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4/4/12

BUSCANDO UN SUEÑO:35º.- Enséñame a amarte


AVISO: ESTE CAPÍTULO CONTIENE ESCENAS DE SEXO EXPLÍCITO. 
Abstente si eres menor de edad, o no te agradan este tipo de escenas. Gracias.


Capítulo 35º: Enséñame a amarte

EDWARD

El suave contacto de seda, caliente, se extendía a lo largo del recorrido que las yemas de mis dedos iniciaron ascendentemente desde la piel de su abdomen. Su mano guiaba la mía con destreza, más era la mía la que supo propiciar esas delicadas caricias que la hacían estremecer de arriba abajo. Una continua corriente eléctrica se iba desatando con cada roce, haciéndome estremecer a mí también, colmándome de deseo. Cuando llegué al contorno de uno de sus pechos, soltó mi mano y me dejó hacer a mi antojo. Lo abarqué con avaricia, sintiendo su suave tacto, y sintiendo cómo su pezón reaccionaba ante mi mano y el frío contacto de mi piel. Gimió de placer cerca de mi oreja, pronunciando mi nombre con cada exhalación suya, haciéndome sonreír. Eso le gustaba, pasito a pasito me iba mostrando cómo poder darle placer, como tantas veces había soñado a su lado.
Su mano, que momentos antes había soltado la mía, la dirigió a mi nuca, y agarrándome del cabello, me atrajo hacia sí, haciéndome posar mis labios en su cuello. No sé si fue el monstruo, o el animal el que me llevó a besar y lamer con desesperación toda su piel; tan sensible, tan caliente, tan palpitante ante mis labios. Me puse frenético ante tal provocación, y muy a mi pesar, tuve que apartarme de su contacto por miedo a perder el control.


-¿Qué pasa Edd? –fue inevitable que se extrañara ante mi retroceso.
-No es nada cari, solo que necesito tiempo para ir asimilando todas estas sensaciones y no dejarme llevar por mi naturaleza –le contesté con toda la franqueza que pude, no quería incomodarla.
-Lo sé. No te preocupes amor, no tenemos prisa –se quedó mirándome, expectativa, con el deseo y las ganas reflejados en sus hermosos ojos.
-¿Qué? –por momentos me hizo sentir incómodo.
-¿Por qué no me haces lo que estoy pensando? –me contestó, ruborizándose al momento.
-¿Lo que estás pensando? –le pregunté extrañado.
-Alice me ha contado que tú,… –mientras iba hablando iba sintiéndose más insegura– que tú podías leer la mente.
-¿Alice te ha dicho eso?
-Sí, pero ya veo que solo estaba tomándome el pelo. ¡Olvídalo! –se sintió violenta, creyendo que Alice la había engañado.
-Es cierto Bella –sonreí mientras me acercaba a ella, no iba a dejar que ese contratiempo lo echara todo a perder–, pero hay una excepción. A ti no puedo leértela.
-¿A mí no?
-No, pero dime en voz alta todo lo que quieres que te haga, esta noche soy tu esclavo, y voy a hacerte todo lo que me pidas, y mucho más.

