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24/4/11

Mi Musa, parte II (continuación)


A petición popular, desde hace unas semanas he estado con este proyecto en el tintero, intentando alargar esta historia que, en un principio iba a quedar así. Así que aquí os dejo la continuación de "Mi musa".

Puedes leer la primera parte pinchando aquí.

Me gustaría que me dejárais algún comentario, para saber si la historia os interesa, y si merece la pena que la continue, ¿Ok?

Pues aquí os dejo con, llamémosle la segunda parte de "Mi musa":

Todos los personajes aquí mencionados son ficticios, al igual que la historia. Si hay coincidencia alguna con algo de la realidad, es cosa de la casualidad.

El desencuentro

“Pasiones de guerra” había sido, tal como predijo Joan, un rotundo éxito en las pasadas navidades. La primera edición se agotó en librerías y centros comerciales en apenas dos semanas, y rápidamente tuvimos que ponernos manos a la obra para sacar la segunda edición. Había que aprovechar el tirón. Todo ello animado con múltiples apariciones mías en grandes superficies y librerías firmando ejemplares de mi 11ª novela romántica.

Pasadas ya las fechas navideñas la cosa se calmó un poco, pero yo seguía de acá para allá por todo el país. Y no quería pensar cuando en unos meses diera el salto al otro lado del charco, pues Joan ya estaba negociando con una editorial sudamericana el lanzamiento en conjunto de mis tres primeras novelas románticas simultáneamente en siete países de latinoamérica.

Si ya aquí en España era una locura, pues ni tranquilo podía salir a la calle a comprar el pan, no quería ni imaginar si llegaba a triunfar en Latinoamérica. Y la cosa no paraba de crecer, ya estaban preparadas para salir de cara a San Valentín mis dos primeras novelas traducidas al inglés. Joan había encontrado un filón conmigo y quería explotarlo, al igual que yo con él. Mientras el romanticismo sensiblero se vendiera, ahí estaría yo sacándole el máximo provecho. Ya tendría tiempo de experimentar en otros campos, como la novela policíaca o de intriga, que desde siempre me han llamado la atención.

Pero lo que me sucedió aquel día no se me iba de la cabeza. Terminé la novela de Ingrid y David sin ningún contratiempo más, y a pesar de que desde entonces ella estaba casi a diario en mis sueños, ninguno volvió a ser tan real como aquel. Si es que fue un sueño, porque ya lo dudaba. Las sensaciones de aquella experiencia, tan vívidas, fueron más reales que muchas de mis relaciones de verdad con todas las mujeres que se habían querido meter en mi cama. Las últimas atraídas por mi fama, pero, ¿A quién le amarga un dulce? Y más desde que Nadia salió de mi vida así, por la puerta de atrás y sin avisar.

Casi todas las noches, metido ya en la cama, así fuera en mi casa de campo allá en mis tierras andaluzas, o en cualquier cama de cualquier hotel de cualquier ciudad donde estuviera promocionando mi libro; tenía la extraña sensación que ella, me arrullaba pegado a mi piel, enamorándome cada vez más mientras me dejaba dulcemente en los brazos de Morfeo. Era ella la que me había llevado a la fama, la que me inspiraba, la que me hacía escribir palabra a palabra todas y cada una de mis novelas. Ella, la que me rondaba en estos momentos por la cabeza, aun estando de vacaciones, gestándose ya en mi calenturienta cabeza el embrión de mi próxima novela. Joan me había pedido esta vez una historia contemporánea, cuya protagonista fuera una simple ama de casa con una vida anodina, junto a un marido indiferente, y unos hijos adolescentes que pasaran de todo.

Y heme aquí, sentado en un banco del paseo marítimo de una ciudad mediterránea, abrigado hasta las cejas, inspirándome con la brisa salada del mar, el grito histérico de las gaviotas, y el arrullo de unas enfurecidas olas, que insistentemente luchaban por derrumbar el malecón y recuperar su territorio.

