a tu madre y volvamos a Chicago – conforme lo iba diciendo mi mente lo iba imaginando, los dos nuevamente en nuestra Chicago natal, juntos otra vez, en el Jazz showcase de copas con Jessica, Mike y Eric. Pero a él no pareció entusiasmarle la idea tanto como a mí. Su cabeza empezó a moverse de un lado a otro en una evidente negativa.
-No Bella, yo no puedo regresar a mi vida anterior.
-Pero, ¿por qué?
-Simplemente no puedo. Y tampoco puedo darte una explicación coherente en estos momentos, vas a tener que confiar en mí, aunque solo sea en esto. Ahora soy un Cullen, formo parte de esta familia, y mi hogar está aquí. Sé que no lo entiendes, pero es lo mejor para mí.
-Pues no, no lo entiendo.
-Por eso no sé si debería pedirte lo que tengo en mente. Va a sonar muy egoísta por mi parte, pero no puedo dejar de intentarlo por todo lo que siento por ti. Y ahora que sabes lo que pasó, y el destino nos ha vuelto a unir, quiero pedirte que te quedes aquí conmigo,… porque te necesito, no sabes cuánto. – Sus ojos, suplicantes, llenos a rebosar de ese amor que él siempre me tenía, me miraban esperando una respuesta.
-Yo, no sé qué contestar, yo no…
-No me contestes ahora, es muy precipitado. Pero déjame empezar contigo desde el principio. Déjame ganar tu confianza paso a paso. Sé que amor no nos ha de faltar, tan solo déjame demostrarte que te sigo amando, y que quiero estar contigo, esta vez para siempre – sus manos salieron impulsadas de debajo de la mesa y agarraron una de las mías. Un sobresalto me movió de la silla al contacto de éstas, que rápidamente retiró. – Lo siento – se disculpó.
-Tienes las manos heladas – fue lo único que salió de mi boca.
-Sí. Son,… las secuelas de una extraña enfermedad tropical que pasé en Brasil. También afectó el color de mis ojos.
-Antes los tenías de un bonito verde, como si de esmeraldas se tratasen, iguales que los de tu madre. – Al decirle esto nuestras miradas se perdieron, y el tiempo se detuvo. Ahí, detrás de esas pupilas del color del sol vi a mi Edward, el hombre al que amaba. Me sonrojé al recordar momentos vividos con él, y bajé la mirada.
-Los tuyos son de un dulce chocolate, del que me enamoraría una y otra vez, así perdiera la memoria mil veces. – el sonrojo fue en aumento. Ahí estaba ese don que tenía de hacerme sonrojar con sus piropos. – Bella, – me llamó para captar mi atención – ¿me darás esa oportunidad? – Tardé unos segundos en contestarle, pero lo tenía más que claro, porque me estaba pidiendo algo que yo quería hacer con todo mí ser.
-Sí.

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