Sin darle tiempo a que me replicara pegué mis labios a los suyos, buscándolos con apremio. No quería que nada nos desviara de este tema en cuestión, y menos esa tontería. Ella enseguida reaccionó, invitando a mi lengua a que tomara sus labios y su boca, nublando mis sentidos con el cálido y húmedo contacto entre nuestras lenguas. Mi mano bajaba acariciando su costado hacia sus muslos. En el mismo sentido descendente mis labios iban repartiendo por su mentón, su cuello,  su hombro; besos como caricias, deseando cada vez más estar en contacto con su piel, que me embriagaba aún más los sentidos con su dulce y enloquecedor aroma. Y el rápido latido de su corazón, reaccionando ante mis estímulos, era la banda sonora que necesitaba para ver que lo estaba haciendo bien con ella. Un deseo irrefrenable en mí por cogerla y tomarla allí mismo sin contemplaciones se adueñó de mí. No era el monstruo, era algo más primario, más humano. Era puro deseo de estar con ella, de sentirla más, de darle más. Mi boca llegó a uno de sus pechos, donde me recibió su pezón, que lamí y besé como si en ello me fuera la vida, extasiándome siempre con el dulce olor de su piel. Mis dedos rozaron su intimidad, húmeda, y el aroma de su femineidad explotó en mis narices, perturbando mí ya poco control. El animal de mi interior salió, gruñendo sordamente, y sin poder controlarlo, sin medir mis fuerzas y mi deseo, me coloqué entre sus largas piernas, y la agarré con una mano de la cintura, situándola en una más que clara posición para tomarla. Y mi otra mano se enredó en su pelo, sedoso, tirando de él, exponiéndola para mí, solo para mí.
Una fracción de segundo bastó para ver en sus ojos cierto atisbo de miedo, rodeado, eso sí, de ferviente deseo. Sé que le estaba haciendo daño. Pude reaccionar y la solté, pero lo suficiente para no seguir lastimándola. El deseo era ya irrefrenable. Fue ella la que se enganchó con sus brazos a mi cuello, acercando su lengua a una de mis orejas, regalándome allí, chupeteando el lóbulo, caricias y sensaciones que me enloquecieron. Pegué su cadera más a la mía, y entonces entendí que teníamos aún muchas caricias y besos que regalarnos. No quería terminar este dulce juego aún, tomándola con la brutalidad y deseo que mi cuerpo pedía.
Mi mano, que aún la sujetaba de la cadera, se fue deslizando sin prisas, regodeándose con cada movimiento, hasta su trasero, abarcándolo finalmente en un sensual acercamiento hacia mí. Si seguía así iba a explotar de un momento a otro, o a hacer algo que no quería. Mi erección crecía y dolía al roce de sus muslos, tan cerca de ella, y sin permiso, aún, de poder adentrarse donde más quería. Su boca ya se paseaba con el sabor de la victoria por mi cuello, sintiendo esas descargas eléctricas por todo mi cuerpo por la acción de su caliente lengua. Sabía cómo hacerme enloquecer, y así lo demostré al salir de mi pecho otro sordo gruñido involuntario.
Si no cambiaba pronto de posición mis manos volverían a cogerla con fuerza, y la haría mía sin más contemplaciones. Respiré varias veces profundamente, como si me hiciera falta, y rodando sobre mi espalda la dejé encima de mí, sentada a horcajadas en mi abdomen.

-Dime mi amor, qué quieres que te haga. Muéstrame cómo he de amarte.
-¡Shhsss! –susurró en mi oído, y mientras se incorporaba posó de forma sexy su dedo índice en mis labios–. Ahora te voy a hacer yo a ti. Relájate y disfruta Edd, tenía muchas ganas de tenerte así.

“¡Dios!” fue la única palabra que ocupó mi mente, mientras ella se iba incorporando lentamente, pasando su dedo de mis labios a la barbilla, el cuello. Fue dibujando el contorno de mis pectorales con él, rodeando mis pezones, y siguiendo cada línea de mis abdominales. Sabía cómo volverme loco, cada vez más. Llegando a mi ombligo, totalmente erguida, siguió con su dedo por su abdomen, jugueteando con sus pechos. Un gruñido de celos por no ser ese dedo mío salió de mi pecho. Moría de envidia por ser yo quien lo hiciera. Y ante mi expectación, llevó su dedo como tramo final a su boca, chupándolo provocativamente. Tragué en seco, y tuve que cerrar los ojos para poder concentrarme, y volver a respirar profundamente. Mientras, la oía reír alegremente sobre mí.
Al abrir los ojos me arrepentí al instante de haberlo hecho. No me había dado cuenta de la imagen que tenía sentada sobre mi abdomen. Me encontré a una bella Bella mirándome a los ojos más allá de mis pupilas, con el deseo y la necesidad reflejados en las suyas. Sus labios tan sensuales y rojos me provocaban. Su pelo aún húmedo del agua de la bañera caía en cascada sobre sus hombros, tapando sutilmente sus pechos, pero dejando ver más allá de ellos la necesidad que tenían porque mis labios los volvieran a besar. Toda ella se había convertido en aquella cabaña en una diosa del amor y del sexo, esperando complacerme y ser complacida, pues de los poros de su piel no manaba sudor, sino sensualidad y lujuria a borbotones.
Si en algún momento mi erección había flaqueado, enseguida volvió a su posición de firmes ante semejante deidad sobre mí, dispuesta para mí. Y entonces noté cómo se rozaba contra ella, entre sus nalgas. Ella también lo notó, y mirándome maliciosamente se echó un poco hacia atrás, buscando acrecentar ese roce conmigo. Por momentos me vi enloquecer, y ya sin más preámbulos estaba dispuesto a cogerla y tomarla. Fui a incorporarme para cogerla entre mis brazos, pero apoyando su mano en mi pecho me detuvo.