Era una soleada mañana a primeros de febrero, había helado de madrugada y el viento venía que cortaba. Sentado en el banco veía la gente pasar de aquí para allá, unos con prisas, otros dando un paseo; abuelos, parejas de enamorados cogidos de la mano, niños armando escándalo, deportistas siguiendo su ritmo, mascotas paseadas por sus somnolientos dueños; de todo lo que se pueda encontrar un soleado domingo de febrero en un paseo marítimo. Y yo camuflado con mi recio abrigo, mi boina de visera y mis gafas de sol, pues no quería que me reconocieran. Ya me había pasado en alguna ocasión. Alguna ama de casa o estudiante me había reconocido, y aunque mi fama era de poco tiempo y poco público, el tener que lidiar solo contra un grupo no muy grande de mujeres histriónicas, me había dejado agotado, con la ropa medio rota, y algunos moretones y arañazos de regalo. Hasta algún que otro bocado y tirones del pelo me habían dado.

Estaba absorto mirando a lo lejos un barquito pesquero que lentamente se acercaba al puerto, cuando una figura humana se coló en mi campo visual, apoyándose en la barandilla del paseo. “¡Genial!”, grité para mis adentros, no había más sitio a lo largo de todo el kilométrico paseo que delante de mí para ponerse a mirar las olas del mar. Resoplé, molesto, y pensando seriamente en cambiarme a otro banco donde nadie me pudiera tapar las vistas, me fijé en esa figura humana.

Había algo en ella, pues era una mujer, que desde la primera vez que posé mis ojos en su cuerpo, me llamó enormemente la atención, como si la conociera de toda la vida. Y eso que ni siquiera le había visto la cara aún. Era una mujer esbelta y alta, puede que más que yo que estoy dentro de la media nacional. Lo primero que llamó mi atención era la ausencia de su abrigo, iba en vaqueros con un escueto jersey de lana, bufanda y gorra también de lana a juego. Algunos mechones de su cabello se habían escapado de su gorra, y bailaban al son del viento, reluciendo con el sol, que le sacaba los destellos bermellones más hermosos que jamás había visto. Desde luego que era una despampanante pelirroja. Mis ojos, bajo la seguridad de mis gafas de sol, se posaron poderosamente en su trasero, era perfecto para perderse en fantasías de todo tipo con su dueña. Tal vez mi lujuriosa mirada la hizo sentiré incómoda, pues al cabo de unos minutos giró la cabeza hacia mí. También llevaba unas enormes gafas de sol tapando sus ojos, pero su boca sí que se le veía. El destello del carmín de su pintalabios llamó entonces mi atención, eran unos labios sensuales, provocadores y desde luego con una pinta de deliciosos, los que me provocaron una fugar reacción allá entre mis piernas. Si su trasero había estado caldeando el ambiente, la visión de sus labios la habían acelerado de forma imprevista. Menos mal que mi abrigo me tapaba, pues era un tres cuartos más bien holgadito. Fue entonces cuando reparé en su rostro, en lo poco que tenía a la vista de él entre su gorra y la bufanda, su pelo y las gafas. ¿Era ella, mi musa? No podía ser, ella era un producto de mi imaginación. Recordé el incidente al empezar “Pasiones de guerra”, pero aquello tan solo fue una mala jugada de mi imaginación. Y no, la imponente pelirroja que tenía delante no era ella. No podía ser.

Respiré varias veces profundamente, intentando recuperar el aliento que me faltaba. Ella, tras estudiarme durante unos segundos, los suficientes para ponerme lívido y apartar bruscamente la vista de ella, había vuelto a girar la cabeza hacia el mar, ignorando mi presencia. Fue entonces cuando reparé que en sus manos tan solo llevaba un libro, y hubiese jurado que dicho libro era un ejemplar, precisamente, de “Pasiones de guerra”. A punto estuve de saltar a su lado y presentarme, y ofrecerme para hacerle en ese ejemplar una dedicatoria firmada por el mismísimo autor, Germán Arrallán, un servidor. Pero antes de que pudiera reaccionar, ella volvió a mirarme, y un amago de sonrisa se perfiló en sus labios, ¿Me estaba sonriendo? En esos momentos su bufanda se soltó, dejando una interesante parte de su rostro y cuello al descubierto. Era ella, sin duda alguna esa mujer era la que me había inspirado en todas mis novelas. La que en ese libro que tenía entre sus manos se llamaba Ingrid Lash, o Jane Stewart en mi anterior best seller, “Nómadas de la pasión”. Era ella, y ahora se había presentado delante de mí a plena luz del día, en un paseo marítimo a los ojos de todo el mundo; con la única intención de volverme loco. Volvió a girar la cara al mar, y sin darle más importancia abrió su libro, apoyándolo en la barandilla.

