25/4/23

El número 48 de la fila

 

Aún no eran las cinco de la mañana, y ya tenía en un viejo cazo el agua hirviendo lista para echarle, una vez más, los restos del café de recuelo. Lo aprovechaba una y otra vez, mientras cambiara el color del agua y le diera un poco de sabor. Apenas era un puñado de posos de café que se las ingeniaba para conseguir en alguna de las casas donde iba a servir, ya que era un bien escaso y muy cotizado. Ya había recogido la casa, que no era más que un cuartito donde dormía con los dos niños anexo a otro un poco más grande, con una chimenea en un rincón donde aprovechaba el fuego para cocinar los días que tenía algo para echar a la olla. Un par de sillas destartaladas y una mesita de madera que había rescatado de un montón de escombros de los bombardeos de la ciudad. El abuelo, a pesar de la escasa motricidad de sus manos, le había puesto una estaca en sustitución de la pata que le faltaba, y afianzando las otras tres, les hacía el mejor de los apaños. Él dormía en un pequeño colchón de lana allí mismo en el suelo, al calor del hogar. Los niños iban todas las tardes, después del colegio, a recoger la madera que pudieran cargar entre los escombros de la ciudad. Los amontonaban detrás del inmueble donde vivían y allí jugaban con el resto de los niños del barrio, no tan ajenos a los tiempos que corrían como les hubiera gustado a sus padres. Muchos eran huérfanos, en el peor de los casos de ambos progenitores, y vivían con los abuelos o algún familiar que quisiera recogerlos.

Hecho el desayuno, había días que tenía algo de leche para hacerlo más sustancioso, e incluso algún chusco de pan para poder mojarlo, Mercedes dejaba a los niños durmiendo a cargo del abuelo y salía aún de noche, discreta y sigilosa, hacia el camino del matadero. Por allí pasaba el batallón de trabajo dos veces al día, por la mañana de ida y de vuelta con el sol ya caído. Los días que tenía algo que ofrecer para sobornar a cierto guardia se acercaba, siempre en el mismo punto de la carretera, para poder ver a su marido al menos de cerca. Eran los menos, la mayoría de los días se quedaba apartada varias decenas de metros y veía pasar la comitiva a los lejos. Los guardias ya sabían de su presencia, y conociendo el trato que tenía con el cabo, la dejaban estar. Ella sabía que si veían algo o alguien sospechoso a esas horas por cualquiera de los caminos que rodeaban la carretera dispararían a matar sin hacer preguntas. La guerra hacía meses que había terminado, el país tardaría lustros en recuperarse, y aún quedaban insurrectos huidos, escondidos en las sierras, que de vez en cuando hacían planes para liberar al amparo de las tinieblas del alba compañeros presos de los batallones de trabajo. Ella tan sólo quería ver cómo estaba el padre de sus hijos, aliviarle la condena en todo cuanto estuviera en sus manos, y vivir con tranquilidad al margen de ideales políticos que bastante mal habían hecho.

Los vio avanzar como de costumbre, uno detrás de otro en el orden que les correspondía. Cada preso tenía un número asignado para su control, y eso se cumplía a rajatabla, les iba la vida en ello. En cuanto veía las figuras perfilándose entre la oscuridad las iba contando lentamente. Uno, dos, tres,... Era el 48 de la fila, ella lo sabía. Lo reconocía incluso sin tener que contarlos, al principio de la guerra había sido herido en la cadera y renqueaba ligeramente. Su porte de galán de cine hacía tiempo que lo había perdido, al igual que su sonrisa y la chispa que brillaba en sus ojos. Ahora era una figura anodina más en una fila de despojos humanos de una guerra entre hermanos.