-Espera amor, aún no he acabado contigo. Túmbate.

Le hice caso, y casi con miedo de lo que ella pudiera hacerme, volví a tumbarme. La vi acercarse lentamente hacia mí, e igual de lentamente sus labios empezaron a besar mi piel. Cerré los ojos, creyéndome a las puertas del cielo, pues sentía como si miles de mariposas acariciaran con sus alas toda mi piel. Las caricias se acercaron a mi ombligo, y sin detener su camino ahí, siguieron el marcado por la línea alba. Ya me estaba imaginando a dónde quería llegar, cuando empecé a sentir las sedosas alas de mariposa sobre mi pubis. Sus manos ya estaban ahí, obsequiándome con placenteras caricias, que lo acrecentaban todo con tan solo el calor que emanaba de su cuerpo. Cuando su mano sujetó la base de mi miembro, y sus labios se posaron en la punta, creí perder el conocimiento, pues me encontraba en una dimensión paralela, donde mi eterna sed había pasado a un segundo plano, y de lo único que tenía necesidad era de sentir su tacto sobre cualquier parte de mi cuerpo. Gruñí de puro placer. Sentí la imperiosa necesidad de agarrar algo con las manos y desahogarme, y sin darme cuenta eché los brazos hacia atrás, agarrando el cabecero de forja de la cama. Mientras lo destrozaba, descargando sobre él todas mis fuerzas, las que no quería desatar sobre ella y lastimarla, no paraba de regalarme la calidez de su boca en todo mi miembro, llevándome nuevamente a las puertas del cielo.
Cuando sentí la imperiosa necesidad de terminar, la obligué a parar, no quería hacerlo así. Me incorporé, flaqueando aparentemente mis fuerzas por vez primera en mi condición de inmortal, y la atraje hacia mí, dispuesto a devolverle todas y cada una de esas caricias y sensaciones que me había dado. La acuné entre mis brazos, quedando nuestras caras frente a frente. No pude evitar darle pequeños besos allá donde podía.

-Ahora me toca a mí –le dije al oído, mientras la punta de mi lengua repasaba la piel de detrás de su oreja. Se estremeció entre mis brazos por tal roce, recordaba que esa caricia la volvía loca.
-¡No! –se apartó de mí, fijando sus ojos en los míos–, Ahora te necesito de otra forma Edd. Llevo más de dos años esperando este momento, y no quiero esperar más.
-Pero Bella, yo quiero…
-Sé perfectamente lo que quieres, pero ya tendremos tiempo para eso. Por favor, ¡te necesito ya!