¿Qué se supone que debería de hacer yo? ¿Acercarme a ella y presentarme, o salir corriendo de allí? Miré al cielo, intentando buscar una respuesta o una señal, y al no hallarla, volví a posar mis ojos sobre su trasero. Cambió el peso de su cuerpo de una pierna a la otra, y ese sensual movimiento me hizo delirar. Me pareció oir un suspiro saliendo de su boca mientras leía mi novela. Si eso no era una provocación en toda regla, es que yo estaba volviéndome loco. O tal vez esa fuera la señal que esperaba del cielo. Así que con unas fuerzas que no tengo ni idea de dónde las saqué, me levanté del banco y me acerqué a ella, dispuesto a todo.

Anduve los pocos metros que nos separaban lentamente, cruzando el paseo, y me apoyé en la barandilla a su lado. Fue entonces cuando la oí sollozar en silencio, ¿estaba llorando? Aquello me descolocó bastante, ya no sabía qué hacer, y la idea de dar media vuelta y alejarme me cruzó por la cabeza cuando giré la cabeza hacia ella, y nuestros rostros coincidieron. A través de las gafas de sol que ambos llevábamos, nuestras miradas se cruzaron. Lo sé, así lo sentí en mi interior. Al igual que el sentimiento de dolor y de querer permanecer a su lado, que no sé de donde salieron. Bruscamente ella giró su cara hacia el libro, que en contra de lo que yo pensaba, lo tenía apoyado en la barandilla sin abrir. Ahora miraba mi fotografía en la parte de atrás del libro, ¿se habría dado cuenta de que era yo? Di un paso hacia ella, en un vago intento de acercarme y consolarla, pues creí ver corriendo por sus mejillas lágrimas rebeldes, escapadas de sus ojos.

-Pe… perdona, ¿estás bien? – fue lo único que salió de mi garganta, con mi insufrible tartamudeo que se apodera de mí cuando estoy nervioso. Ella levantó del libro el rostro y me miró, negando con la cabeza.

-¡Aléjese de mí! – su voz salió rota de su garganta, llena de miedo. Me quedé petrificado en mi sitio. ¿Tanto miedo le había causado?

-Yo… yo… so… solo quería ayudarte.

Mi incontenible tartamudeo me sacó de quicio, e intentando calmarla acerqué mi mano a su brazo, para hacerle saber que no quería hacerle daño alguno. Todo sucedió tan rápido que cuando quise darme cuenta ella ya estaba en el suelo. Se hizo hacia atrás en una desesperada evasiva ante mi acercamiento, y no sé cómo tropezó y cayó al suelo. Al verse tal vez amenazada por un desconocido, empezó a gritar y llorar como una posesa. La gente del paseo empezó a mirarnos, y ante sus gritos algunos de los paseantes más osados se acercaron a ayudarla. Enseguida acudió una pareja de policías municipales. Lo primero que hicieron fue socorrerla a ella, levantándola del suelo. La llevaron al banco donde minutos antes estaba yo sentado, y la calmaron. Ella se tranquilizó, y viendo que su gorra se había caído, se quitó las gafas para poder volver a recoger su pelo con la gorra. Todos los allí presentes nos quedamos de una pieza al ver las marcas de una mano sobre su pómulo, el consiguiente derrame en su ojo, y la hinchazón de éste. Acto seguido todos los ojos de los allí presentes se giraron hacia mí, y los dos policías se me echaron encima temiendo que me escapara. No daba crédito a lo que me estaba pasando. Mientras uno de ellos llamaba al 112 y pedía una ambulancia para ella, el otro sacaba sus esposas y me pedía, de forma ruda, que descubriera mi rostro. Caí entonces en la cuenta que tal vez mi aspecto, con la cara tan tapada, fuera lo que en un principio la hiciera temerme. Pero eso no era ya lo que me preocupaba, sino lo que estaba a punto de sucederme. Me quité ante la autoridad las gafas y la boina, y enseguida un par de señoras allí paradas me reconocieron.