Esa mañana esperaba en el punto de la carretera donde quedaba con el cabo de guardia. Llevaba en el bolsillo del chaquetón tres cigarros liados en papel de estraza, y una pequeña hogaza de pan negro liado en un paño de tela. El día anterior había tenido suerte en el Auxilio Social y había podido coger con ayuda de los niños un par de hogazas, algunos garbanzos, arroz, azúcar, aceite y leche en polvo. El tabaco para el cabo era lo que más caro había tenido que pagar, pero se consolaba sabiendo que con esos tres cigarrillos lo podría ver un par de minutos, darle ánimos y hacerle saber que a pesar de todo estaba ahí, lo quería y lo esperaría.

Fabián la vio enseguida en el punto de siempre, el cruce con el camino de la pinada. Se le secaba la boca cada vez que la veía allí, dándole el corazón un vuelco. No era más que una sombra de la alegre muchacha que conoció cuando eran críos. Juntos desde la infancia, compañeros de estudios y cómplices de aventuras y correrías de niños. Y cuando las hormonas despertaron en sus cuerpos él quedó atrapado por sus encantos. Se enamoró con locura de ella, siempre andaban juntos por el parque, en las cafeterías de moda de la ciudad, en el cine. Había una gran química entre ellos, o eso era lo que el resto de sus amigos e incluso sus padres decían. Y él estaba convencido de ello y de que en cuanto cumpliera la mayoría de edad y empezara sus estudios de boticario siguiendo los pasos de su padre la haría su mujer, la madre de sus hijos. Al ir aproximándose a ella se ponía nervioso, intentaba adivinar su rostro tal y como lo recordaba en tiempos felices, debajo del viejo mantón descolorido con el que cubría su cabeza. Ella, cuando el cabo se le acercaba después de dar el alto a sus subordinados, cauteloso; dejaba sus manos a la vista, abriéndose el chaquetón para que pudieran ver que no escondía nada sospechoso. Estaba ya acostumbrada a esa rutina, así los guardias no tenían que temer nada de ella.


Buenos días, Mercedes. Hace frío esta mañana –la saludó sin mostrar mucho interés, sabía por qué estaba ahí, por el 48. Apretó los dientes.

Buenos días, cabo –saludó ella, cohibida, bajando la mirada ante la autoridad.

¿Qué me traes hoy? –se colgó el fusil al hombro para quedarse con las manos libres,cerciorándose que sus hombres estuvieran vigilantes.


Mercedes sacó a cámara lenta el paquete con los cigarros liados y subiendo la mirada hasta los ojos del cabo se los tendió a la vez que del interior del abrigo sacaba la hogaza.


He conseguido para usted estos tres cigarrillos, y si me hace el favor de poder darle a mi marido el pan,... pasan mucha hambre –susurró con una pena inmensa en su voz.


Sabía que no estaba permitido darles nada a los presos y menos fuera de las dependencias penitenciarias, pero había llegado a ese trato con el cabo, y mientras él lo permitiera lo seguiría haciendo. El cabo cogió el tabaco y se lo metió en el bolsillo de la guerrera, era con lo que mantenía callados a sus hombres. Quería dejarlo, no permitir más que esa mujer lo chantajeara así para ver a un enemigo de la patria, un preso condenado a trabajos forzados, por mucho que fuera su marido. Pero no podía dejar de hacerlo. La vida no había sido justa con ellos, con ninguno de ellos.

Cogió el liote de pan y lo desenvolvió, lo partió en varios trozos asegurándose que no contenía nada ilícito en su interior, y envolviéndolo nuevamente en el trapo se lo devolvió a la mujer.


Tienes dos minutos, ya lo sabes, no nos podemos retrasar. Y mantén la distancia con él. Ya te he dicho mil veces que pases por el cuartelillo con el padre Benito y él te conseguirá un permiso para verlo.

No es tan fácil, el padre Benito por muy cura que sea no puede hacer milagros –se atrevió a replicar la mujer, harta de la situación ella también.