Su urgencia traspasó sus ojos, y se volvió una orden. Una divina orden que no iba a ser yo quien la desacatara. Me encomendé a todos los santos, por si estaban ahí, nos echaran una mano, y situando mi miembro en un ángulo idóneo para ella, la dejé nuevamente hacer a su libre albedrío. Apoyada en el colchón sobre sus rodillas, y conmigo entre sus piernas, se agarró a mi cuello con sus lánguidos brazos, y lentamente se fue sentando sobre mi miembro, acoplándose a la perfección. Como si estuviéramos hechos a medida. Jamás había sentido nada igual. Notar cómo la iba penetrando, lentamente como ella quería, fue algo realmente maravilloso. Sentir mi miembro, tal y como estaba de excitado cómo iba entrando en ella, tan húmeda, tan caliente. Por momentos creí perder el control cuando empezó con un suave vaivén arriba y abajo. Cerré los ojos con fuerza, y me obligué a soltarla y agarrar de nuevo el cabecero de la cama, retorciéndose sus hierros entre mis manos como si fuesen de goma. Al verse sin el apoyo de mis brazos, se agarró fuertemente a mi cuello, pegando sus pechos al mío. Abrí los ojos y su imagen más sensual me embriagó. Sus ojos cerrados y su boca gimiendo con cada envite que ella misma se proporcionaba, mordiendo su labio inferior esporádicamente. El roce de sus pezones, duros, con su movimiento me estaba dejando más loco, y soltando una de mis manos del cabecero, cogí uno y lo llevé a mi boca. Tuve que hacer un gran esfuerzo para no morderla, limitando mis caricias a la lengua y los labios. Cada vez gemía más, mezclando con sus gemidos mi nombre. No podía pedir más por todo lo que me estaba haciendo sentir.
Pero conforme me iba encaminando al clímax, desde lo más profundo de mí ser, un viejo y terrorífico amigo, que pensaba haber dejado en las grutas, hizo acto de presencia. Mi monstruo estaba reflotando conforme el placer se iba adueñando de mí, despertando salvajemente mis ganas por su sangre. Su efluvio se mezclaba ahora con el dulzón olor a sexo que flotaba en el ambiente. Cerré los ojos intentando ignorar al monstruo mientras ella iba acelerando cada vez más el ritmo, buscando su propio orgasmo. Su corazón latía desaforadamente, y su yugular palpitaba, provocativa, a la altura de mi boca. Eché la cabeza hacia atrás, de ninguna de las maneras iba a permitir que él la dañara. Y justo antes de que ella estallara de placer ante mí, agarrándome con todas sus fuerzas mientras ya gritaba abiertamente y su frágil anatomía temblaba entre mis brazos y mi miembro era aprisionado brutalmente en su interior, atiné a alcanzar la almohada, buscando algo que morder.
El cielo abrió momentáneamente sus puertas ante mí. Nunca pensé que ella pudiera llegar a darme tanto, incluida su vida si no hubiera actuado a tiempo. Mi cuerpo se agitó como un terremoto, igual que el de ella momentos antes, y sentí cómo me liberaba en su interior, explotando de gozo en todas las direcciones. Las plumas que rellenaban la almohada acabaron volando libremente por todas partes. Ella ya descansaba lánguidamente, siempre agarrada a mi cuello, ajena al peligro que había corrido. En la corta lejanía que nos unía pude oir su voz, cansada, aun recuperando el aliento, pronunciando mi nombre. La abracé con mis brazos con sumo cuidado, disfrutando de los últimos coletazos de mi orgasmo, feliz de que se encontrara bien. Tardé unos momentos en recuperarme. El éxtasis me había dejado totalmente fuera de juego.
Había sido una temeridad, pero había merecido la pena. Caímos juntos de costado sobre el colchón, y acunándola sobre mi pecho, la vi dormirse, exhausta después de este maravilloso encuentro.

Y así pasaron las horas, en las que me pude deleitar con su impresionante imagen tan cerca de mí, descansando a salvo entre mis brazos, besando sin poderlo remediar su frente.
Nos habíamos amado como en el pasado, y yo había dominado a mi monstruo, sabiendo ahora que nunca más se interpondría entre nuestro amor.

1 comentario:

aras dijo...

ho por dios, ho por dios que te puedo decir estuvo magnifico,estupendo sin palabras precioso capituloo besos