-¡Es Germán Arrallán! ¡Germán Arrallán! ¡El novelista! ¡Y le pega a su novia!

-¡Qué hijo de puta! ¡Tanto escribir de amor y de pasiones, y es un machista maltratador!

Fue todo lo que necesité oir para darme cuenta en el lío en el que me había metido. Enseguida apareció otra pareja de policías, y mientras éstos se quedaban con ella, los primeros ya me llevaban al coche patrulla, esposado, y haciéndome el consabido recital de “Tiene derecho a permanecer en silencio, cualquier cosa que diga podrá ser utilizado en su contra. Tiene…” Lo único que tenía, por el simple hecho de acercarme a una mujer bonita en un paseo marítimo, era un montón de problemas, y tal vez mi carrera de novelista acabada para siempre.

Mientras esperaba al lado del coche patrulla, levanté la cabeza y la miré. Ella, en ese momento miró hacia mí, y como si me hubiese reconocido, miró mi fotografía en su libro, y en su cara se dibujó la sorpresa al ver que efectivamente, era yo. Su mirada, llena de asombro y disculpas fue todo lo que necesité para darme cuenta de que ella no quería que todo eso pasase. Pero ya era tarde. Un montón de móviles ya me habían fotografiado esposado junto a la policía, y mañana saldría en la prensa, fijo.

NOVELISTA ROMANTICO AGREDE SALVAJEMENTE A SU NOVIA

Ya podía dar por acabada mi carrera. En cuanto Joan se enterara rompería todos los contratos conmigo. Suspiré mientras los dos policías me hacían subir al coche, y dando un portazo echaban al traste mi vida entera.

5 comentarios:

KaRoL ScAnDiu dijo...

¿Qué si me gusta?

Este novelista lleno de problemas.. me encanta:D

Ya te dije en una ocasión y lo repito:
No dejes nunca de escribir:D

Me encanta, y estaré esperando el, llamémosle, tercer capítulo de Mi Musa:D

Besos del tamaño del mundo, mi Luz:D

Iris dijo...

Cuando me dijiste que le estabas preparando una buena a German, te quedaste corta. Pobre hombre, en menudo lío se ha visto metido sin comerlo ni beberlo.

Ya me estás escribiendo el segundo eh!! Y ella? todo el tiempo he creído que sabía que era él y quería meterlo en problemas, pero esa mirada de disculpa...

En fin, que si merece la pena?? Merece muchooooo la pena.

Besos mi Dama!! Esta Musa tuya me va a tener el vilo, ya lo veras.

Feliz semana

Sam Mezylv dijo...

Estoy aqui porque Iris recomendó esta historia y ahora no me marcho ni ca!!... jejeje

Esta muy buena!!!...

Sorpresas nos da la vida.. la vida nos da sorpress lalalalala


Bezozzz

Bonnie dijo...

Jolines, por no decir otra cosa, como ya te dije el lunes, zas, conseguiste atraparme en otra de tus novelas, mas te vale que las vayas registrando Luz, valen mucho, pero que mucho mucho.

Pobre Germán, él lo único que quería hacer era saber como se encontraba ella y echarla una mano si era preciso, ya me lo imagino yo en la cárcel, encerrado en una celda, sentada con la cabeza cacha y entre las piernas, en una de esas terrible camas pensando en ella, en como solucionar esto y en intentar entender el porque de las cosas.

Ya estoy deseando que escribas una continuación de la historia, esa mas que interesante,.

Mis mas sinceras felicitaciones mi Dama, esto sera el próximo Best Seller veras.

Cuídate mucho Luz....


Bonnie

María dijo...

Tus escritos están escritos desde la inspiración, te felicito.

Un beso.