Ve a verlo, el tiempo corre –masculló el cabo algo molesto. En otras circunstancias tal comentario hubiese sido suficiente para propinarle un par de hostias y detenerla, pero no hizo nada, en parte llevaba razón. Eso no podía negarlo. Los reclusos estaban sujetos a normas muy estrictas que ni el más piadoso de los clérigos podía saltarse a la torera. El padre Benito tenía fama de ser demasiado benevolente con las peticiones de sus feligreses, y eso le había ocasionado algún que otro encontronazo con las autoridades, e incluso con el capellán de la guarnición.


Mercedes se aproximó a su marido que la miraba con ojos tristes, reflejando un cansancio infinito. Se paro a poco menos de un metro de él y le tendió el pan que con desesperación le arrancó de las manos. Pero, lejos de desliarlo y ponerse a comer allí mismo con el hambre que arrastraba, se lo metió debajo de la camisa. Con esa hogaza comerían él y muchos de sus compañeros de infortunio.


¿Cómo estás? –le preguntó mientras esperaba con los brazos extendidos que se guardara el pan para poder agarrarse las manos, un mínimo contacto físico de apenas un segundo o dos. El cabo no les quitaba el ojo de encima.

Todo lo bien que se puede estar aquí –el reo retiró la mano de las de su mujer enseguida, no quería que los guardias se mosquearan–. ¿Y los niños?

Bien, van a la escuela y me ayudan en la casa, y ya van ellos cuidando del abuelo.

¿Cómo está mi padre? –preguntó entonces el preso número 48, con cierta preocupación en la voz, arqueando las cejas

También está bien, pero cada día va a menos. Apenas si sale a recoger chatarra de los escombros con los niños, pero los ha enseñado bien y ellos ya se van apañando solos.

Gracias por hacerte cargo de él.


La miró con mucho agradecimiento y cariño, se moría por cogerla de la cintura, pegarla a su cuerpo y darle un beso en los labios, oler su piel, acariciarla; pero si hacía eso de sobra sabía que acabarían muertos los dos. Y no quería que ella se acercara al hombre que era en esas condiciones. Sucio, oliendo a sudor y orines, comido por los piojos y en los huesos. No, no quería ensuciar con sus inmundicias a su mujer. Bastante estaba pasando con sacar adelante ella sola a sus hijos y su padre mientras él se consumía encerrado en un campo de concentración.


El tiempo se ha acabado –los interrumpió el cabo apareciendo de la nada al lado de ellos, mientras le daba un empujón al preso para hacerlo volver a la fila–. Vuelve a tu sitio, 48. ¡Nos vamos!


Gritó a sus hombres y el batallón se puso en marcha en el acto. Esperaron a que se alejaran unos metros, lejos de oídos indiscretos. El cabo quedó al lado de Mercedes, mirándola como la miraba el día que apareció en el parque de la mano de su novio.


Gracias por dejarme verlo, te debo mucho. Sé que te expones cada vez que paras aquí por mí –fue lo primero que ella le dijo, hablando en voz baja y con una confianza que antes no había mostrado.

Sabes que mi puerta la tienes siempre abierta, Mercedes, si me dejaras ayudarte..

Te lo agradezco mucho pero no, es imposible. Estoy casada, tengo a mi cargo a mis hijos y mi suegro.

Eso no sería problema, buscaríamos una solución –la agarró del brazo, en una súplica, buscando hacerla entrar en razón–. Sabes que el viejo se puede meter en un hospicio y los niños me adorarían. Si tú quisieras,...

No puede ser, Fabián. Yo quiero a mi marido, te lo he dicho muchas veces. Te agradezco mucho que nos ayudes, pero no lo voy a dejar.


Mercedes le dedicó una última mirada de agradecimiento a su amigo de la infancia, y tapándose la cara con el mantón para protegerse del helor de la mañana se dirigió hacia su trabajo, dejando al cabo solo con sus pensamientos. Fabián la observó por unos instantes mientras se alejaba. Con el corazón tocado por un enésimo rechazo giró sobre sí mismo y con paso apresurado se unió a la marcha del batallón de trabajo, ocupando su lugar al frente de sus hombres.

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